Siempre que llegan estas fechas vuelvo a compartir un post de mi ilustradora favorita @madebycarol (Carolina Calvo) donde, una señora muy empindongada pregunta cuándo sale la procesión que va por dentro.
Y es que me sigue haciendo la misma gracia que el primer día, por lo simpático y también por lo que tiene de verdad.
Todo el mundo hemos empleado alguna vez esa frase, “la procesión va por dentro”, que alude a esas situaciones en que no mostramos la realidad de lo que nos ocurre. Y a buen seguro que la seguiremos utilizando, y en cualquier época del año.
Pero en estos días las procesiones van por fuera, muy por fuera. Independientemente de las que siguen yendo por dentro, por supuesto.
Las calles de toda España se llenan de gente formando parte de ellas, como penitentes o como público, como costaleros o como clavarios y clavariesas, o de cualquiera de las formas de participación previstas para este tipo de eventos.
Dicen que la devoción se percibe en el aire, pero es mucho más que eso. De hecho, gran parte de los que se dejan sangre, sudor y lágrimas en estos actos apenas pisan una Iglesia en el resto del año, y hasta los hay que ni siquiera son creyentes. Paradojas de la vida.
Tampoco es el único caso. Si todas las personas que desfilaron las pasadas Fallas en la Ofrenda a la Virgen de los Desamparados fueran a misa los domingos, Valencia necesitaría duplicar o triplicar el número de Iglesias y de sacerdotes.
Pero, como decía, es mucho más que religión. Es una mezcla de tradición, folklore y costumbre mezclada con religión, como ocurre con tantos acontecimientos de nuestras vidas.
Porque no podemos dejar de lado que nuestra cultura, de raíz judeocristiana, utiliza celebraciones religiosas para los más importantes momentos de la vida, como el nacimiento, el matrimonio o la propia muerte. Y eso es difícil de evitar por más que el estado se proclame no confesional.
Es más, las más de las veces es difícil, sino imposible, separar el componente religioso de un evento del meramente social.
No obstante, nada tiene de malo la religión en estas manifestaciones populares, como no lo tiene en otras muchas cosas, mientras no se convierta en fanatismo o, lo que es peor, en una patente de corso que permite cualquier cosa. Hace tiempo que lo estamos viendo, pero cada día es más evidente.
Hay un Estado, Israel, que, en nombre de su religión, se cree con derecho a cometer un genocidio, y hay otros estados que miran hacia otro lado.
Hay Estados, como Irán, donde no llevar bien puesto el velo islámico puede conducir a una mujer a la muerte, y hay otros, como Afganistán, donde Alá es la excusa para condenar a las mujeres a la invisibilización más absoluta, en una vida llena de obligaciones y exenta de derechos.
Hay otros en que se condena a duras penas a las personas homosexuales usando la religión como pretexto, como hacía, sin ir más lejos, España durante el régimen anterior. Y podría poner muchos ejemplos más.
En estos días en que, por un lado, el fervor religioso aparece por todas partes y, por otro, el fanatismo mezclado con la ambición pone en peligro nuestro mundo, es un buen momento para reflexionar.
Que está muy bien lo del ayuno y la abstinencia para quien lo crea oportuno, pero comer torrijas o potaje de garbanzos no nos convierte en mejores personas. Aunque tampoco esté de más.
Feliz Semana Santa. Y que nadie olvide que, ahora y siempre, la procesión va por dentro.