Ya tenemos encima la Semana Santa. Y, como cada Semana Santa, esperamos el aluvión de noticias sobre procesiones, vía crucis y todo tipo de actos religiosos con los que se llenan las calles de nuestros pueblos y ciudades.

La previsión del tiempo es casi la única variante entre uno y otro año. O sin casi, porque hay cosas que, aunque tendrían que cambiar, no cambian.

Me refiero en este caso a lo sucedido en Sagunto, en que, en votación celebrada en la Ermita de la Puríssima Sang del Nostre Senyor Jesucrist, nada más y nada menos que 267 cofrades se han opuesto -frente a los 114 que estaban a favor- a que las mujeres pudieran procesionar y participar en los actos de su Semana Santa.

Por supuesto, todos eran hombres. Y digo por supuesto porque, aunque no necesariamente se tiene que ser machista por ser hombre, y viceversa, es más fácil que un hombre lo sea que lo contrario, y de muestra vale un botón.

La excusa -me niego a llamarle motivo- es la tradición, que, según ellos, no se puede cambiar. No quiero ni pensar lo que esta panda de machotes votaría si la tradición consistiera en sacrificar a una virgen o a arrojar a alguien desde lo alto de un campanario.

Y es que la tradición no puede justificar nada ni, desde luego, puede mantenerse, si el contenido de esa tradición es inasumible. Y en este caso, no cabe duda de que lo es. Ninguna duda.

Estos señores -por llamarlos de algún modo- parecen haber olvidado que estamos en el siglo XXI, y que, además, vivimos en un país democrático, con una Constitución que consagra el derecho a la igualdad desde 1978.

Pero voy más lejos aún. Se trata de una celebración religiosa, y no estaría de más dar un repasito a los mandatos de la religión antes de tomar una decisión de esa índole.

Y es que, si no recuerdo mal de mis tiempos de catecismo en el colegio de monjas, Dios nos quiere a todos por igual y nos enseña que hay que amar al prójimo como a uno mismo.

Así que, partamos de la ley, o partamos de la religión, la conclusión debería ser la misma. No se puede negar a nadie la entrada a una celebración como esa por el mero hecho de haber nacido con unas determinadas características biológicas.

En cualquier caso, lo que más me indigna -y me preocupa al mismo tiempo- es que, por el contrario de lo que podría pensarse, gran parte de los votantes en contra de la participación de las mujeres son varones jóvenes, lo que deja muy tristes expectativas de cara al futuro.

No se trata de señores entrados en años que no han conocido otra cosa, sino de tipos que se han criado y educado -o no, a la vista está- en igualdad y a los que una tradición injusta les debería hacer rebelarse.

La verdad es que me pregunto si aún quedan mujeres a las que les queden ganas de entrar en semejante grupo, pero respeto sus ganas y, sobre todo, su valentía para hacerlo, a pesar de saber que, aun cuando se les obligara legalmente a aceptarlas, no serían bien recibidas.

Pero si quieren estar ahí, tienen todo el derecho del mundo, y estoy segura de que ese Jesucristo al que quieren honrar las apoyará ahí donde esté, porque no puede ser de otra manera.

No es el único caso, y ya sabemos que, si se pone en las manos de la Justicia, acabará dándoles la razón. Recordemos, por ejemplo, el calvario judicial y social que recorrieron las mujeres de El Palmar para conseguir que se les reconociera el derecho a pescar como los hombres.

Lo triste es que, hoy en día, aun se tenga que luchar por algo así. Para que luego digan que las acciones y las campañas en pro de la igualdad no son necesarias.

Así que, a quien Dios se la dé, San Pedro se la bendiga. Y seguro que las bendice a ellas, porque no puede ser de otro modo.