La posesión del ser humano indignamente resumida en solo tres palabras, y, además, una de ellas entrecomillada, como el que no quiere la cosa, igual para darle más énfasis, no se sabe a muy bien el qué.
Año 2026 y sigue más vivo que nunca ese machismo rancio que huele a naftalina a kilómetros de distancia.
El hecho de ser la esposa, la novia, la pareja de un alto cargo político se va a convertir en deporte de alto riesgo, porque en definitiva es una condición que reduce a la persona a ser definida única y exclusivamente como la "mujer de", sin importar absolutamente nada más porque el resto ha dejado de existir, y todo lo que se consiga desde ese preciso instante es gracias a esa relación afectiva y nada más.
Seguir asumiendo estas premisas solo marca un rumbo, el del retroceso, así que, llegados a este punto, o denunciamos en voz alta estos ataques machistas o todas las acciones, que son muchas, las que se hacen para conseguir alcanzar una igualdad de derechos real y efectiva entre hombres y mujeres no servirán más que para las encuestas.
Aunque es cierto que el nivel de hartazgo es máximo, porque incluso hay momentos en los que cuesta seguir explicando aquello que no debería requerir de mayores argumentaciones, la insistencia en seguir manteniendo relatos de propiedad sobre el ser humano, porque de eso se trata cuando se refiere a una persona como la “mujer de…”, ni cesan ni descansan.
¿O alguien creía que esto iba de aportar datos para “identificar”? No. Lo primero porque esa información no contribuye a desarrollar ningún rasgo, más allá de con quién se convive; y, lo segundo, porque lo que sí que identifica y sin lugar a dudas es a quién se pertenece, al de… y a quién corresponda.
Y todavía hay algo aún más lamentable cuando la supuesta información refiere a el “marido” de, como ha ocurrido recientemente, solamente para destacar la condición de homosexualidad como si también esto aportara algo a reseñar o destacar.
Parece que, si no hablamos de discriminaciones altamente dolorosas valorada según el perjuicio provocado, como pueda ser la pérdida de un puesto de trabajo, por ejemplo, no hay daño, más bien todo lo contrario, son esos micro ataques que se producen en pequeñas dosis, para ser ingeridos casi sin darse cuenta, los que provocan cada vez una lesión más grande.
Son como esas pequeñas piedras del camino que se meten por el zapato y ya da lo mismo que te descalces, verla no la verás, pero estar, está y molesta. Es momento de empezar a despedrar sin dejarnos ni un mero resto de gravilla.