Ya hace unos años, concretamente en 2017, el grupo Ojete calor lanzaba el tema “Viejoven”, un término con el que pretendía aludir a personas de poca edad que tenían gustos, comportamiento y hasta aspecto de personas mucho mayores.
La palabra -una genialidad lingüística- pasó a formar parte del acervo popular, aunque en algunos ámbitos se salió de sus propios márgenes.
Es más, hay quien la ha empleado para exactamente lo contrario, es decir, para señalar a aquellas personas que, teniendo ya una edad considerable, se comportan como si tuvieran muchos años menos.
Confieso que más de una vez me he identificado con esa nueva acepción, con esa vuelta de tuerca que hemos vivido quienes cursamos la famosa EGB que las nuevas generaciones ya no saben qué es.
Supongo que, como reza el dicho, cada cual ve las cosas según le afectan. Porque, desde luego, mi generación llegó tarde a ser el viejoven que describía la canción en 2017.
Sin embargo, lo de comportarse como si se tuvieran muchos menos años de los que realmente se tiene no es cosa de ahora, aunque cada vez la vemos más.
Por mi parte, recuerdo haber visto siempre colgado en el comedor de mi casa un cuadro en el que mi abuela, a la que no conocí, aparecía retratada con un aspecto de anciana clarísimo, al menos a mi juicio.
Pero la realidad, como suele hacer, me dio una buena bofetada desde el día en que supe que mi abuela, aquella señora del cuadro, murió con mucho menos edad de la que yo tengo ahora y, por tanto, en aquella imagen no podía tener más de cincuenta años.
Hoy vemos que la gente con muchos más años que mi abuela en el cuadro de marras hacemos cosas entonces impensables para personas de cierta edad, desde nuestro aspecto físico hasta nuestra ropa, desde la práctica de deportes y aficiones al modo de vestirnos.
De hecho, hay muchas prendas de ropa que, tallas aparte, podrían ser usadas indistintamente por personas entre las que median varias décadas sin hacer demasiado el ridículo.
Pero todas las cosas tienen su anverso y su reverso. Y del mismo modo que convivo con personas que se empeñan en prolongar la juventud hasta extremos impensables, hay juventud que parece empeñada exactamente en lo contrario.
Y no me refiero al aspecto y al comportamiento, como aludía la canción, sino a algo totalmente distinto, los ideales. Y eso me tiene hablando sola ya desde hace un tiempo.
Sobre todo, cuando, como ahora, se acaban de celebrar elecciones y hay que sacar conclusiones del resultado de las urnas.
Tradicionalmente, se relacionaba la juventud con el idealismo, con un concepto de libertad un tanto naif que aún creía que un mundo mejor era posible y que, además, era posible hacer algo para conseguirlo.
Los jóvenes y las jóvenes abogaban por la libertad, por un mundo sin fronteras donde todo el mundo debía ser bien recibido, por una igualdad total en que no importara el género, el color de la piel, la orientación o la identidad sexual, la ideología, o las distintas capacidades de cada cual.
De hecho, era la juventud quien con más ímpetu se enfrentaba en su día contra la falta de libertades que era santo y seña del régimen franquista.
Hoy, en cambio, la ultraderecha que recorre como un tsunami todo el mundo es ampliamente seguida por la juventud, algo que se puede comprobar fácilmente echando una ojeada a cualquier encuesta al respecto.
A la gente joven -o a gran parte de ella- le importan un pimiento los derechos humanos, la igualdad, la libertad, la paz mundial, el ecologismo o la no discriminación y se posicionan junto a quienes niegan fenómenos tan evidentes como la violencia de género o el cambio climático, oponiéndose además a cualquier precio a la integración de las personas con las que no comparten cultura, nacionalidad, religión o color de la piel.
Incluso hay quienes afirman que aquel régimen contra el que tanto lucharon sus padres o sus abuelos es la panacea de todas las virtudes imaginables.
Y no se trata de ser de derechas o de izquierdas, sino que va mucho más allá. Cuestionan la propia democracia y la libertad que tanto costó conseguir.
Por supuesto, esto es mucho más preocupante que el hecho de que los maduritos y maduritas no nos resignemos a envejecer.
Algo debemos haber hecho mal para encontrarnos con este panorama. Un panorama que no sé si tiene marcha atrás.
Quizás bajamos la guardia, o cerramos los ojos, o ambas cosas a un tiempo. Tal vez dimos por sentado que nadie querría volver atrás y perder lo que tanto esfuerzo costó ganar. Pero tendríamos que hacérnoslo mirar.
Ojalá aún lleguemos a tiempo y no volvamos a olvidar que, cuando de derechos humanos se trata, todo lo que no sea avanzar es retroceder.