Llegado este momento, es tradición hacer balance de lo que nos ha traído el pasado año y dar la bienvenida al nuevo año, con la esperanza de que nos traiga mucha salud, mucha prosperidad y muchas de todas esas cosas que todo el mundo anhela.

Y yo, aunque peque de poco original, no voy a faltar a esa tradición. No vaya a ser que suponga empezar el año con mal pie y tenga que esperar 365 días para tratar de enmendar mi falta. Y eso sí que no.

Ni que decir tiene que cuando se hacen este tipo de resúmenes el año, siempre se acude a dos frentes: el personal y el colectivo. Porque puede habernos ido fantásticamente desde el punto de vista individual pero no haber sido así para el común de la ciudadanía. Y viceversa. Aunque en honor a la verdad hay que decir que las cosas siempre acaban mezclándose. Es inevitable.

Pues bien, desde la perspectiva personal y, salvo algunas cosas que pueden salvarse, el año no se ha portado bien conmigo.

Se ha caracterizado por las grandes pérdidas, esas que son inevitables porque se nos van personas que no vivirán más que en nuestros recuerdos, sin que consuele el hecho de que la pérdida fuera esperable, como en el caso de mi madre, a punto de cumplir 101 años cuando se nos fue.

Y a esas se han sumado otras pérdidas que sí eran evitables si sus protagonistas lo hubieran querido, las decepciones con personas en las que confiaba o a las que creía unidas por un vínculo de afecto que no debía de ser tal. Seguro que quien me lea ha sufrido en carne propia de unas u otras pérdidas y sabe de lo que hablo.

Aunque, por no ver el vaso medio vacío, recordaré todas esas cosas que sigo teniendo y que no valoramos porque las damos por sobreentendidas, como es la familia, la salud, un trabajo con el que sigo disfrutando y otras actividades con las que lo hago tanto o más, como el privilegio de poder asomarme cada semana por esta ventanita.

Pero no soy el ombligo del mundo. Por eso hay que hacer un poco de repaso de lo que ha pasado a lo largo de estos últimos 365 días. Y ahí tampoco nos lo ponen fácil a los optimistas.

Porque entre guerras que no se acaban, líderes mundiales que parece sacados de un chiste malo y el preocupante avance de quienes tienen la intolerancia por bandera, es como para ponerse a temblar.

Y si nos centramos en nuestro país, la cosa no es mejor. Un año donde las noticias de tribunales están tan entremezcladas con las de política que es difícil o imposible separarlos, no es buena cosa.

Como no lo son las continuas noticias sobre juicios, declaraciones judiciales, medidas cautelares o entradas en prisión de personas que tuvieron grandes responsabilidades públicas, sea del lado que sea.

No obstante, si ha habido algo que haya marcado un antes y un después en este año, sobre todo para quienes pasamos parte de nuestra vida con la toga puesta, ha sido el juicio y posterior condena al fiscal general del estado, un hecho insólito en nuestra historia.

Y eso no tiene vuelta atrás, porque ha puesto en jaque a las instituciones y ha supuesto una sacudida en el modo de obrar de la prensa en general y de la de tribunales en particular, que no creo que traiga consigo nada bueno.

En cualquier caso, creo que en esta cuestión no está todo dicho y el nuevo capítulo lo escribirá, sin duda, llegado el momento, el Tribunal Constitucional o el tribunal internacional al que se acuda en busca de una justicia que o fue tal en la primera -y única- instancia. A ver si es este nuevo año el que nos trae otra resolución.

Por supuesto, podrían citarse muchos más temas, muchas más cuestiones por las que no he pasado ni de puntillas. Aunque hay una que no quiero olvidar, la del problema de la vivienda.

Es inasumible que la gente joven, y ya no tan joven, lo tenga tan difícil para acceder a cuatro paredes donde enmarcar su propia vida. Tampoco creo que eso se resuelva este 2026, pero ya se sabe que la esperanza es lo último que se pierde.

Y hasta aquí este pequeño balance. Pero, sobre todo la bienvenida al nuevo año. Esperemos que mejore a su predecesor. La verdad, se lo ha puesto fácil.