El pasado fin de semana se celebró el festival de Eurovisión. Es la primera vez desde hace 65 años, cuando comenzó el festival, que España no participa. Y casi he de decir que, sin embargo, es la participación de la que me siento más orgullosa en los últimos años.

Como todo el mundo sabe, nuestro país no participa en el euro festival no por los lamentables resultados obtenidos los últimos años -que, visto lo visto, sería para pensarlo- sino por una causa mucho más justa y noble.

España, junto con Países Bajos, Irlanda, Islandia y Eslovenia, forma parte del selecto grupo que se negaron a participar en el evento mientras Israel, que sigue matando cada día en Gaza, siguiera estando ahí con sus gorgoritos, sus trampas con el televoto y su inexplicable blanqueo.

Una decisión coherente con lo que sucedió en su día con Rusia que, tras invadir Ucrania, fue rápidamente expulsada del euro festival y que, sin embargo, ha eludido la organización, haciendo gala de una doble vara de medir y de un orden de prioridades que nada casa con el inicial propósito de Eurovisión, fomentar la unión entre los países teóricamente europeos.

De modo que, mientras se celebraba el festival, la televisión pública española, que tampoco lo retransmitió, mostraba un mensaje en el que se leía: "Es un concurso, los derechos humanos no lo son. No hay espacio para la indiferencia. Paz y justicia para Palestina". Chapeau

Pero no saquemos pecho tan rápido, porque no todo está tan bien. Por un lado, no se ha tomado la misma decisión en las competiciones deportivas, donde el doble rasero del mundo entero respecto a Rusia también era más que evidente.

Y, especialmente, en lo que ha dado en considerarse el deporte rey, el sagrado balompié, a nadie parece habérsele pasado por la cabeza la posibilidad de que nuestro país se retire por la participación de Israel. Y es que duele decirlo, pero ya se sabe que poderoso caballero es don dinero.

Lejos de festivales, hay otros temas donde la tele pública no es tan coherente. No hace mucho, una comentarista habitual de los programas de corazón decía, con mucha razón, que una actriz que debe un porrón de dinero a Hacienda no debería participar en un talent show de la cadena pública.

Y lejos de aplaudirle, se ha suscitado una polémica que ha hecho que la tertuliana desaparezca, al menos temporalmente, y denuncie presiones al respecto.

Y, siguiendo con el mundo del colorín, el mismo programa de televisión dedicaba un edulcorado reportaje sobre una conocida actriz que hizo uso de la gestación subrogada para tener una hija/nieta, mostrando la felicidad de ambas y lo maravillosa que es su vida.

Y no es que yo quiera nada malo para la criatura, que ninguna culpa tiene y a la que hay que proteger como menor que es, pero hay que recordar que los vientres de alquiler -que es el nombre de a pie de la gestación subrogada- están prohibidos por ley en nuestro país y reportajes como ese no hacen sino blanquear una práctica ilícita prohibida por nuestra legislación. Y eso es algo que no debería consentirse en una televisión pública.

Así que, como decía, no podemos sacar pecho tan alegremente. Lo de Eurovisión está muy bien, desde luego, y es una lástima que no hayan sido más los países que hayan secundado la iniciativa, pero hay otras muchas cuestiones donde la televisión pública tendría que hacérselo mirar.

Hay mucha más vida más allá de ese festival que, no lo olvidemos, ganamos por última vez en el año 1969, en un tiempo que nada tiene que ver con el que nos ha tocado vivir.