Helena Stendhal
Helena Stendhal, la arrolladora guía que enseña tanto las calles de Valencia como el museo de la vicepresidenta de Mercadona
La historiadora del arte vive a caballo entre la exclusividad del cubo blanco y el caos de un asfalto tomado por turistas y nómadas digitales.
Frente a la dictadura del 'scroll' y el olvido de los clásicos, la figura del guía turístico ha mutado hasta convertirse en la nueva transmisión oral.
A mitad del camino de nuestra vida, los valencianos nos hemos encontrado perdidos en una selva oscura llamada turistificación. Ahí donde el camino recto de la identidad parece haberse perdido. Y para atravesar los círculos de este infierno urbano, necesitamos un guía.
A sus treinta y dos años, Helena Stendhal -que usa un apellido artístico propio de lo que transmite- ejerce a diario como nuestro particular Virgilio. Esta historiadora del arte es capaz de arrancar la mañana en el mismísimo Paraíso, ejerciendo de mediadora cultural entre los muros impolutos y el silencio reverencial del Centro de Arte Hortensia Herrero y, sin solución de continuidad, descender al Infierno: el asfalto hirviente de Ciutat Vella, esquivando hordas de bicicletas y terrazas abarrotadas mientras intenta explicarle el gótico civil a un grupo de turistas.
Y lo hace rapándose la cabeza, llena de tatuajes y piercings, con una fuerza arrebatadora y habiendo estudiado, y aprendido, en el mítico Luis Vives de Valencia.
Ella es plenamente consciente de ese violento choque de ecosistemas, pero se niega a ser un camaleón. Virgilio nunca cambió su túnica acompañando a Dante y ella, pues tampoco. Cuando entró a trabajar en el cubo blanco de la alta cultura contemporánea, dejó claras sus líneas rojas.
"Desde el minuto uno decidí no quitarme ninguna chaqueta. Yo soy la que soy y creo que tengo el potencial que tengo por ser como soy; no quiero tener que disfrazarme para trabajar en el museo", me confiesa con una honestidad desarmante, recordando la batalla inicial para que los mediadores pudieran lucir sus tatuajes o sus piercings en las salas.
"Tú me ves a mí explicando en la calle y soy la misma que cuando explico en el Hortensia. Adapto el discurso, pero no cambio quién soy", subraya sobre el centro de arte de la vicepresidenta de Mercadona y mujer de Juan Roig.
Helena Stendhal
Esa autenticidad choca a diario con la realidad de una València que, en apenas un par de décadas, ha mutado de capital periférica; recordemos que en los 80, la entrada a Valencia te recibía con un cartel de "Tiempo de visita: 3 horas"; a un parque temático devorado por su propio éxito. Hoy, la maquinaria no da tregua, y los guías lidian en primera línea con las almas condenadas del turismo masivo.
"Inevitablemente, la mayoría de la gente que hay por la calle son turistas, y a veces hasta molestan. Las cosas claras", dispara Helena, recordando lo desagradable que es intentar divulgar historia mientras te arrollan "hordas de 15 bicicletas que van por una calle peatonal pitando y sin ningún cuidado".
Pero en este descenso a los infiernos, el círculo más irritante es el de los "indiferentes" de Dante: aquellos que consumen la ciudad sin mancharse las manos. Los que eluden cualquier compromiso con el tejido social que destruyen. Hablo, por supuesto, de los nómadas digitales. València es un imán para estos profesionales que desembarcan ajenos por completo a la onda expansiva de su poder adquisitivo.
Cuando Helena guía grupos en inglés, se topa de frente con ellos. "Te lo cuentan creyendo que te va a hacer ilusión saber que han elegido València. Y claro, tú, impávida. Tienen razón, es la mejor ciudad del mundo, pero el que tú hayas decidido localizarte aquí implica que los precios de las viviendas están por las nubes, que hay barrios donde la gente de toda la vida ha sido completamente expulsada".
Stendhal ejerce de Virgilio, pero pertenece al mundo terrenal y no romantiza la precariedad de su sector. "Todo mediador cultural en España cobra 17.000 euros al año a jornada completa", relata acordándose del demoledor convenio colectivo. Y, con una sonrisa enorme, no lo dice quejándose.
Pese a lidiar con una ciudad hostil, el objetivo de Helena sigue intacto. Su alias no es casual. Remite al síndrome psicosomático que te desborda ante la belleza extrema del arte. Ella lo experimentó de adolescente gracias a un profesor -el mítico Juan Antonio Chiquillo- que le voló la cabeza en las aulas del Luis Vives. "Eso es lo que yo quiero, ser como un Chiquillo para la gente. Que puedan conectar y sentir cosas que a lo mejor no podrían sentir si no tuvieran esa cultura".
Helena Stendhal.
El problema es que en nuestra época, la incultura campa a sus anchas, y es, según ella, "lo que más daña al patrimonio". En una sociedad anestesiada, que ya no lee ensayos, ni consume enciclopedias, ni se sienta en silencio frente a los clásicos, la figura del guía turístico ha mutado en nuestra nueva literatura de masas; un relato oral y predigerido que se adapta al ritmo de producción que nos asfixia.
"Es como la diferencia entre escuchar un audiolibro y leerte el libro", reflexiona, aceptando que su labor llena el vacío de una generación adicta al scroll. "La gente no va a ponerse a leer las grandes guías de historia del arte del siglo XVII y nosotros sí que podemos sustituir o reemplazar un poco esa fuente de conocimiento".
Y aquí llegamos al final del viaje. En la Divina Comedia, Virgilio no puede cruzar las puertas del Paraíso; su trabajo termina cuando deja a Dante frente a Beatriz, la encarnación de la belleza pura y la revelación.
Helena Stendhal.
Helena hace exactamente lo mismo con nosotros. Nos arrastra por el ruido, nos mastica la historia y nos planta frente a la verdadera Beatriz de esta ciudad: los ángeles renacentistas de la Catedral, el gótico civil de la Lonja, las ruinas de la Almoina o la fragilidad de las esculturas de Ponzanelli.
El problema de València, me temo, es que nuestros gestores políticos sufren de un carácter crónicamente fallero. Como apunta Helena con ironía, pecamos de "vivir las cosas de una forma muy abrupta y quemar con todo y arrasar con todo".
Esperemos que Virgilio siga guiándonos por el asfalto mucho tiempo, no vaya a ser que, en uno de esos arrebatos megalómanos tan valencianos, acabemos prendiéndole fuego a Beatriz para que los turistas le hagan una buena foto a las cenizas.