El escritor y periodista Sergio del Molino. EFE/Toni Albir

El escritor y periodista Sergio del Molino. EFE/Toni Albir

Cultura

Sergio del Molino, escritor de 'La hija': "Las historias deben ser de parte. Hay que elegir equipo y serle fiel"

Del Molino disecciona en un libro que es novela y ensayo quién fue Rosario Weiss, hija adoptiva de Goya a quien la historia intentó borrar del mapa.

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Valencia
Publicada

Nos han educado en la perniciosa ficción de que la historia se lee con ecuanimidad y de que la literatura tiene la obligación moral de ser objetiva. Es una estafa heredada del siglo XIX.

Cuando me siento frente a Sergio del Molino para diseccionar La hija, su aproximación a la figura de Rosario Weiss y a los últimos días de Goya, lo primero que hace es dinamitar esa soberbia de la imparcialidad académica: "La novelística del XIX nos creó un malentendido terrible que todavía no hemos deshecho: el mito del narrador omnisciente y el mito de la objetividad. Eso no existe. Las historias siempre son de parte”.

No acaba ahí. Tras unos segundos mirando por la ventana, confirma: “Y la historia oficial también".

Él, que siempre ha escrito sin condescendencia y con mira telescópica, no se esconde detrás del teclado. "Yo escribo al servicio de Rosario. Yo soy su agente. No tengo pretensiones de objetividad. O sea, yo soy su abogado", me espeta.

Y remata la declaración de intenciones con una analogía tan cruda como certera sobre el comportamiento del lector: "Esto es una cuestión casi de hooligans. Tú no vas a ver un partido a ver qué bonita es la jugada, tú vas a que tu equipo gane. La construcción de las historias es un poco futbolística en ese sentido. Tienes que elegir equipo, tienes que ir con él y tienes que ser fiel".

En esta novela, el equipo de Del Molino exige que Javier de Goya, el hijo legítimo del maestro, asuma el papel del villano. Pero si aplicamos el bisturí de la realidad, Javier es simplemente el implacable albacea de una herencia que no admite bastardos. El ecosistema del arte exige firmas inmaculadas y líneas de sucesión puras.

Del Molino me recuerda el peso aplastante de esa maquinaria oficial que consagra a unos y borra a otros, encarnada hoy en nuestro mayor museo: "Hay una orden explícita ministerial de comprar todo lo que aparezca de Goya. Si en cualquier casa de subastas del mundo hay un boceto, un trozo de papel higiénico manchado por Goya, el Prado tiene la obligación de ir a comprarlo de cabeza".

Ante esa trituradora, el esquinazo a Rosario Weiss fue un ejercicio de supervivencia patrimonial por parte de los herederos de Goya.

Le planteo si su libro nace entonces como un ejercicio de justicia para subsanar ese robo. Me frena al instante: "No, no tengo yo esa soberbia restitutiva, ni creo que la literatura funcione así. Rosario supo emerger ella misma en su propia historia, supo sobreponerse".

Y es cierto. A día de hoy las obras de Rosario Weiss son reconocidas en el mundo entero. Ya se habla de ella y de sus obras como pinturas ciertamente valiosas. Y eso, además, antes de la publicación por Alfaguara de La Hija. ¡Toma del frasco, carrasco!

Si no es soberbia, es instinto narrativo. ¿Pero cómo se le discute el relato a una institución que lleva dos siglos dictando sentencia?

Los lectores habituales de Del Molino se topan en La hija con una anomalía estructural evidente. Son dos libros asfixiándose en un tomo; un ensayo que irrumpe y paraliza a la novela.

Le recuerdo una frase que me dijo otro autor con quien comparte sello: "Cuanto más aire respira el autor, menos le queda al lector".

El autor maño, sin embargo, defiende la necesidad de esa asfixia compartida. "La narrativa no permite discutir. Tiene que ser el ensayo", sentencia.

"El libro no es un objeto aislado al que hay que reverenciar y que se agota en sí mismo, sino que se proyecta siempre hacia afuera. Necesito que el lector perciba que está en una conversación, que le están modificando las ideas. Que la literatura adopte forma de conversación falsa, pero que adopte esa forma, para mí es importante".

Pero para ganar esa discusión falseada con el lector, Del Molino sabe que no podía enfrentarse al Goya titánico. Su rescate consiste en elegir la única puerta de entrada posible para esquivar el peso del mito. "Lo más difícil para mí en este libro era no contaminarme por el enorme peso literario que tiene Goya, un personaje tan narrado desde tantos sitios”.

"La forma en la que yo entré fue a través del desvalimiento". Al despojar al genio de su omnipotencia, eleva automáticamente a la niña, La Hija. "Me permitió huir de esa figura entronizada en el cine y asomarme a ese abuelito ya en las últimas, que necesita manos, que necesita ojos, y que se enternece ante la presencia de una niña".

Ya no es la simple copista silenciada por la historia; es el ancla sensorial que sostiene a un gigante mientras se derrumba. Y ese enfoque es, al menos, valiente.

La historia oficial siempre nos va a exigir que vayamos con el equipo ganador. Nos pedirá que reverenciemos el museo, que respetemos al hijo legítimo y que no cuestionemos la firma del lienzo. Pero la obra de Del Molino está aquí exactamente para lo contrario: para bajarnos al barro de la subjetividad y obligarnos a mirar el cuadro, de una vez por todas, desde la esquina oscura de los derrotados.