Pedro Bravo. EE
El pozo, el asfalto y las estrellas: Cómo salir del infierno urbano
Pedro Bravo analiza la movilidad urbana y los modelos urbanísticos diseñados desde las administraciones.
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Cuando Dante Alighieri cartografió su descenso a los abismos en la Divina Comedia, estructuró el Infierno en nueve círculos concéntricos, cada uno reservado para un pecado más atroz que el anterior.
Si Dante levantara la cabeza hoy y necesitara un Virgilio que le guiara por las entrañas del castigo eterno, no le haría falta cruzar la laguna Estigia; le bastaría con darse un paseo por el centro hipergentrificado de Valencia, de Madrid o de cualquier capital europea cortada por el mismo e infame patrón.
A la entrada de nuestros barrios históricos ya no hace falta que ningún demonio esculpa en piedra aquello de "Abandonad toda esperanza, los que aquí entráis". El mensaje ya viene implícito en el escaparate de las inmobiliarias. Bienvenidos al cuarto círculo de nuestro particular infierno urbano: el de la avaricia desmedida.
Para entender la magnitud del desastre en el que se han convertido nuestras calles, me he sentado a charlar con Pedro Bravo, uno de los analistas más lúcidos de la movilidad y el urbanismo contemporáneo.
Hablar con Bravo es asomarse al abismo, sí, pero con la linterna encendida. Su diagnóstico sobre la mutación de la ciudad moderna es implacable y apunta directamente a la línea de flotación de nuestras políticas públicas.
"Hay muchos procesos en marcha que tienen que ver con modelos económicos que están fomentando las administraciones tanto locales como regionales como estatales, incluso internacionales", me explica Bravo con la frialdad del que ya ha visto arder el bosque.
El núcleo de este infierno no es casual ni fortuito; está legislado. Hablamos de "procesos inmobiliarios que están favorecidos por las administraciones desde hace décadas de convertir la vivienda en un activo financiero y no en un lugar para vivir, que es lo que su propia palabra indica que debería ser".
Hemos dejado de ser ciudadanos para convertirnos en figurantes no remunerados del parque temático de los fondos de inversión. Nuestras ciudades ya no son polis, son carteras de valores.
"Como es una inversión internacional", detalla Bravo bajando un peldaño más en este descenso dantesco, "aquí puede venir gente de fuera a comprar aquí en Valencia, en Madrid, en cualquier otra ciudad y está favorecida para comprar pisos, incluso se están comprando a tocateja".
El resultado de esta orgía especulativa es desolador: las calles se vacían de vecinos, el comercio local es sustituido por franquicias de café a cinco euros, y la vida se expulsa hacia una periferia cada vez más lejana y mal conectada.
Bravo lo resume como la victoria absoluta del "imperativo del modelo económico sobre el imperativo del modelo ciudadano".
Llegados a este punto de la conversación, el aire parece irrespirable. La lógica invita al derrotismo absoluto. "Yo creo que ahora estamos en un proceso negativo, tanto en las ciudades como en las sociedades", admite.
La ola de la historia viene cargada de plomo y, en ocasiones pasadas, el resultado de reventar la convivencia ha sido trágico. "No sé cómo acabará la ola mala, que a veces acababa en desastres y nos podemos acordar en el siglo XX de las guerras mundiales".
Pero es precisamente aquí, en la parte más profunda y gélida del pozo, donde el discurso de Pedro Bravo da un giro maestro que enlaza directamente con el final del Inferno de Dante.
Recordemos que el poeta florentino no escapó del infierno volando hacia arriba. Para salir, Dante y Virgilio tuvieron que descender hasta el centro exacto de la Tierra, hasta el lago helado donde residía el mismísimo Lucifer.
Solo al llegar a la fosa más profunda, al punto de máxima gravedad y desesperación, pudieron darse la vuelta, agarrarse al pelaje del diablo y empezar a trepar hacia el Purgatorio. Había que tocar fondo para poder volver a subir.
Pedro Bravo es, en esencia, un pesimista con un plan de fuga. Su optimismo es oscuro, crudo, casi geológico. "Mi esperanza también parte de un pozo de pesimismo, que es: se puede tocar fondo, pero tocar fondo no es malo si es algo para que no te quedes ahogado en el fondo", sentencia con una brillantez inapelable. "Tocar fondo es el momento en el que tú coges impulso con tus pies y sales fuera, espero que de otra manera".
Ese impulso ya se está gestando en la oscuridad de nuestras ciudades invivibles. Debajo de la ola mala, "viene otra ola". Tras el cataclismo de las guerras mundiales en el siglo XX, recuerda Bravo, "hubo un gran cambio y un acuerdo internacional que desarrolló un montón las ciudades a través, por ejemplo, de los servicios públicos, que son la institucionalización de los cuidados, de la cooperación, de cuidarnos unos a los otros".
La pedagogía del desastre nos enseña que el dolor colectivo acaba generando anticuerpos. La insostenibilidad de este modelo especulativo está despertando una conciencia cívica que ya es innegable.
Como advierte el propio autor, "ya se están viendo señales, la gente se está dando cuenta y hay libros como el mío y muchos otros, y ensayos y podcast y comentarios en la calle de que así no podemos ser".
Nuestros políticos harían bien en escuchar este ruido sordo que crece desde el asfalto. Si el objetivo genuino de un ayuntamiento no es, como recuerda Bravo, "gobernar la ciudad para que los ciudadanos puedan vivir cada vez mejor" y "tener condiciones para desarrollar una vida profesional, pero también social, creativa y desde luego familiar", entonces la institución ha perdido su razón de ser.
Estamos descendiendo hacia el fondo del pozo. Es innegable que el frío arrecia y que la avaricia amenaza con devorarlo todo. Pero escuchando a Pedro Bravo uno entiende que la caída no es el final.
Aún nos queda coger aire, plantar los pies con fuerza en el hielo de este pozo financiero, coger impulso y emerger para, como escribiera el viejo Dante en su último verso, volver a ver las estrellas.