Andrea Espiña, de la agencia creativa Lachary
¿Es el éxito de Ozempic? ¿Es el nuevo (viejo) canon de belleza entrando de puntillas por la puerta de la cultura pop? ¿Es tu peor pesadilla llamando a la puerta de tu nevera? ¿Qué está pasando?
Me confieso con ustedes. Estoy a punto de caer en esa especie de revival de finales de los 90 que, desde hace poco más de un año, empieza a inundar las redes, las marcas de moda y, poco a poco, nuestras calles.
Me he resistido a los pantalones con tiro bajo, las gafas de Macho Martini, los cinturones anchos y demás tendencias. Pero claro, una no es de piedra y, en una noche cualquiera, decidí ponerme a ver “Love Story”, la nueva serie basada en la historia de amor de John Kennedy Jr. y Carolyn Bessette ambientada (por supuesto) en los 90.
Ahí estaba yo, en mi sofá, con mi manta, predispuesta a que el drama me absorbiera por unas horas. Y sí, los capítulos fueron pasando como si las horas no contasen. Uno tras otro iba viendo, horrorizada, cómo el estilo de Calvin Klein me llamaba cual canto de sirena. Mira a Carolyn, tan fresca, elegante, fuerte y… delgada. Mira a sus compañeras de oficina, tan guapas, estilosas y… huesudas. Mira a la joven Kate Moss protagonizando la campaña que le cambió la vida, tan magnética y… anoréxica.
Creí haber superado (relativamente) esa primera década de los 2000, donde la belleza andrógina era a lo que aspirar. Pómulos marcados, vértebras contabilizables en la espalda, costillas marcadas y mucha, mucha hambre. Pero ahí estaba yo, cerrando el bote de helado, posándolo sobre la mesa como si quisiera alejarlo de mí y mirándolo como a un nuevo jefe del que dudas si fiarte.
Seguí tragándome capítulos como si quisiera llenar el hueco de todas esas cucharadas de helado que no me había comido antes.
La estética era fascinante, la producción, la fotografía, el guion… Pero de repente me di cuenta de que faltaba algo: contexto. Todo en esta serie era un escenario perfecto, pero… ¿quién se cree que esas pobres mujeres, que tenían prohibido comer frente a su todopoderoso jefe “Kalvin”, no padecían algún tipo de desorden alimenticio? Venga ya, por favor, alguna huida al baño en favor de un vómito bulímico, alguna mínima referencia a la anorexia salvaje, esa fomentada por una industria del modelaje basada en la talla 32. ALGO. Por Dios, ALGO. Algo de realidad que rompa esta fascinante historia. ¿Pues saben qué? NADA.
En una serie tan sumamente bien realizada, se les olvidó uno de los ingredientes principales que marcaron época en la industria de la moda y en millones de mujeres que aspiraban a una imagen físicamente inalcanzable y enfermiza.
Me estalla la cabeza. Pero algo en mí sigue sin querer comerse el helado. A las tantas de la madrugada decido meterme en cama. Estoy confusa. La serie en sí no hace apología de nada, pero pasar por alto algo tan importante me irrita. Y, a la vez, me hace pensar en que debería adelgazar cinco kilos, quizá diez… ¿Serían suficientes para lucir como esas mujeres? Mi yo adulto vuelve e intenta convencerme de que la belleza (y, sobre todo, la salud) no se resumen en el número de la báscula. Pienso en aumentar las repeticiones del gimnasio, en probar el ayuno intermitente. ¿Por salud? NO. Porque a mis 20 adoraba a Kate. Y la Srta. Moss ha vuelto.
Pasan los días, vuelvo a mi rutina y sólo unos pantalones capri que veo en la calle me vuelven a recordar la serie. Eso y los incansables reels de Instagram con chicas emulando el estilo de Bessette. Y los posts de revistas como Vogue. O los reportajes en los dominicales. Ah, y la sección de New In de Zara. Un zumbido constante en el cerebro, sin comerlo ni beberlo.
La delgadez extrema vuelve a estar de moda. Tal vez nunca se fue, solo estuvo mal vista, relegada ante el auge fit de los desayunos cuquis con avena y frutos rojos, los coaches estrella de las redes con sus entrenamientos HIIT y el subidón de la proteína.
¿Es el éxito de Ozempic? ¿Es el nuevo (viejo) canon de belleza entrando de puntillas por la puerta de la cultura pop? ¿Es tu peor pesadilla llamando a la puerta de tu nevera? ¿Qué está pasando?
Pues pasa lo de siempre: el pasado siempre vuelve. El tema es cómo lo gestionamos habiéndolo vivido. Me preocupan las nuevas generaciones. Si yo misma tengo que luchar con mis fantasmas dosmileros, ¿qué harán ellos, sin experiencia y rodeados de vídeos de 30 segundos mostrando ideales (de nuevo) inalcanzables?
No sé ustedes, yo he dejado el helado en el congelador, esperando por un aire de madurez que todavía no me ha llegado. En contradicción, lo que no voy a dejar son las comidas del domingo en casa de mi madre, y es que sus postres son mucho más deseables que un bonito hombro huesudo.