Jorge Cáceres, creador del podcast 'El ADN del Éxito'.

Jorge Cáceres, creador del podcast 'El ADN del Éxito'. Cedida

Talento Rebelde

Jorge Cáceres: "La mayor sorpresa tras 125 entrevistas: el éxito casi nunca se define por el dinero"

El emprendedor Emilio Froján entrevista al creador del podcast 'El ADN del Éxito' en el que entrevista a algunas de las personas más influyentes del ámbito empresarial, deportivo, científico y cultural

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Después de más de 125 conversaciones con algunas de las personas más influyentes del ámbito empresarial, deportivo, científico y cultural, Jorge Cáceres ha llegado a una conclusión tan sencilla como incómoda: el éxito tiene mucho menos que ver con el dinero o el reconocimiento de lo que creemos.

En esta entrevista para Talento Rebelde, el creador de El ADN del Éxito comparte los grandes aprendizajes que han transformado su propia forma de entender una vida bien vivida.

Después de entrevistar a tantas personas de éxito, ¿qué es lo que más te ha sorprendido descubrir sobre el éxito que no imaginabas al empezar?

Después de más de 125 conversaciones con personas extraordinarias de ámbitos muy distintos, lo que más me ha sorprendido es que casi ninguna define el éxito en términos externos.

Culturalmente nos han enseñado que el éxito está fuera de nosotros: en el dinero, el reconocimiento, el cargo, la empresa, los seguidores o los logros. Yo también empecé pensando que encontraría respuestas en esa dirección.

Sin embargo, la gran lección que se repite una y otra vez es justamente la contraria.

Las personas que considero verdaderamente exitosas suelen hablar de paz, de propósito, de relaciones, de libertad, de salud, de coherencia y de la tranquilidad de poder acostarse por la noche sabiendo que han vivido de acuerdo con sus valores.

Con el tiempo he llegado a pensar que el éxito no es una realidad externa, sino una realidad interna. Es la coherencia entre lo que piensas, lo que dices y lo que haces.

Por eso creo que existe una enorme contradicción entre la definición de éxito que nos venden las redes sociales y la que encuentro constantemente en las conversaciones de El ADN del Éxito. Cuanto más profundizas en la vida de las personas, más descubres que el éxito rara vez tiene que ver con acumular más. Muchas veces tiene que ver con necesitar menos.

Quizá esa ha sido la mayor sorpresa de todas: descubrir que el éxito no consiste en llegar a un lugar, sino en la forma en que eliges vivir mientras recorres el camino.

¿Has encontrado algún patrón común entre personas extraordinariamente exitosas que contradiga las creencias populares?

Sí, y además es un patrón que aparece con mucha más frecuencia de la que imaginaba.

La creencia popular suele asociar el éxito con habilidades externas: estrategia, inteligencia, disciplina, dinero, liderazgo o capacidad de ejecución. Y aunque todo eso importa, lo que más me ha sorprendido es que las personas que considero verdaderamente exitosas suelen dedicar una enorme cantidad de tiempo a trabajar en algo mucho menos visible: ellas mismas.

He encontrado una y otra vez personas que se hacen preguntas profundas de manera constante. Preguntas aparentemente simples, pero transformadoras: ¿Quién soy? ¿Qué tipo de vida quiero vivir? ¿Qué es suficiente para mí? ¿Quién quiero llegar a ser?

Lo interesante es que esas preguntas rara vez tienen respuestas cómodas. Muchas veces te obligan a reconocer que estás viviendo una vida que no encaja con tus valores, tus prioridades o tus aspiraciones más profundas.

Por eso, si tuviera que señalar un patrón que contradice las creencias populares, diría que las personas más exitosas no están obsesionadas únicamente con construir empresas, carreras o patrimonio. Están obsesionadas con construir su carácter, su criterio y su mundo interior.

Quizá la mayor lección que me han dejado estas conversaciones es que el éxito no es algo que se alcanza un día y ya está. El éxito es una forma de vivir. No es una meta. Es una práctica diaria. Es el trabajo constante de convertirse en la persona que quieres ser mientras recorres el camino.

¿Dirías que el éxito y la felicidad suelen viajar juntos o son caminos que con frecuencia se separan?

Durante mucho tiempo pensé que éxito y felicidad eran conceptos distintos. Después de más de 125 conversaciones, ya no estoy tan seguro.

Lo que sí he descubierto es que ambas palabras suelen estar rodeadas de muchos malentendidos.

Cuando hablamos de éxito, la sociedad suele señalar cosas externas: dinero, reconocimiento, estatus o logros. Y cuando hablamos de felicidad, muchas veces pensamos en experiencias agradables: unas vacaciones, una celebración, una compra, un viaje o una buena noticia.

Sin embargo, escuchando a personas de ámbitos muy distintos, he llegado a la conclusión de que tanto el éxito como la felicidad tienen mucho menos que ver con lo externo de lo que imaginamos.

De hecho, cada vez me gusta menos utilizar la palabra felicidad porque suele asociarse a momentos pasajeros. Prefiero hablar de bienestar.

Un concierto puede darte felicidad. Unas vacaciones también. Pero eso son momentos. El bienestar es otra cosa. Es un estado más profundo y más estable. Es la sensación de estar en paz contigo mismo, de vivir de acuerdo con tus valores y de sentir coherencia entre lo que piensas, dices y haces.

Por eso diría que el éxito y el bienestar sí suelen viajar juntos. No porque una persona exitosa tenga más dinero o más reconocimiento, sino porque las personas que he conocido y que considero verdaderamente exitosas han construido una relación sana consigo mismas.

La gran paradoja es que muchas veces perseguimos ambas cosas fuera de nosotros, cuando probablemente nacen dentro de nosotros.

Y quizá esa ha sido una de las lecciones más valiosas que me ha regalado El ADN del Éxito.

Si tuvieras que resumir en una frase lo que has aprendido sobre una vida bien vivida, ¿cuál sería?

Si tuviera que resumirlo en una frase, diría que una vida bien vivida es aquella en la que aprendes a aceptarte profundamente sin dejar nunca de transformarte.

Una de las grandes lecciones que he aprendido es que la vida está llena de aparentes contradicciones. Somos fuertes y vulnerables. Somos capaces y limitados. Somos luz y sombra. Somos, al mismo tiempo, seres completos y seres en construcción.

Reconocer nuestro potencial nos da confianza para avanzar. Reconocer nuestras imperfecciones nos da humildad para seguir aprendiendo.

Por eso creo que una vida bien vivida no consiste en llegar a una versión definitiva de uno mismo, sino en mantener una actitud constante de evolución. Es un proceso de transformación, de aprendizaje y de búsqueda de coherencia entre lo que pensamos, lo que decimos y lo que hacemos.

Quizá la verdadera plenitud no esté en sentirse terminado, sino en caminar con la tranquilidad de saber que estamos creciendo en la dirección correcta.

¿Qué sacrificios has visto repetirse una y otra vez entre quienes llegan a la cima?

Lo primero que he aprendido es que no estoy seguro de que exista algo parecido a "llegar a la cima". La cima cambia según la persona, según el momento de la vida y según la definición de éxito que cada uno tenga.

Lo que sí he observado una y otra vez es que las personas que admiramos suelen tener una comprensión muy profunda del coste de oportunidad. Entienden que toda decisión importante implica una renuncia.

Cuando eliges una cosa, inevitablemente estás dejando de elegir otra.

He visto emprendedores sacrificar comodidad por libertad. He visto personas renunciar a reconocimiento para proteger su paz. He visto líderes priorizar el propósito sobre el dinero y otros priorizar a su familia por encima de oportunidades profesionales aparentemente extraordinarias.

Lo interesante es que los más conscientes no viven esos sacrificios como una tragedia. Los viven como una consecuencia natural de elegir una dirección.

Quizá uno de los grandes aprendizajes de estas conversaciones es entender que vivir en libertad implica aceptar que no podemos tenerlo todo al mismo tiempo. Cada elección abre una puerta y cierra otras.

Como decía Albert Espinosa, hay que estar dispuesto a morir para poder vivir. Y, en cierto modo, eso ocurre constantemente. Cada vez que elegimos quién queremos ser, estamos dejando atrás otras versiones posibles de nosotros mismos.

Por eso creo que el verdadero sacrificio no es perder algo. El verdadero sacrificio es tener la claridad suficiente para saber qué merece la pena perder para ganar aquello que realmente importa.

¿Existe un precio oculto del éxito del que casi nadie habla?

Sí, pero probablemente no es el precio del que más se habla.

Muchas veces se dice que el precio del éxito es el estrés, la presión, las horas de trabajo o los sacrificios personales. Y todo eso puede ser cierto. Sin embargo, después de tantas conversaciones, creo que existe un precio más profundo.

El precio oculto del éxito es estar dispuesto a conocerte de verdad.

Es hacerte preguntas incómodas. Es cuestionar creencias que dabas por ciertas. Es reconocer que quizá no eres quien pensabas que eras. Es aceptar tus contradicciones, tus límites y tus sombras sin dejar de creer en tu potencial.

Y para recorrer ese camino hay algo inevitable: el fracaso.

Porque nadie descubre quién es permaneciendo siempre en terreno conocido. Solo descubrimos nuevas partes de nosotros mismos cuando exploramos, probamos, nos equivocamos y nos enfrentamos a situaciones para las que todavía no estamos preparados.

Por eso he llegado a pensar que el verdadero precio del éxito no es trabajar más. Es estar dispuesto a fracasar más.

Fracasar no como una derrota, sino como una consecuencia natural de la exploración. Cada vez que intentamos algo nuevo existe la posibilidad de equivocarnos. Pero también existe la posibilidad de aprender algo que antes no sabíamos sobre el mundo y sobre nosotros mismos.

Quizá por eso las personas que más admiro no parecen obsesionadas con evitar el fracaso. Están más interesadas en crecer que en proteger una imagen de perfección.

Y, al final, esa disposición a explorar lo desconocido es la que les permite seguir transformándose.

¿Has detectado diferencias entre quienes persiguen reconocimiento y quienes persiguen impacto?

Sí, creo que existe una diferencia importante.

Quienes persiguen reconocimiento suelen depender de algo que está fuera de ellos: la aprobación, el aplauso, el prestigio o la validación de otras personas. El problema es que todas esas cosas son variables e inestables. Pueden aparecer y desaparecer muy rápido, y además nunca están completamente bajo nuestro control.

Por eso creo que vivir buscando reconocimiento puede convertirse en una forma de esclavitud. Tu bienestar termina dependiendo de factores externos que cambian constantemente.

En cambio, las personas que más me han impactado en El ADN del Éxito suelen estar movidas por algo diferente. No parecen obsesionadas con ser reconocidas. Están más preocupadas por ser coherentes con quienes son, con aquello en lo que creen y con la contribución que quieren hacer.

Y aquí hay algo que me parece fascinante. Muchas de ellas empezaron haciendo lo que hacían por una necesidad profundamente personal. No para impresionar a nadie, sino porque sentían que era el camino correcto para ellas. Porque hacerlo les permitía vivir con más coherencia, más sentido y más autenticidad.

Paradójicamente, es precisamente ahí donde suele aparecer el impacto.

Cuando una persona vive alineada con sus valores, termina influyendo en los demás de forma natural. Si eres paz, transmites paz. Si eres amor, transmites amor. Si eres generosidad, transmites generosidad.

Por eso, después de tantas conversaciones, he llegado a pensar que el impacto suele ser una consecuencia. El reconocimiento se persigue. El impacto se genera.

Y, curiosamente, las personas que más impacto crean rara vez parecen estar obsesionadas con el reconocimiento.

¿Qué papel juega el trabajo en una vida plena? ¿Es una fuente de realización o simplemente un medio?

Lo primero que me preguntaría es qué entendemos por trabajo.

Si definimos el trabajo como el intercambio de una acción por una compensación económica, entonces juega un papel fundamental en una vida plena. A veces se habla del dinero con cierta incomodidad, pero la realidad es que es importante. No lo es todo, pero sí es una herramienta que aporta seguridad, libertad y posibilidades.

Ahora bien, creo que la pregunta más interesante es otra: ¿Puede el trabajo ser algo más que una fuente de ingresos?

Después de tantas conversaciones, mi sensación es que las personas que viven con mayor plenitud han conseguido que su trabajo también sea una fuente de realización. No porque todos los días sean perfectos ni porque no existan dificultades, sino porque encuentran un sentido profundo en lo que hacen.

En mi caso, me siento enormemente afortunado. Crear y conducir El ADN del Éxito me permite aprender, crecer, conocer personas extraordinarias y reflexionar constantemente sobre la vida. Es una actividad que me realiza como profesional, pero también como padre, como esposo, como amigo y como ser humano.

Y, al mismo tiempo, tengo la suerte de que esa realización también pueda convertirse en una fuente de ingresos para sostener a mi familia.

Por eso no creo que debamos elegir entre propósito y dinero. El ideal, aunque no siempre sea fácil de alcanzar, es construir una vida en la que ambas cosas puedan convivir.

Quizá una de las preguntas más importantes que podemos hacernos es: ¿Cómo puedo poner mis talentos al servicio de los demás de una manera que también me permita vivir con dignidad y libertad?

Cuando ambas cosas se alinean, el trabajo deja de ser únicamente un medio y se convierte también en una expresión de quién eres.

¿Qué has aprendido sobre el fracaso de personas que han conseguido cosas extraordinarias?

Una de las cosas que más he aprendido es que el fracaso depende en gran medida de cómo lo definamos.

Normalmente llamamos fracaso a la diferencia entre lo que esperábamos que ocurriera y lo que realmente ocurrió. Nos marcamos un objetivo, imaginamos un resultado y, si no lo alcanzamos en el tiempo o de la forma prevista, concluimos que hemos fracasado.

Sin embargo, después de escuchar a tantas personas que han conseguido cosas extraordinarias, he llegado a una conclusión diferente: el fracaso no es el opuesto del éxito. Es parte del camino hacia él.

Las personas que más admiro no parecen tener menos fracasos que los demás. De hecho, muchas veces tienen más. La diferencia es que no interpretan esos momentos como un veredicto sobre quiénes son, sino como una fuente de información sobre cómo seguir avanzando.

El fracaso les obliga a detenerse, cuestionarse, adaptarse y aprender. Les muestra límites que no conocían, errores que no veían y oportunidades de crecimiento que habrían pasado desapercibidas si todo hubiera salido bien.

En mi propia vida, los momentos en los que más he crecido no han sido los éxitos. Han sido aquellos momentos en los que algo no salió como esperaba. Es ahí donde me he visto obligado a preguntarme quién soy, hacia dónde voy y quién quiero llegar a ser.

Por eso creo que el fracaso es uno de los mejores maestros que existen. No porque sea agradable, sino porque tiene una capacidad única para transformarnos.

Quizá la gran lección es esta: si quieres construir algo significativo, tienes que estar dispuesto a equivocarte muchas veces. No porque busques el fracaso, sino porque la exploración, el aprendizaje y el crecimiento siempre implican un cierto grado de incertidumbre.

Y donde hay incertidumbre, inevitablemente habrá errores.

Por eso no creo que el éxito sea la ausencia de fracaso. Creo que el éxito es la capacidad de seguir aprendiendo de él.

¿Crees que nuestra generación está más obsesionada con el éxito que generaciones anteriores? ¿Y eso nos hace más felices o más ansiosos?

Sí, creo que nuestra generación está más obsesionada con el éxito y con la felicidad que muchas generaciones anteriores.

Y creo que hay una razón importante para ello: vivimos en una de las épocas más cómodas, seguras y prósperas de la historia.

No hace tantos siglos la principal preocupación de la mayoría de las personas era sobrevivir. El acceso al agua potable, a la medicina, a los alimentos, a la educación o a la seguridad era extremadamente limitado. Hoy, al menos en gran parte del mundo desarrollado, disfrutamos de niveles de bienestar material que habrían parecido inimaginables para nuestros antepasados.

Y, sin embargo, vivimos más ansiosos.

Tenemos más opciones, más información, más comodidad y más libertad. Pero también más comparación, más expectativas y más presión por convertirnos en alguien.

Esa es una de las grandes paradojas de nuestro tiempo.

A veces da la sensación de que cuanto más tenemos, más sentimos que nos falta. Y cuando la búsqueda del éxito o de la felicidad se convierte en una persecución constante, aparece la ansiedad.

Por eso creo que una de las habilidades más importantes de nuestra generación es recuperar la capacidad de agradecer.

No como una idea ingenua o conformista, sino como una forma de recordar todo aquello que ya tenemos y que damos por hecho.

La inmensa mayoría de las personas que están leyendo esta entrevista tienen acceso a educación, información, tecnología, atención médica y oportunidades que habrían sido un privilegio extraordinario para la mayor parte de la humanidad.

Y quizá ahí hay una lección importante.

Seguiremos creciendo, construyendo y aspirando a más. Eso es parte de la naturaleza humana. Pero tal vez el equilibrio consiste en no olvidar, mientras perseguimos lo que nos falta, valorar también lo que ya tenemos.

Porque he llegado a pensar que la gratitud no frena la ambición. La orienta.

Y quizá una vida plena nace precisamente de esa combinación: seguir creciendo sin dejar de agradecer.

Después de todo lo aprendido en El ADN del Éxito, ¿qué consejo le darías a tus dos hijos?

Curiosamente, cuando empecé El ADN del Éxito no tenía ninguna certeza de que algún día pudiera vivir de este proyecto.

Recuerdo pensar que, incluso si fracasaba económicamente, había algo que nadie me podría quitar. Quedarían cientos de conversaciones grabadas para mis hijos. Quedaría una especie de legado vivo donde, algún día, podrían escuchar las preguntas que me hice, las ideas que me transformaron y ver cómo su propio padre iba evolucionando a través de esas conversaciones.

Y quizá por eso esta pregunta me toca especialmente.

Después de todo lo aprendido, creo que el consejo más importante que les daría a Mateo y Felipe sería que aprendan a escucharse a sí mismos.

Que busquen el bienestar antes que la aprobación. Que aprendan a vivir en coherencia con lo que piensan, sienten y hacen. Que no tengan miedo de ser diferentes. Que no entreguen su identidad a las expectativas de los demás.

También les diría que se atrevan. Que exploren, que prueben, que se equivoquen y que fracasen muchas veces.

No porque desee que sufran, sino porque he aprendido que gran parte del crecimiento humano ocurre precisamente ahí. Las personas que más admiro no son aquellas que evitaron el fracaso. Son aquellas que fueron capaces de aprender de él, levantarse y seguir caminando.

Si algo me han enseñado estos años es que la vida no consiste en llegar a un lugar concreto. Consiste en transformarse mientras recorres el camino.

Por eso no les pediría que fueran ricos, famosos o exitosos según los estándares de la sociedad.

Les pediría algo mucho más simple.

Que se conviertan en la mejor versión de sí mismos.

Y que, cuando se acuesten por la noche, puedan sentir la tranquilidad de haber vivido un día más siendo fieles a quienes realmente son.