Qué espesa estaba la tarde cuando salió el quinto. Hasta el momento ninguno de los toros se había roto. Indefinidos, viscosos, el muestrario de embestidas de esquinazo. Los de Alcurrucén fueron cambiantes, reservándose los tragos para la muleta, donde regatearon cualquier carril. Con la boca cerrada, un hato sin raza. La intensidad a veces enigmática. El encaste Núñez impone paciencia y hasta el último momento hubo esperanzas. La equis quizá estaba ahí. Lo paso fatal con las matemáticas.

El quinto tenía la frente afilada y dos puntas oscuras, dagas que nacían en la sombra de la cara, partida por la zona umbría de los ojos. Huyó siempre con la rabia comprimida. Empujó al caballo que guardaba la puerta, trasladando al autobús hasta los terrenos del 6. Con el titular no quiso nada.

Cada vez que se daba la vuelta del revés en la muleta, avanzaban un tanto el matador y él, apurando la distancia hasta chiqueros. Marcaba los terrenos el alcurrucén. Se empeñó Joselito Adame en torear en la orquilla del 9 y el 10. Intentar ganar a un toro por cabezonería es entrañable. En su territorio salía desentendido pero se dejaba agarrar con la muleta puesta. Y se paró también. Si se le atacaba a su altura y sin espacios iba y venía penosamente y Adame garabateó dos tandas que entusiasmaron, sin parar la última con todo el repertorio de remates ofrecido. Eso los volcó. Tarde, por el planteamiento caótico —hubo dos inicios, se dobló otra vez con el toro pegado a toriles—. No ví aquí ninguna maniobra brillante del mexicano. A Adame le sonó el despertador justo a tiempo. La estocada tuvo un efecto inmediato, caída y mortífera, derrumbando al toro panza arriba. La petición se alimentó de las protestas. La oreja vino en tromba, debatida. Ese último tramo de faena fue muy de profesionales. El público lo vivió con desenfreno. A ver por donde desemboca todo esto.

Al segundo los tramos blancos de piel le sentaban como a una cordillera las manchas de nieve, las zonas todavía por derretir. Por la barriga, la frente, el rabo, en las axilas. Con hechuras aerodinámicas, fino. Se lo reservó todo para la muleta.

El inicio de faena de Joselito Adame fue un chispazo. A la trincherilla llegó la gente metida. Esa intensidad se mantuvo en la siguiente tanda y en la otra. Joselito Adame ligó varios derechazos y el público respondía. Al natural se fue el WiFi. El toro mantuvo el gas. Salía con todo hacia la muleta. Se tantearon por ese pitón, Joselito lo desplazaba, el alcurrucén había bajado un punto, perdida completamente la conexión. Entre sus defectos la faena fue cayendo. El último tramo lo hizo lanzado el mexicano. Con el piloto automático. Hubo protestas al saludo.

Curro Díaz voló hecho un muñeco de goma, doblado sobre sí mismo. Letrilla tenía un embroque intenso. No quería rebozarse pero en ese tramo tan concreto de embestida transmitía mucho. Había importancia en todos sus movimientos e intenciones cuando se quedaron a solas. Le quedaban seis meses para cumplir los seis años. Le colgaban las carnes, sueltas, y él se distraía con cualquier cosa. Más a gusto el toro cuanto más cerrado. El matador se echó la muleta a la izquierda perfilando las rayas por fuera, el toro lo tiró al suelo con las patas y mientras rodaba lo enganchó limpiamente. Por un segundo estuvo Curro Díaz prendido en el aire, cayendo sobre el pitón. No lo perforó. Antes, sobre todo por la derecha, hubo prestancia. Después, naturales sueltos, destellos. Letrilla siempre aguardando. Lo mató en los bajos.

El cuarto apareció como si de los toriles rodará un rubí encendido. Tanannn. Y ahí estaba, colorado y alerta. Salió huyendo cuando se encontró con un caballo a las puertas, el matador y un subalterno rodeándole. Agobiadísimo por los hombres, no aguantó más, y en su huida vi la estela de chicas que me han dejado tirado en discotecas alguna vez. Curro Díaz lo tuvo difícil para limpiar los muletazos. Había que consentirle, y en el último tramo se quitaba los vuelos de encima. También esperaba. El matador terminó de enfadarse con un pitonazo en la mano. El muro de intenciones del toro seguía ahí, zarandeando la última tanda al completo.

Juan del Álamo fue paciente con el tercero, que era un núñez rajado. Breve el conato de embestidas por abajo, cuando el matador se salió a los medios. Condujo por doblones. Brindó al público confiando en el aluvión ancestral. El toro no tuvo fondo de bravura. Puro trámite para ir al carnicero. No lo pudo arreglar con el sexto, que le faltó de todo. Sobre todo un final, como a Perdidos. Era difícil que transcendiera algo. Juan del Álamo le aguantó alguna mirada, otra embestida recta. El toro lo esperaba agazapado. Echó la cara arriba criminal cuando brilló la espada. Se puso de escopeta y perro.





FICHA DEL FESTEJO



Monumental de las Ventas. Sábado, 19 de mayo de 2018. Duodécima de feria. 22.179 asistentes. Toros de Alcurrucén, sin entrega el 1º,  2º intenso, rajado el 3º, sin fuerza el 4º, 5º rajado y el 6º de Hermanos Lozano descastado.



Curro Díaz, de azul cian y oro. Espadazo bajo (ovación). En el sexto, medio espadazo tendido (silencio).  

 

Joselito Adame, de salmón y oro. Espadazo arriba (ovación). En el quinto, estocada caída (oreja).

Juan del Álamo, de verde botella y oro. Espadazo tendido y trasero (silencio). En el sexto, estocada arriba. Aviso. Tres descabellos (silencio).