La tarde flotaba en el murmullo de expectación perceptible desde la calle. Por Julio Camba se dejaban caer los aficionados en un desahucio de terrazas, desalojando la previa. En un instante todo se convierte en siete de la tarde. Hay zoom en el reloj estirados los segundos en un click gigantesco. Abarrotada Las Ventas. La explanada burbujeaba: es terrible ser consciente de esto sólo si uno se asoma allí. La gente se desplazaba entre filas paladeando la última fecha en las alturas después de un mes. Rosa Belmonte, una mujer forrada de referencias, ocupaba un burladero dentro del callejón. Posadas tres capitales europeas sobre los hombros de Ramos. Las rayban de Curro Romero hacían de faro en una barrera. Dentro, en la penumbra, dos de los victorinos encerrados en toriles guardaban el meandro del toreo. Murmullo y Pastelero abrieron la baraja por los dos extremos. Talavante y Ureña desencuadernaron las explicaciones.

No se había colocado el último asistente cuando salió Murmullo, uno de los supervivientes, con el sexto, de la aventura de los veedores. Abierto por verónicas Talavante, muy pronto hizo así el público. En la frontera entre mundos, sol y sombra, el capote oscilaba, la envergadura templada del victorino desarrollaba. A pies juntos, un delantal alumbró la velocidad: despacísimo. Apareció en escena Ureña. Las gaoneras le pasaron muy cerca, desbaratado el remate. La torería contenida de Trujillo, joder. Talavante brindó al público. Los aplausos rebotaron de tendido a tendido cuando envolvía el palillo con la mano izquierda. A Talavante hay que buscarlo en ese tempo. La faena tuvo el rastro del buen toreo. La pista del trazo medido. Jamás desbordada. Fluían hilos sin abrir a la gran cascada. Embarcaba los naturales desarmado de toques, templado en los vuelos, en las bambas elevadas. Una delicia, la verdad. Palmas y muñeca. El sitio de Alejandro Talavante es un trastero enorme en el que cabe de todo, amplio, diáfano, sin anudar. Las tandas tuvieron dos muletazos cumbres siempre. Cero impostación en la salida de la cara. Por la derecha el toro no era igual. Más a su bola, sin el temple descodificado. Aguantó el matador un parón en la barriga. El pitón husmeó la chaquetilla. Desesperezó la arrucina, vino un gran natural y cerró con un pase de pecho fija la vista en el tendido. En la recámara guardaba todavía dos muletazos más, con ese temple pop, evolución del despasio clásico. Le valió un espadazo quizá trasero para pasear otra oreja este San Isidro.

Quedó en el ambiente una sensación de haberse atrasado todo un poco. El mes de junio atascado justo ahí. El aire flotaba más pesado, la gente se movía más lento, sucedía la existencia a otro ritmo cuando apareció Pastelero. Aplaudido nada más brillar en la tarde sus dos puntas abiertas que hacían una cara inabarcable, un océano para valientes. La testuz era un portaviones. El victorino le dio al fast-forward y el contraste tuvo algo de viaje en el coche de Doc. El toro también hacía arder el asfalto. Las verónicas de Ureña deshicieron el mármol y volvieron a la jungla. Todo en un palmo. Pastelero se revolvía y Ureña mandaba con los brazos. La media tuvo algo de pintura de Atapuerca, abigarrada, cerrada en sí misma. Con la muleta Ureña dio dos muletazos de tanteo. Relajado a continuación, vertical, la mano caída, el toro ganó ese primer punto con un tornillazo que echó abajo el castillo, devorador de cadencia. Ureña volvió a construir. No daba tiempo. La velocidad primigenia de Pastelero, la emoción de las arrancadas, envolvía toda la acción: Ureña se tiró con sinceridad de cabeza. No paraba el toro y el matador se la jugaba en una inercia inconsciente, sacrificado el mando -¡cosas de modernos!- por la emoción pura. Sólo con la ventaja de las tandas cortas, el respeto del toro, codicioso en la muleta. La plaza lo seguía todo a espasmos. Oles, gritos, suspiros. Se fueron un poco a las afueras. Te espero a la salida. No llegaron a los medios, donde la faena quizá hubiera tomado otra dimensión. Ureña entró en lo salvaje con la muleta retrasada, a la altura de la cadera, dando la espalda a la supervivencia. Los naturales brotaron en un viaje suicida. Qué mérito. Abajo, sobre el ruedo, había un tanteo desesperado. El toro tenía carbón para refundar la CECA. La viveza encendida antes de encontrarse con la muerte, que se la tragó. Falló Ureña con el descabello y la vuelta al ruedo fue poner de nuevo tierra en este mundo. Dormían ansiosos los pañuelos.

Derechazo de Paco Ureña al exigente 'Pastelero' Plaza 1

Ahí quedó prácticamente la tarde. El quinto era feísimo. Era paletón hasta de orejas. También lamentablemente de pitones. El perfil pobre como no se ha visto en toda la feria. Se durmió en el peto. Apretó para dentro a Trujillo. Talavante intuyó el abismo de aburrimiento, el suyo, y fue echando las persianas a la vez que el toro. Hubo jaleo de capeo en el tercio de banderillas del sexto, con el toro a la espera. Los banderilleros lo veían muy negro, de un lado a otro, de una a una las banderillas. Ureña brindó a Valentín Luján. La faena tuvo un momento de esperanza. Pero el victorino humillaba con muelle, medio recorrido. No sé si tapándolo un poco más. Definitivamente frenado, deslucido, guarreando en los trastos, Ureña lo pasaportó.

A Urdiales debió de meterle la mano en el sombrero un enemigo. Abrió la tarde un victorino indolente, apagado, dormido, vacío. Contagió a Urdiales: el petardo con la espada fue menúo. No lo pudo arreglar después. Vaya lote. A Buscaplebes lo cogían dos hilos por las puntas como una marioneta, estirado hacia arriba y hacia delante. Lo lució Urdiales en el caballo tres veces, a más distancia siempre. Se lo podría haber ahorrado. El trote pastueño vaticinó lo que vendría: la nada. Gastada la batería sin los megas en el peto, Diego Urdiales tuvo el detalle del inicio sabroso ante la ruina y después sólo pudo colocarse. Una tarde en blanco.



















Ficha del festejo





Monumental de las Ventas. Martes, 6 de junio de 2017. Vigésimo séptima de feria. No hay billetes. Toros de Victorino Martín, 1º sin celo, templado el 2º, duro y encastado el 3º, 4º vacío, 5º simple, 6º deslucido.

Diego Urdiales, de verde hoja y oro. Pinchazo, pinchazo que se suelta, pinchazo suelto, pinchazo hondo que se sale, estocada casi entera, perpendicular y trasera. Dos descabellos (algunos pitos). En el cuarto, pinchazo trasero y estocada casi entera (silencio).

Alejandro Talavante, de rosa y oro. Espadazo trasero (oreja). En el quinto, estocada trasera casi entera, pinchazo arriba, estocada rinconera (silencio).

Paco Ureña, de champán y oro. Estocada arriba casi entera tendida. Cuatro descabellos. Dos avisos (vuelta al ruedo). En el sexto, estocada trasera, espadazo tendido y desprendido. Dos descabellos. Aviso (silencio).

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