Saltó Barberillo a la arena. No se podía decir que era un tacazo. Ni mucho menos bajo: estirado tan elástico desde las manos a la testuz, asomado por la meseta de toriles, oliendo las banderas. Un galápago con las hechuras de la casa, ensillado en el trampolín -¡un tobogán!- del espinazo. Hubo runrún. Algunas protestas débiles. Se siguió la lidia como una partida de tenis, en una tensión que acumulaba puntos y decibelios sostenidos. Madrid parece la fila de atrás de clase. Barberillo también guardaba. Un reflejo a la salida del peto: el Everest se convirtió en descenso de músculos y piel, los pitones y el hocico por delante, y planeó buscando el filo del capote, persiguiendo el final de la arruga profundísimo. Esperó en banderillas, midió al subalterno lidiador abierto de manos, recargando los cuartos traseros. Reservándose el botín.

Paralelo a las dos rayas, frente al tendido 10, apareció Ginés Marín. Barberillo vio flamear la muleta. La clave abrió las compuertas. En el galope hacia el primer muletazo, desatado de pies, la cara por delante, desaparecieron los castillos interiores. Desmoronados, esa primera acometida desató el nudo que lo aprisionaba. La emoción limpia, cristalina. Ginés envolvió el torrente en un primer natural de puertas abiertas. Barberillo recorría una autovía. Toreaba Ginés con todo el cuerpo, la muñeca cadenciosa, las bambas acogedoras, la cintura giraba desde el pecho. Un lujo. La faena fue avanzando posiciones hasta la exaltación. Una emoción verdadera recorría la plaza, erizados los cogotes. Una picazón. El ole desde las barrigas. Barberillo, a más, encontró hogar para la profundidad en ese trazo templado, tan despacio. Qué forma de torear. Un torerazo de 20 años rendía Madrid. Todo entre las dos rayas, mejor paralelo a tablas.

Una serie frondosa de derechazos cambió de mano. Desde la distancia lo enganchó Ginés, sólo con la cintura, presentados los vuelos sin crispación. Descolgó el natural, rematado allí, en las dos orejas, rugido. La Puerta Grande iluminada. Enterró la espada y alcanzó la felicidad, un pequeño paraíso bajo el diluvio blanco. Los pañuelos nublaron Madrid. La petición reventó la noche. El abrazo con su padre, picador en la cuadrilla, fundió la actuación de una vida en dos generaciones completando una confirmación histórica. ¡Desorejar un toro en Madrid! Toreó Ginés Marín para las décadas, las páginas, el recuerdo colectivo de una noche de primavera. Barberillo se arrastró bajo los honores del Foro. Otro toro extraordinario de Alcurrucén en Las Ventas.

Excelente derechazo de Ginés Marín al extraordinario 'Barberillo' de Alcurrucén Plaza 1

La actuación fue un destello para la memoria. El flash relativizó una tarde suspendida en la incógnita de los nuñez, con matices, cambiantes, profundos algunos, con más clase otros, apagados y a menos también. Todos tuvieron algo. Hervían las cabezas delante de la cara. En la plaza pesaba una tensión contemplativa: todos pendientes de descifrar la misma equis. Los cálculos, el toreo de pizarra y bata, quedó arrasado más tarde. Qué más da eso ya.

Por apuntar algo: Ginés había estado bien con su primero, que arrastraba las patas. Y El Juli llegaba a su único compromiso de San Isidro arropando -arropado- por los dos confirmantes. Las ceremonias puntearon la tarde. La ingeniería del cartel cambió el orden tradicional. Juli mató segundo y cuarto, en vez de tercero y cuarto a propuesta del presidente. Estuvo inteligentísimo. Qué capacidad. Pinchó la Puerta Grande. Álvaro Lorenzo firme, haciendo malabares con las embestidas cambiantes, mejor con el quinto. La estocada lo fulminó en un estertor de silla eléctrica.

Ginés Marín ni lo imaginaba entonces. Dos horas más tarde cruzaba ya el umbral definitivo.







Ficha del festejo





Monumental de las Ventas. Jueves, 25 de mayo de 2017. Decimoquinta de feria. 23.007 personas. Toros de Alcurrucén, no se entregó el 1º, complicado el cambiante 2º, flojo y noble el 3º tuvo profundidad, también el 4º que se paró, 5º con emoción, extraordinario el 6º.

El Juli, de teja y oro. Espadazo desprendido. En el cuarto, pinchazo y espadazo traserísimo (saludos).

Álvaro Lorenzo, de azul celeste y oro. En el de la confirmación, espadazo caído (saludos). En el quinto, estocada algo trasera. Aviso (silencio).

Ginés Marín, de azul noche y oro. Tres pinchazos hondos. Un descabello. Aviso (saludos). En el sexto, espadazo (dos orejas). Salió a hombros por la Puerta Grande.