A la imagen hueca de los tendidos el sábado se le unió la relajada entrada del domingo. Había gente, claro, pero uno espera que el cartel de la Beneficencia llene, además de Madrid, El Puerto. Unos héroes los que se fueron al sol, otros los que ocuparon la sombra con esos precios. Tuvieron suerte los que compraron andanada, que recibieron la invitación de tapar el cemento. Un señor apareció guiando a los descarriados escaleras abajo. "¡Dios es grande!", celebró Popilla el momento juncaliano. La magia de la televisión, también de la privada. Soplaba por supuesto el aire, traicionero y rondador, sombra negra entre capotes.

Siete toros después al único al que se le ocurrió cambiar los terrenos para pararlos fue a Manzanares. Del 3 al 2. Funcionó a medias. Lo siguieron Castella y López Simón, héroe en esta plaza, populista, dicharachero y bullidor. El símbolo del nuevo ambiente del Puerto, menos exigente, enterrada la distinción y la rama de romero.



A Manzanares se le abrieron templadas las verónicas, dominadas por él en los inéditos terrenos, por empezar con lo bueno. La revolera se cerró en algarabía de papelillos, que revolotearon por todo el tendido.

Un trincherazo se encendió en el inicio por bajo. La media distancia en el cite. Tiempos muertos sujetando la tela que despegaba. 'Pordiosero' buscaba por bajo. Le costaba perseguir la muleta, para dentro encontraba un tobogán. Allí se deslizaron los dos muletazos buenos por tanda, con empaque: la primera serie dio sitio y se sucedieron cuatro, la segunda fue intensa hasta tres. El molinete y el de pecho, largos siempre por la derecha, surgieron en cascada. Arrancó Suspiros de España. La depurada mano izquierda citó y a 'Pordiosero' se lo tragaban ya las arenas movedizas. Tenía que ser por el derecho. Una tanda más no logró cuajar una faena con momentos muy buenos. El atisbo de la revolución de Madrid, el paso adelante en buscar algo más, fue lo mejor. Faltó algo más. El espadazo, bien ejecutado, se atravesó perfilando la punta por debajo de la axila del toro.

López Simón trasladó a todo el equipo al nuevo burladero de matadores. Los lances surgieron engarrotados pero eficientes: entró el público enseguida y pasaba el toro. Con el galope lanzado a tablas intentó mezclar un recorte o algo con el capote escondido en el cuerpo. Se libró de milagro. El tren pasó rozándole. También tragó el banderillero que lidiaba cuando se le subió la capa a la montera.

Al inicio por alto, hubo intención en el cambio de mano, le siguió una tanda muy ligada. Pegado a tablas, por debajo de la primera raya, corrió la mano en cinco o seis muletazos. Esa fue la mejor tanda. Luego se nubló. Se escuchaba a Julián Guerra desgañitarse. Obedecía López Simón. El público entusiasmado. Qué vorágine. Un viaje velocísimo sin destino. La sensación de hacer lo que sea, como sea y donde sea. Cada vez más en tablas tiró de circulares. Luego otra vez al natural. Tuvo mucho mérito aguantar dos veces el trotecillo interior del toro mezclado con el navajazo del aire. La banda dio tres vueltas a su pasodoble y la plaza era puro entusiasmo. El público duerme en su bolsillo: casi nada. Las palmas por bulerías coronaron la comunión. Rancapino miraba a su alrededor desconcertado. Los dos pinchazos rebajaron todo hasta la oreja. Se esfumó la puerta grande.

La hallaría después. Insólito lo ocurrido. La faena gemela a la anterior, pero en vulgar, volcó a la plaza arrebujado el torero en las tablas de sol con la noche cerrada. 'Lenguaraz' resultó ser el mejor toro de una corrida con buenas intenciones, sin fondo, pero con posibilidades.

Los doblones se alejaron lo justo de las tablas, refugio y calor. Enseguida se pudo a torear. Urgencia en todo. Arrebato. López Simón volvió a la novillería para salir triunfador de esta plaza. Nada que decir. La gente compró. Descalzo mantuvo el nivel alto de emoción. Nunca decayó. El pasodoble Puerta grande ayudó. La conjunción era completa.

Un natural mirando al tendido volcó la plaza. No abandonó nunca esa marcha de más. La estocada izado el torero en los gavilanes desbocó al pueblo. Las dos orejas se ciñeron en sus manos bajo el grito de ¡torero, torero!

Gloriosa la vuelta al ruedo rodeado de chavales, una marabunta cuando enfilaron el pasillo de cabezas disecadas Manzanares y él.

El alicantino amarró el triunfo con el cañón de la espada. Sólo con eso. La lidia del quinto es que fue espesa, apagada. La devolución del titular dejó una ciénaga en medio del ruedo. Sopor en el agazapado tendido. La tensión se había deshecho. Todos detrás de la mata. Un niño lloraba dándole al escenario encaje de western. El Puerto era Texas.

Manzanares sacó al toro de la querencia. Tres tirones. Montar la muleta, mirar alrededor e ir hacia el toro. El ritual. Se agarró este quinto. No hubo continuidad. Un testarazo partió el palillo en dos. El chasquido rebotó en la piedra. Algo se despertó. Alguien miró a través de una cortina. Al natural no levantó tampoco Manzanares el letargo. Se fue a por la espada y el cañonazo lo solucionó. 'Rodao' el toro. La gente en pie desenfundados los pañuelos. Manzanares cortó la oreja sólo por la estocada, que vale igual.

Castella sintió el huracán abierto en las chicuelinas del primer toro. Se las ajustó a la intemperie, sin dominio, volandero el lance. Hasta cinco peligrosas, indiferente el francés. La media enrollada se infló primero. El toro, basto, frentudo, enseñaba las puntas, embestía bruto. Se movía, al menos.

Los estatuarios los tomó con todo. La trincherilla se encadenó en las piernas y las patas. Maldito levante. Tuvo fijeza, acudía pronto; no humillaba y lanzaba la cara. Con actitud y sin compromiso, más o menos.

Así se embarcó Castella en dos tandas por la derecha, tirando del aluvión. El entusiasmo bajó, el toro ya llevaba la cabeza por las nubes, sin transmisión. Las pasó putas Castella con la izquierda. Además reponía el juampedro. La espada esfumó un trofeo.

También se fue en el cuarto hasta donde dormían los capotes. Meció el suyo sutil, con suavidad en el embroque, suspirando el lance. La mejor vez que lo ha visto este cronista. El aire lo puso él. La tomó muy bien 'Mocoso'. Sin descomponerse, la tercera verónica fue profunda, un túnel de ritmo. Marcó el camino de cómo tendría que ser el resto. La composición la perdió Castella en el quite, veloces las saltilleras al galope. José Chacón saludó después de un buen tercio dejando a la plaza perfecta para el matador, completando la ovación a las cuadrillas que inicio Rafael Rosa y Domingo Siro. Se jaleó hasta la caída de la montera.

El inicio en los medios cambiando el galope del toro no fue lo mejor para él. No tuvo la repercusión que esperaba el francés porque todo eso le venía exagerado a 'Mocoso', que embestía con la suavidad que exigía. Tropezó la muleta, se enredaron y nada. Embestía recto y es verdad que no duró nada. Castella tampoco lo encontró. Los toques bruscos no lo descompusieron porque ni los entendía el juampedro. La fuerza del cite no lo convenció, hundido. Muchos intentos por los dos pitones se concretaron en una animosa ovación.



JUAN PEDRO DOMECQ / Castella, Manzanares y López Simón.

Plaza de toros de El Puerto de Santa María. Domingo, 7 de agosto de 2016. Cuarta de abono. Más de media plaza. Toros de Juan Pedro Domecq, no humilló el bruto 1º, cierta calidad el 2º, con fondo el 3º, se apagó el suave 4º, 5º bis agarrado, repetía el 6º.

Sebastián Castella, de azul noche y oro. Media estocada tendida, atravesada y trasera. Dos descabellos (saludos). Dos pinchazos y estocada tendida. Aviso.

José María Manzanares, de grana y oro. Estocada atravesada que hizo guardia. Aviso (oreja). En el quinto, buena estocada (oreja).

López Simón, de azul marino y oro. Pinchazo y estocada entera (oreja). En el sexto, espadazo tendido (dos orejas).

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