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Marcos Garcés Lizama es agricultor y ganadero en Bañón, un municipio de la provincia de Teruel. Pertenece a una familia vinculada al campo desde hace generaciones y, aunque asegura que llega toda su vida ligado a la actividad, fue a partir de 2010 cuando se incorporó de forma profesional.

Hoy gestiona una explotación de cereales, forrajes y leguminosas, con parte de la superficie en ecológico y otra en convencional, además de varias granjas de porcino.

Su relación en el campo viene de familia: "Soy hijo de agricultores, nieto de agricultores, bisnieto de agricultores, o sea, de generaciones de agricultores. Lo he mamado desde pequeño, soy el mayor de tres hermanos... me ha gustado y lo he continuado", explica.

Pero dedicarse a la agricultura implica asumir unas condiciones laborales difíciles: "Es una cosa muy vocacional... la agricultura entiende menos de horarios. Te puedes intentar organizar, pero depende del clima y con los animales no tienen una llave para poder apagarlos".

Durante las campañas más intensas, las jornadas pueden prolongarse durante semanas. "Cuando cosechamos, me voy de casa a las 7 de la mañana y a lo que vuelvo son las 2 de la mañana y he comido en la máquina. Eso lo haces durante 40 días sin sábado ni domingos", asegura.

Las dificultades del campo

A la dureza del trabajo se suma la incertidumbre económica. Marcos explica que detrás de una explotación como la suya hay inversiones de entre dos y tres millones de euros, mientras que los precios y el clima pueden cambiar completamente las previsiones.

Una helada en mayo, por ejemplo, llegó a destruir una cosecha de trigo que parecía prometedora.

El agricultor también reclama una mayor atención de las administraciones. Reconoce que recibe ayudas de la Política Agraria Común y para modernizar la explotación, pero considera insuficiente la estrategia nacional.

Su crítica es contundente: "Lo que siento es un desamparo de política agraria. España no tiene una política agraria, se dedica a repartir fondos que vienen de Europa... no tiene como país una política y una estrategia agrícola".

"No se preocupa por los agricultores y el futuro, reparte dinero de Bruselas y listo", reivindicaba Marcos.

Para el agricultor, esta falta de estrategia se suma al problema del relevo generacional. "Es imposible acceder a la tierra si no la tienes", añade. "Tienes que hacer muchísima inversión con una amortización muy lenta".

Además, vivir en un pueblo implica dificultades para encontrar servicios y oportunidades laborales para las familias.

El futuro tampoco le genera demasiado optimismo: "Lo veo fastidiado entre fondos de inversión, clima y precios. La clase media de la agricultura está desapareciendo".

A su juicio, atraer jóvenes exige facilitar la financiación, reducir los costes de acceso a tierras y maquinaria y mejorar los servicios rurales. "Habría que enseñar lo que hacemos y educar sobre el medio rural en los colegios", concluye.