Murcia

Cuando Mario era un crío solía cruzar el rellano de la quinta planta para llamar a la puerta de Sara para que uno de sus hijos bajase a la calle a echar una partida de canicas. Mario se fue haciendo mayor y el espíritu travieso de aquel niño que iba a un colegio del murciano Barrio del Carmen fue engullido por las drogas que empezó a consumir. El 27 de diciembre de 2014, Mario salió de su piso para tocar el timbre de sus vecinos como otras tantas veces. Ese día no buscaba al hijo de Sara para jugar como antaño porque ya era un hombre, de 36 años. Ese día solo quería saciar su apetito sexual con ella: una jubilada desvalida a la que mancilló su cuerpo de por vida.

“Me obligó a hacerle una felación y cuando terminó trató de tirarme por la ventana”, apunta Sara -nombre ficticio- sobre el ataque que sufrió a manos del que otrora fue compañero de juegos de su hijo. “Muchas veces jugaban juntos en su casa o al fútbol en la calle”. El infierno físico y psicológico que sufrió esta pensionista hace seis años vuelve a martillear a diario su conciencia porque Mario está de vuelta en casa de sus padres: “Lo vuelvo a tener de vecino”. Ella vive en el 5ºD y su violador reside en el otro extremo del rellano: en el 5ºB.

“Sabiendo que está al lado vivo intranquila y nerviosa”, resume agobiada esta septuagenaria ante la situación kafkiana a la que se enfrenta, a diario, en su domicilio situado en uno de los bloques de las viviendas sociales del Barrio del Infante Juan Manuel de Murcia. La clave de esta convivencia vecinal entre violador y víctima es el escrito de suspensión de condena que todavía no ha resuelto la Audiencia Provincial.

Mario tiene un galgo como mascota al que llama 'Kayma', una palabra turca que significa 'desliz'. E.E.

Fernando Losana, el letrado defensor de Mario, presentó el citado escrito para evitar que se ejecutase la pena de cárcel impuesta a su cliente de tres años y tres meses después de que reconociera ser el autor de los delitos de amenazas y agresión sexual. El juez debe decidir si Mario regresa a prisión para cumplir lo que le resta de condena -tras pasar un año a la sombra mientras se instruía la causa-, o si por el contrario, debe dejarle en libertad como pide su abogado apoyándose en el artículo 80.5 del Código Penal. Tal artículo permite acordar la suspensión extraordinaria de aquellas condenas que no excedan de 5 años siempre y cuando concurran causas de drogodependencia.

“Los hechos por los que ha sido condenado (Mario) fueron cometidos cuando se encontraba en situación de dependencia al hachís que le produjo una psicosis tóxica que tuvo como consecuencia la aplicación de la eximente incompleta de trastorno mental”, según argumenta en su escrito el abogado defensor Fernando Losana. También apoya la suspensión de condena con certificados sobre su cliente emitidos por un centro de salud mental, así como su inclusión en el Programa Euroempleo.

La Audiencia Provincial no se ha pronunciado sobre el escrito de suspensión de condena. El resultado: Mario sigue en libertad y ha vuelto a instalarse en el piso de sus padres del Infante porque expiró la orden de alejamiento que le impedía acercarse a menos de 300 metros de Sara. “Cuando regresó al bloque hablé con mi abogado y fui a la Policía, pero no pueden hacer nada a menos que yo le denuncie si me hace algo”, explica con impotencia Sara. La solución a su calvario es que el magistrado resuelva el citado escrito que fue presentado el 2 de octubre de 2019

La familia está indignada

La familia de la víctima de esta agresión sexual está indignada con la demora de la Administración de Justicia para resolver el escrito de suspensión de condena. “Cuando pasa por mi lado va tan fresco: ni agacha la cabeza”, cuenta la hija de Sara. Su madre en conversación con EL ESPAÑOL confiesa que vuelve a vivir atormentada por los recuerdos de aquella tarde del sábado 27 de diciembre de 2014, cuando pasados unos minutos de las seis, su marido bajó a la calle a hacer unos recados, y su vecino Mario llamó a la puerta de su piso.

Esta pensionista, de 74 años, tiene grabados a fuego cada uno de los hematomas y de las contusiones que su vecino le infligió en el tórax y en el muslo derecho después de tocar su timbre. “Esa tarde llamaron a mi puerta. Pregunté quién es y me respondió: ‘Soy Mario’. Y claro, pues yo le abrí, pero al ver la expresión de su cara, como si estuviera borracho, me impresionó mucho y comencé a gritar: ¡Socorro, socorro, socorro...!”.

Sara -nombre ficticio- desde que fue agredida sexualmente por su vecino, antes de salir de casa, siempre revisa por la mirilla. E.E.

La reacción de la mujer fue sonora, sin embargo, ningún vecino de la quinta planta se asomó al rellano a ver qué le ocurría a esta jubilada que por aquel entonces tenía 69 años. Sara lamenta con pesar que al menos esta vecina podría haber llamado al 112 para denunciar que durante largos minutos se escucharon gritos desgarradores procedentes del 5ºD. “Me empujó dentro y me llevó a rastras hasta una habitación”. 

"Zorra, eres una zorra"

“Yo no paraba de llorar, pero él iba a lo suyo. Me quitó las gafas y las tiró por la ventana después de decirme: ‘Esto no te va a hacer falta’”. La anciana cesa de forma abrupta su relato. No puede seguir por la crudeza de la agresión sexual que padeció, tal y como recoge el apartado de hechos probados de la sentencia que condenó a Mario: “Le bajó la ropa interior con claro ánimo de introducirle su miembro viril, sin conseguirlo ante la fuerte oposición que ella mostró, pudiendo sin embargo introducirle el pene en la boca hasta que eyaculó a la vez que le manifestaba: ‘Zorra, eres una zorra’”.

Cuando acabó de obligarla a hacerle una felación trató de arrojarla al vacío desde el quinto. “El acusado agarró a la denunciante de los brazos y la llevó a la ventana diciéndole: ‘Ven que ahora te voy a tirar por la ventana’. Iniciándose entonces un forcejeo entre ambos”. Esta pensionista, curtida en maratonianas jornadas de trabajo como pinche de cocina, peleó por su vida como una jabata y evitó sufrir un luctuoso final.

Mario, obsesionado con la egiptología, luce colgantes en su pecho. Uno es ‘El Anj’, un jeroglífico egipcio que significa ‘vida’. E.E.

Mario lejos de marcharse del piso intentó conversar con Sara como si nada. “Me dijo: ‘Vamos a hablar de la dignidad’”. La mujer estaba acelerada por el forcejeo y atenazada por el pánico. No podía articular palabra. “El corazón se me salía por la boca”. Pasados unos minutos su agresor cogió del cabecero de la cama una estampa de la Virgen de la Fuensanta y se la entregó a la víctima para acto seguido dirigirse hacia la puerta del piso. Justo antes de marcharse se despidió lanzádole una advertencia: “Aquí no ha pasado nada”. Sara no hizo caso a su vecino y le denunció.

Un juzgado de Murcia ordenó el ingreso provisional en prisión de Mario del 2 de enero de 2015 al 15 de enero de 2016. Pasado un año Mario quedó en libertad con cargos, a la espera de ser citado a la vista oral.

Padecía un cuadro psicótico

El 5 de junio de 2019 se celebró una vista de conformidad en la Audiencia Provincial donde el acusado aceptó el escrito de acusación del Fiscal: Mario M. R. (Murcia, 12 de abril de 1978) fue condenado a tres años y tres meses de prisión por los delitos de amenazas y agresión sexual por acceso carnal por vía bucal, así como al pago a la víctima de 5.000 euros como responsabilidad civil.

En su sentencia, la Sala hizo constar que “en el momento de los hechos el acusado padecía un cuadro psicótico y confusional que disminuían las capacidades intelectivas y volitivas para comprender la ilicitud de los hechos”. El 16 de octubre de 2019 Mario había sido citado por la Audiencia Provincial para requerirle su ingreso voluntario en prisión para cumplir los dos años y tres meses que le restaban de condena, pero dos semanas antes su abogado defensor presentó el escrito de suspensión de la pena de cárcel alegando la adicción a las drogas de su cliente en el momento de la violación, además de exponer que había indemnizado a la víctima y carecía de antecedentes.

Cartel vecinal: “Fuera violadores”

La Sala suspendió la comparecencia del condenado mientras resolvía si entraba dentro del supuesto del artículo 80.5 del Código Penal que permite suspender una pena de cárcel por drogadicción. Mario pasó de tener pie y medio en la trena a hacer las maletas para volver a instalarse en casa de sus padres con 42 años. Ellos nunca han dejado de apoyar a su hijo.

Cartel que los vecinos del bloque del Barrio del Infante Juan Manuel le dedicaron a Mario cuando se acabó la orden de alejamiento. E.E.

Su vuelta a la comunidad de vecinos donde no dudó en hacer vida normal como salir a la calle a dar paseos a su perra Kayma, que en turco significa desliz, no dejó indiferente a los residentes del bloque. Prueba de ello es el cartel de bienvenida que le dedicaron: “¡Atención vecinos! En este edificio vive un violador. Estad pendientes, tened suerte y llevad cuidado. Ojalá no seáis vosotras las próximas agredidas, como ya le ha pasado a otras vecinas de este edificio. Fuera violadores”.

Reincidió tras la violación

Lo fácil sería pensar que la autora del citado cartel es Sara, la víctima de la agresión sexual del 27 de diciembre de 2014, sin embargo, puede haber sido cualquier otra inquilina del bloque porque Mario ha sido condenado en los últimos años por atacar a dos vecinas de este inmueble del Infante. Este diario ha podido comprobar que el 29 de diciembre de 2014, solo dos días después de haber obligado a su vecina de escalera a hacerle una felación, este hombre volvió a actuar contra una mujer que residía en la sexta planta.

La sentencia condenatoria del Juzgado de Instrucción número 9 de Murcia pone de manifiesto que Mario recurrió con esta vecina al mismo modus operandi que empleó con Sara, pero no pudo satisfacer sus instintos lividionosos. A las tres y cuarto de la tarde subió con sigilo a la sexta planta: llamó a la puerta de la mujer pensado que estaba sola y que le abriría la puerta valiéndose de la confianza que genera el hecho de ser un vecino conocido del bloque. “Mario se acercó a la vivienda ubicada en el mismo edificio en el que reside y tras abrirle su moradora la agarró del brazo y la llevó hasta el dormitorio propinándole un empujón que la hizo caer al suelo”, según refleja el fallo.

Mario, que luce una barba de cuatro días y un pendiente en la oreja izquierda, fumando.

Ese 29 de diciembre Mario no ejecutó su plan porque se equivocó: la víctima no estaba sola en la vivienda y fue socorrida por su familia. “El padre de Mario escuchó el jaleo procedente de la planta de arriba y cuando subió le dio una paliza en medio del rellano”, cuenta una vecina que presenció los hechos. Durante la vista oral este hombre afirmó ante el juez que no recordaba los hechos. El Juzgado de Instrucción número 9 le condenó a una falta por malos tratos y le impuso una multa con cuota de 2 euros durante diez días al tener en cuenta la atenuante de alteración psicológica.

El fallo se emitió el 17 de diciembre de 2015 cuando Mario ya había ingresado en prisión de forma provisional por la violación que perpetró contra la jubilada del quinto piso. El regreso al bloque de este agresor sexual con brotes psicóticos que permanece confinado en el domicilio familiar para evitar la pandemia de coronavirus, no solo causa pavor en sus dos víctimas, sino también entre otras vecinas que conocen su historial.

“Legalmente no podemos hacer nada”

Juan Pablo Soria, el abogado defensor de Sara, sostiene que “es terrible” que su clienta sea la vecina de escalera de su violador. “Legalmente no podemos hacer nada porque no se ha resuelto ese escrito y las Fuerzas de Seguridad solo pueden intervenir si ella le denuncia por alguna conducta irregular”, detalla el letrado. Otra de las claves de que Mario haya vuelto antes de lo esperado al bloque de viviendas sociales se debe a que cuando le impusieron la orden de alejamiento de Sara durante un periodo de cuatro años le contabilizaron el año que pasó en prisión.

La tensión vecinal que generó su vuelta al Infante solo se ha visto atenuada por el estallido de la pandemia del coronavirus que obliga a todos los residentes a permanecer confinados en sus casas. “Es preocupante que esta señora se encuentre en esta situación durante meses y no se haya producido ninguna llamada de algún Ministerio o de alguna Consejería”, zanja el abogado Juan Pablo Soria.

“En caso de que la Audiencia Provincial acuerde suspender la pena de prisión, lo normal sería que ingresase en un centro de salud mental”, concluye el letrado de Sara.

El rellano de la escalera que comparten como vecinos Mario, condenado por agresión sexual, y su víctima, Sara -nombre ficticio-. E.E.

- Sara, ¿se ha cruzado alguna vez en el rellano del quinto o en el portal a su agresor?

- Todavía no. Desde mi cocina puedo ver la ventana de su habitación. Solo le escucho cómo se marcha algunos días por la mañana temprano: no sé si a trabajar en una panadería o en un puesto de la plaza de abastos. Como vea que ese violador se arrima a mi puerta o me mira mal cuando nos crucemos en la entrada del bloque llamaré a la Policía.

- ¿Cómo es su día a día sabiendo que su agresor sexual vuelve a ser su vecino?

- Cuando Mario regresó al bloque mi hermana, que está soltera, venía a verme tres veces a la semana para comprobar que estaba bien. Mi médico de cabecera me tuvo que volver a recetar tranquilizantes porque me costaba dormir como cuando esto me ocurrió y me despertaba todas las noches gritándole a mi marido: ‘¡Cierra la puerta!’. Ahora, cada vez que voy a salir de casa compruebo por la mirilla que no hay nadie en el rellano y he dejado de subir sola a la azotea para tender la ropa. Siempre tiendo en mi casa. Como en este momento debemos permanecer confinados por el coronavirus, solo salgo al súper a hacer la compra de la semana y siempre me acompaña mi marido.

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