“Quédense en casa”. La orden se ha repetido, por activa y por pasiva, en anuncios gubernamentales y hashtag en las redes sociales, entre grupos de amigos y familiares. La directriz, por tanto, es clara. Pero, ¿y si tengo que trabajar? ¿Y si me toca estar en primera línea, en contacto permanente con clientes o enfermos? En ese caso no hay nada que hacer. O sí. Protegerse y cumplir con las medidas de higiene contra el coronavirus. No hay más. Todos cumplen: enfermeros y médicos; cajeros de supermercado y transportistas; farmacéuticos y riders. Estos colectivos, de uno u otro modo, tienen que cumplir con su tarea por el bien del resto, de todos aquellos que no pueden o deben salir de casa.

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Su labor, cada día, a las 20:00 horas, se reconoce con aplausos aquí y allá sin que ellos, metidos cada uno en su respectivo espacio, puedan siquiera escucharlos. En EL ESPAÑOL hemos hablado con algunos de los colectivos que, en función de la titularidad de su empresa, están trabajando por el bien público desde que el coronavirus levantó los cimientos del sistema.

Camilo y Álvaro, riders

Camilo Barrios, cada mañana, cuando se levanta, se debate entre la obligación, la necesidad y el respeto al coronavirus. No sabe si salir o no. Pero, de momento, sigue repartiendo: “Hay gente a la que hacemos falta y… también necesito dinero”. Aunque, en su día a día, para cumplir con su trabajo, para entregar los paquetes, necesita sortear no pocas dificultades. “Esto ha cambiado. Ahora nadie te deja pasar al baño. Si tengo que ir… vuelvo a casa”, explica.

Camilo Barrios, rider de Deliveroo.

Su vida es totalmente diferente. Dos semanas atrás, por las mañanas, hacía recados para abogados desde la Audiencia o desde el TSJ en Barcelona, y repartía para Deliveroo por las tardes. Ahora, sólo hace lo segundo. “No ganamos mucho, pero es lo que hay”, lamenta. Tiene que pagar el alquiler (compartido con dos personas que sí pueden quedarse en casa) y ha reducido su jornada: sólo reparte durante las horas de comer y de cenar. A veces, incluso, para llevar algo del supermercado.

Lo hace, eso sí, cumpliendo con todas las recomendaciones. “En los restaurantes nos dejan los pedidos en una mesa entornada en la puerta o nos los entregan a través de ventanillas. Y luego, en los supermercados entramos con mascarillas, con guantes… Siempre tratando de mantener la distancia de seguridad”, explica a EL ESPAÑOL. Cumpliendo, siempre, con quien lo necesita: “Hay personas mayores, pero también jóvenes, gente que está en cuarentena… A ver, miedo no tengo, pero sí bastante respeto”, finiquita.

Su situación es muy parecida a la de Álvaro Rivero, que hace lo propio para Glovo en Sevilla. Él, cada mañana, también duda. No sabe qué hacer. Los ingresos, en estos tiempos, son mínimos. “Antes ganaba una media de 80 euros diarios y ahora tan solo 20 o 30. Es tan poco que dudas...”, reconoce en conversación con EL ESPAÑOL.

Con una gran parte de los servicios cerrados, su labor se reduce a acudir a los supermercados y a las farmacias, llevar leche, papel higiénico o paracetamol. “Llamamos al timbre o al telefonillo y les decimos que lo dejamos encima de la mochila para evitar el contacto. A veces, incluso, ahí nos dejan propinilla metida en un sobre”, prosigue Álvaro. Que, de momento, seguirá saliendo a pesar del coronavirus: “Parece que estás haciendo algo mal cuando sales a la calle...”. Pero no. Simplemente, ayudan a los que no pueden salir de casa.

Álvaro, rider de Glovo en Sevilla.

Sandra Gil, enfermera

Sandra está en la primera línea, entre enfermos, en HM Hospitales Montepríncipe, y ha visto cómo su carga de trabajo ha aumentado, pero también cómo sus compañeros, poco a poco, han ido cayendo. “Al principio no había tanta carga laboral, pero de un tiempo a esta parte, sobre todo cuando hemos pasado a atender pacientes de la pública, esto se ha disparado”, lamenta.

En su centro, tienen una planta cerrada para pacientes con coronavirus y, próximamente, si no desciende el número de casos, el hospital se irá llenando de pacientes con las mismas afecciones. “Ya hay varios compañeros que han caído y se han tenido que ir a su casa. Nosotros estamos doblando turno. Los de mañana hacen también las tardes; los de noches, varias seguidas...”, cuenta. Y, siempre, tomando las precauciones adecuadas: hace un par de semanas, tan solo con guantes desechables; ahora, con batas, gorros, calzas, mascarillas… Como si fueran astronautas.

Sandra Gil, enfermera.

Y, al volver a casa, con cuidado para no contagiar a sus hijos y a su marido; ‘recluida’ en una habitación y prestando atención a todos los detalles. “Pongo lavadoras con todo al llegar a casa; cuando salgo, lo hago con mascarilla y guantes; como a tres metros de ellos en casa...”, finiquita. ¿Con miedo? “Los médicos nos han dicho que en estos primeros días va a ir creciendo… Si no se conciencia la gente, esto se va a extender”, lamenta, con un pronóstico pesimista.

Josué, taxista

“O nos curamos todos o nos morimos todos”. La filosofía de Josué Arnold es sencilla. Por eso, ha decidido ayudar. En su cabeza tiene bien interiorizada la máxima de que el taxi tiene que cumplir con el servicio público. Esa es la razón por la que ha decidido no parar. Quiere ayudar, de cualquier forma. Y lo puede hacer, simplemente, montándose en su coche y transportando a enfermos y médicos.

José, taxista madrileño.

Josué ha decidido prestarse para el servicio sanitario gratuito para transportar a sanitarios. Es decir, se ha sumado a sus compañeros para llevar a los médicos a las casas de los enfermos que no pueden salir de sus casas por diferentes motivos. “En el mundo del taxi te puedes encontrar a todo tipo de gente… Pero yo creo que, cuando hemos tenido que ayudar, lo hemos hecho. Somos gente solidaria”, se enorgullece.

Estos días, casi siempre, acudiendo a hospitales. Sin hacer la calle –como comúnmente llaman en el sector a estar fuera y coger clientes– pero disponible en todo momento en su casa. Si lo necesitan, él acude. “Tengo un taxi de seis plazas, para minusválidos… Entonces, si me necesitan, pues voy. Y luego hay muchos clientes que me llaman directamente”, explica. Siempre, como todos, cumpliendo con las posibles medidas higiénicas para prevenir un posible contagio: “Limpio los sillones con desinfectante, mantengo la distancia… Pero no le tengo miedo al virus. Soy consciente de que la mayoría vamos a contagiarnos y ni siquiera nos vamos a dar cuenta. Yo asumo el riesgo para ayudar”, finiquita.

Mateo, empresario

Mateo, en general, está preocupado. En primer lugar, por él y por su familia. Su mujer es enfermera y dobla cada día para luchar contra el coronavirus; a su hijo, Luis, de cinco años, lo cuida su cuñada porque ellos están trabajando; y su suegro, trasplantado, no va a poder ver a ninguno de sus familiares mientras dure el Estado de Alarma.

Esos, los familiares, son sus principales quebraderos de cabeza. Pero no los únicos. En la empresa tiene otros. Mateo es dueño de Aceites Virgen del Rosario y, día sí y día también, se relaciona con clientes, almacenistas… Y, obviamente, le tiene respeto al coronavirus. “¿Y si me infecto?”, se pregunta, sin encontrar respuesta.

Mateo, proveedor.

Porque su último miedo –aunque también de vital importancia para su futuro– es la marcha de su negocio. “Somos dos trabajando y yo soy autónomo… Todo está parado. La situación es complicada”, lamenta. Por eso no para: el aceite y el beneficio –aunque sea poco– de este este tiempo le dan alas para seguir luchando contra el coronavirus y sus consecuencias.

Itziar, farmacéutica

Itziar, en Barakaldo, no tiene alternativa: es farmacéutica y está obligada a trabajar, a dar un servicio público necesario por el coronavirus, a proveer de medicamentos a todas aquellas personas que, por uno u otro motivo, necesitan un tratamiento. “Lo que más nos piden es paracetamol”, cuenta a EL ESPAÑOL.

Itziar trabaja en una farmacia de Barakaldo.

En su farmacia, la rutina ha cambiado por completo. “Tenemos seis puestos. Ahora sólo usamos tres. Hemos hecho dos caminos: uno para los clientes que salen y otros para los que entran, para que podamos mantener la distancia. Hemos separado el mostrador para guardar la distancia y pedimos que paguen con tarjeta. Limpiamos el datafono, llevamos guantes, limpiamos cada dos por tres...”, explica.

Y, al llegar a casa, sigue las recomendaciones: va al baño nada más entrar, se lava con gel antiséptico, echa la ropa a lavar… ¿Con miedo? “No de tenerlo yo, pero sí de poder pegarlo. Por ser joven, estar sana… La carga viral siempre será menor, pero claro, si se lo pego a un mayor...”, lamenta. Sintiendo que, de una u otra forma, cada día, al levantarse e ir a la farmacia piensa que está en una película de ciencia ficción.

Daniel, camionero

Daniel, estos días, anda preocupado. No le gusta la actitud que está manteniendo su gremio. “No se lo toman en serio”, lamenta. Él trata de mantener distancia. “Cuando entrego, sólo tengo relación con el chico que me pesa. Me bajo, me firma y me monto en el camión”. Pero hay muchos que no son tan disciplinados.

Él denuncia que sus compañeros hacen “corrillos”. Y, aunque trata de advertirlos, no lo consigue. “Hay grupos en las cooperativas que están como habitualmente. La gente no se lo cree. Vas por la carretera y ves coches con cuatro, cinco personas… ¡Cómo es posible eso!”, se indigna.

Daniel, camionero.

Cumple con su deber. Lleva el cereal y vuelve a casa intentando no contagiar a nadie. De momento, no ha sufrido económicamente ningún inconveniente: “El principio de año siempre es bajo, así que… Ya se irá viendo”, explica. Como la mayoría, tiene más miedo a ser asintomático y transmitirlo que a tener coronavirus.

Para erradicar lo antes posible ese contagio, empresas como Trucksters hacen el relevo de los camioneros evitando cualquier contacto y, al mismo tiempo, la compañía ha decidido dejar a precio de coste los trayectos de cada ruta para facilitar que los productos de primera necesidad (alimentos, medicamentos...) lleguen a los supermercados. 

[Más información: Las ocho]