Imagen del interior de una iglesia.
Una misa de difuntos en la iglesia de mi pueblo me devolvió ayer, medio siglo después, al niño que tocaba la campanilla junto al altar.
Ayer por la tarde entré en la iglesia de mi pueblo para asistir a la misa de difuntos por el padre de un amigo. Llegué unos quince minutos tarde y esperaba encontrar lo de siempre: los feligreses sentados en los bancos, a izquierda y derecha, con el pasillo en medio; al fondo, el gran altar, y delante, el sacerdote en su mesa. No fue eso lo que encontré. Los bancos estaban cambiados, alineados frente a mí nada más entrar, no en horizontal sino en vertical, y la gente miraba hacia un altar más pequeño, con un Cristo que, si no me equivoco, es el del Santo Entierro. Delante estaba el cura. En esa iglesia, a la que iba con mi tía desde muy pequeño, era la primera vez que veía así dispuestos los bancos, los feligreses y el sacerdote.
Me saludó la nieta del fallecido y, después, la esposa de uno de sus hijos, mi amigo. Me quedé de pie, escuchando. Y a los pocos minutos de oír al sacerdote, algo se movió dentro de mí.
Miré varias veces hacia arriba: el techo, el coro a la izquierda con su barandilla. Miré a la derecha, hacia el lado de los santos, de la Virgen, del Señor. Al fondo, una columna no me dejaba ver entero el gran altar ni la mesa de la consagración, pero sí veía, al final de la nave, una puerta. La oscuridad apenas permitía distinguir el interior de la sacristía, a la que se accede por esa entrada, y quise ir hacia allí.
Eché a andar solo por la gran nave, rectangular y alargada como la de casi todas las iglesias, para acercarme al lugar donde me senté tantos años. Porque en esa iglesia fui monaguillo desde los seis años hasta, al menos, los once o doce. No quise, por respeto, subir los escalones mientras se celebraba la misa. Hace por lo menos cincuenta años que no los subo, como los subí el día de mi comunión para leer la Sagrada Biblia, o tantas otras veces como monaguillo. Pero me fijé, sobre todo, en el lado derecho, delante del altar: en ese sillón donde yo me sentaba, con mi vestimenta blanca y roja, y desde el que tocaba la campanilla.
No subí, repito. Me bastó mirar a lo alto, a la bóveda con sus ventanas y su luz de última hora —eran más de las ocho de la tarde, entraba el anochecer y aún no era noche cerrada— para pensar en aquellos años de mi infancia en los que fui tan feliz. Fue una experiencia espiritual, una sensación que me hizo sentirme distinto, liberado.
Me acordé de don Francisco, el párroco del que fui monaguillo: un sacerdote y una persona irrepetible, genial, bueno, cariñoso.
Después de contemplar el altar me di la vuelta. A la izquierda, tras una puerta entornada, se veía una especie de biblioteca, una librería cubierta con cristal para proteger lo que guarda dentro. Vi también otra puerta entreabierta: la de un pasillo que, según recuerdo, lleva a un patio con una pequeña fuente, un grifo, y después a una escalera que sube a distintas dependencias de la iglesia. Allí estuve tantas veces: preparando el portal de Belén, en talleres —entre otros, de electricidad—, desfilando y ensayando con los Cruzados para la Semana Santa y la salida de la Borriquita. A la derecha, más oscuro, quedaba el sitio donde estaba la mesa del cura.
De regreso al lugar donde, de pie, empecé y terminé de escuchar la misa, pasé junto a la puerta que da a un pequeño patio, cuya cancela estaba abierta a la calle. Por ahí entré y salí muchas veces, en su día, con mis amigos. Guardo de ese rincón muchísimos recuerdos.
Pensé que tendría que visitar más veces esa iglesia. Quizá entre semana, con calma, para conversar con el sacerdote y recordar cuando yo era el monaguillo de don Francisco.
Por eso quería escribir sobre esta experiencia, sobre una visita más a la iglesia donde hace dos semanas despedí para siempre a mi tía María del Carmen, que fue para mí como una segunda madre y con la que, en aquellos años, asistí tantas veces a la santa misa.