Álvaro Ramos.

Álvaro Ramos. E.E.

Opinión Andar y contar

La paradoja del turismo

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Durante años, algunas de las mejores casas del centro de Sevilla tuvieron peor suerte que sus fachadas. Cerradas, deterioradas, ocupadas o simplemente olvidadas, llegaron a formar parte de aquel inventario sombrío de las «casas fantasma». Hace unos días, un diario local publicaba un reportaje que daba la vuelta a esta imagen, recogiendo que hasta catorce casas palacio catalogadas se explotan hoy como apartamentos turísticos. Ese mismo turismo al que señalamos por transformar la vida tradicional del centro urbano ha contribuido, en algunos casos, a evitar que se deteriorasen también sus edificios históricos.

El mecanismo no tiene demasiado misterio. Rehabilitar patrimonio es caro y mantenerlo tampoco sale gratis. Cuando una casa histórica carece de uso, de inversión pública o de un propietario dispuesto a asumir esas facturas, el tiempo hace su trabajo. La expectativa de rentabilidad turística ha cambiado esa ecuación en numerosos inmuebles. La antigua sede de Telefónica de Plaza Nueva, de 1928, está siendo rehabilitada para convertirse en hotel, con su arquitectura neobarroca protegida. La Casa del Limonero, una casa palacio mudéjar de Guzmán el Bueno, reabrió en 2025 como hotel boutique. No hablamos, por tanto, de un mercado residual pues la demanda turística mueve suficiente capital como para hacer viables rehabilitaciones cuya financiación, en edificios de esta escala, no resulta sencilla.

Sin embargo, la misma ecuación cambia de signo cuando dejamos de mirar las fachadas y miramos los portales. A finales de agosto, las viviendas de uso turístico y los establecimientos de apartamentos turísticos —dos categorías distintas— sumaban 58.484 plazas registradas en Sevilla. Dos de cada tres se concentraban en cuatro códigos postales que corresponden aproximadamente al Casco Antiguo. Y el Banco de España calculó que, en el «centro de zona turística» que delimita estadísticamente para Sevilla, las viviendas de esta índole equivalían en 2025 al 44,9% del parque de alquiler considerado en su estudio.

Los portales tienen también sus propios números. Entre las revisiones padronales de 2016 y 2025, el Casco Antiguo perdió algo más de 2.500 habitantes. Sería demasiado fácil cargar esa pérdida únicamente en la cuenta del turismo. La demografía del distrito ha cambiado y el descenso de población responde a procesos más largos que la explosión de las viviendas turísticas. Pero sería igualmente difícil sostener que miles de viviendas destinadas al alojamiento de visitantes no ejercen presión sobre la función residencial del centro.

Ahí asoma otro patrimonio, mucho más difícil de catalogar: la vida ordinaria. El vecino que baja a comprar el pan, los niños que van al colegio, una comunidad de propietarios que comparte problemas y el comercio que abre pensando en quien volverá mañana. Ninguno lleva placa de protección, pero todos hacen ciudad.

La contradicción desmonta las respuestas cómodas. Un edificio sin uso puede acabar convertido en una ruina, mientras que uno con un uso rentable tiene más posibilidades de pagar el mantenimiento y las restauraciones. Pero turismo y conservación tampoco son sinónimos. En Monsalves, las obras de un hotel llegaron a demoler en 2018 elementos protegidos de una casa catalogada, como el patio y la escalera, lo que llevó a Urbanismo a paralizar los trabajos y exigir su restitución. Este es un claro ejemplo de que la inversión conserva el inmueble cuando existe también una protección capaz de imponer límites.

Mientras tanto, el propio Ayuntamiento ha puesto en marcha Sevilla Centro Vivo para recuperar la residencia permanente, la vivienda asequible y el comercio de proximidad. Que haga falta un plan con ese nombre ya dice bastante.

Sevilla conoce bien lo que supone perder un edificio y empieza también a ser consciente de lo que cuesta perder vecinos. El problema aparece cuando salvar una cosa parece empujar a la otra hacia la puerta de salida. Por eso, ante esas casas recuperadas, no hay una conclusión sencilla ni cómoda. Queda, por tanto, una pregunta más difícil: cuando hablamos de salvar el centro, ¿qué queremos salvar exactamente?