Hay veranos que empiezan mucho antes de llegar al mar.
Comienzan en el portal, con las maletas amontonadas junto al coche, con mi padre intentando encajarlas en el maletero como si aquello fuera un rompecabezas y mi madre repasando en voz alta todo lo que podíamos habernos dejado en casa.
Yo esperaba atrás, impaciente, con la sensación de que el mundo se abría al girar la llave de contacto.
Recuerdo aquellos viajes por España, bien a la playa, al pueblo o a otra ciudad que entonces me parecía lejanísima. No había pantallas que acortaran el camino.
Había carreteras de doble sentido, ventanillas bajadas, el aire caliente entrando a golpes y una colección de casetes que hoy forman parte de mi memoria musical.
Julio Iglesias, José Luis Perales o Carlos Cano eran la banda sonora de nuestras vacaciones. Canciones que no entendía del todo, pero que todavía hoy me devuelven, en apenas unos compases, al asiento trasero de aquel coche.
El viaje era también una forma de estar juntos. A veces hablábamos, a veces discutíamos y muchas otras guardábamos silencio. El tiempo se llenaba mirando por la ventana.
Jugábamos a descubrir figuras en las nubes, a contar coches de un color o a adivinar de qué provincia era cada vecino de carretera por la matrícula. España cabía entonces en dos letras: MA, SE, GR, BI… Parecía que cada coche llevaba detrás una pequeña pista sobre su origen.
Luego estaban las paradas en las gasolineras con su inconfundible olor a combustible y sus tiendas llenas de recuerdos. Y qué decir de los bares de carretera con sus manteles de papel, sus platos blancos y sus cubiertos con mangos de plástico.
Parar formaba parte del viaje. Estirar las piernas, preguntar por enésima vez cuánto faltaba, volver al coche con una bolsa de patatas, un refresco y la certeza, casi siempre equivocada, de que ya quedaba poco.
Eran trayectos más lentos. O quizá éramos nosotros quienes vivíamos más despacio. Nos apañábamos con menos, nos aburríamos sin sentir que aquello fuera una tragedia y aprendíamos, sin saberlo, a mirar.
El paisaje formaba parte también del destino. Los campos secos, las montañas boscosas, los pueblos blancos y los carteles de carretera con nombres desconocidos. Todo formaba parte de aquella geografía sentimental del verano.
Con el paso de los años, he viajado en avión y en tren, y también disfruto de ambos medios de transporte.
Pero los controles, las esperas, los retrasos y los horarios convierten muchas veces el viaje en una sucesión de instrucciones: llegue con antelación, pase por aquí, espere allí, embarque ahora y, sobre todo, no se demore.
El coche, en cambio, mantiene todavía esa aura de libertad. Uno sale cuando quiere, hacia donde le apetece y elige la ruta, incluso aunque se equivoque.
Puede abandonar la autovía por una carretera secundaria, detenerse en un pueblo que no estaba previsto o alargar el almuerzo porque afuera aprieta el sol. Uno es el dueño de su propio viaje.
Ahora, con el paso de los años, soy yo quien encaja las maletas en el maletero, calcula la ruta y decide dónde parar.
Ya no viajo en aquel asiento trasero ni pregunto cada diez minutos cuánto falta, pero basta con dejar atrás la ciudad, poner música y ver cómo cambia el paisaje para que regresen conmigo aquellos veranos en la carretera.
Porque el verdadero encanto de viajar en coche está en avanzar hacia un sitio nuevo sin dejar del todo atrás los lugares de los que venimos.