Luis Romero.
Hay viajes que no figuran en ningún itinerario porque no se hacen sobre un mapa, sino sobre uno mismo. El mío empezó hace treinta y seis años, cuando con veinticinco recién cumplidos hice las maletas, dejé atrás a mi familia, a mi novia y a mis amigos, y me planté en Londres para aprender inglés en Pitman School, en pleno corazón de Bloomsbury, el barrio más literario de la capital del Támesis.
Vivía a las afueras, en Palmers Green, al norte de la ciudad, acogido por una familia irlandesa. Cada mañana tomaba el metro hacia Russell Square y cada tarde lo desandaba: casi una hora de ida y otra de vuelta. Dos horas diarias que, lejos de ser tiempo perdido, fueron el aula más importante de aquellos cuatro meses. Porque cuando uno cruza media Europa para vivir solo, en una sociedad distinta, con un clima distinto y unas costumbres distintas, ocurre algo inesperado: se encuentra consigo mismo. Aquel trayecto fue mi cuarto de meditación, mi confesionario rodante, el lugar donde aprendí a conocerme.
Yo había ido a Londres con un plan: necesitaba cierto nivel de inglés para cursar un MBA en el Instituto de Empresa. Tenía claro que quería ser abogado, pero el camino que me había trazado pasaba por el posgrado. Y sin embargo, fue allí, en aquellas últimas semanas londinenses, donde tomé la decisión que lo cambió todo. Comprendí que no debía dar más rodeos: a mi vuelta a España empezaría a ejercer cuanto antes. Y así lo hice. Llevo hoy más de treinta y cinco años como abogado penalista en ejercicio, con la fortuna añadida de que mis dos hijos han terminado también Derecho sin que yo se lo pidiera nunca.
Cuento esto porque mi proyecto de memorias está a punto de ver la luz, y reconstruir aquellos días ha sido una de las experiencias más hermosas de mi vida. He podido recuperarlos casi semana a semana, no solo por las grabaciones que fui haciendo durante largas caminatas o por los apuntes garabateados cuando un recuerdo asomaba de pronto, sino por un tesoro inesperado: unas cartas que sabía conservadas, casi cien páginas manuscritas en cuartillas bien aprovechadas, escritas a mis padres, a mis hermanos y a mi abuela. Junto a ellas, fotografías que he reunido en un álbum de aquella estancia. El pasado, cuando se conserva por escrito, resulta sorprendentemente fiel.
Y he tenido suerte, porque he vuelto a Londres muchas veces: la luna de miel en 1998, un viaje de regreso de Estados Unidos en el 2000, escapadas profesionales aprovechando estancias en Mánchester o Birmingham, y los veranos desde 2011 frente al Big Ben con mi mujer y mis hijos. Esas vueltas me han permitido pisar de nuevo Pitman School, pasear por mi calle —Grenoble Gardens—, recorrer mis parques: Broomfield Park, Alexandra Park, Regent's Park y, por supuesto, Hyde Park, donde tantos sábados pasé tendido sobre la hierba soñando con lo que sería de mi vida.
He vuelto a ver anochecer en Regent Street, en Leicester Square, en Covent Garden. He vuelto a pasar por el Hippodrome, donde nos citábamos los viernes los compañeros de la academia, y por el pub The Swan, a dos minutos de Pitman, donde apuraba una cerveza. Y he vuelto a aquella cabina telefónica desde la que llamé a mi padre para pedirle una transferencia: por mucho que ajusté el presupuesto y me privé de gastos, todo en Londres resultó más caro de lo previsto. Tanto, que aquella ciudad me ayudó incluso a dejar de fumar.
Pero si algo perdura no son los lugares, sino las personas. Los amigos con los que compartí horas, días y semanas: Ángelo, Tomás, Antonio, Carlos, Mario, Frédérique, Kristina, Anastasia, Dominique, y mis amigas de Roma y Florencia. En cuatro meses unos se iban y otros llegaban, y a menudo te quedabas solo, hasta que en la biblioteca de Pitman volvías a encontrar un rostro conocido con quien comer o pasear por Bloomsbury. Hoy, sobre aquel edificio emblemático ya no está el rótulo de Pitman, pero su alma sigue allí: la de la institución que durante más de un siglo formó a estudiantes de tantos países.
Y aquí va mi invitación, querido lector. Todos tenemos una época así: un cruce de caminos donde tuvimos que elegir entre seguir por una senda o por otra. Un momento, una circunstancia, un tiempo que nos definió. Le animo a buscarlo en su memoria y a reconstruirlo como yo estoy haciendo ahora. Porque mirar atrás no es nostalgia: es comprender, por fin, cómo llegamos a ser quienes somos.