Luis Romero.

Luis Romero. E.E.

Opinión En defensa propia

Cádiz, cincuenta veranos después

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Hay ciudades que uno no elige: le son dadas, como se dan los nombres o los veranos de la infancia. A mí Cádiz me fue dada en julio de 1975, cuando tenía once años y salí por primera vez de mi pueblo sin mis padres. El director del colegio y mi padre habían organizado que varios chavales de Castilblanco, mi hermano Rafael y otros seis paisanos, pasáramos quince días en una colonia de verano. Quince días. A los once años, quince días lejos de casa es mucho tiempo.

Nos alojaron en un colegio religioso de la calle Concepción Arenal, un edificio de fachada blanca con grandes pabellones, literas de hierro y taquillas que cerraban mal, como pronto descubriría. La vida era espartana: diana temprano, un café recalentado que apenas merecía el nombre, pan sin tostar con mantequilla, comidas escasas y jarras metálicas de agua que eran lo único que allí abundaba. Yo, que era glotón, pasé aquellos días con un hambre honrada y persistente que todavía recuerdo con una extraña ternura.

Las mañanas eran de playa. Bajábamos con la toalla al hombro, y al recogerla la sacudíamos entre dos para que no quedara ni un grano de arena, con esa seriedad ceremonial que los niños ponen en los pequeños ritos. El mar nos dejaba el salitre pegado a la piel y una sed inmensa que resolvíamos en comandita: uno compraba la Coca-Cola, otro la bolsa de patatas, y todo se repartía, porque el dinero era poco y la amistad mucha.

Por las tardes, los monitores se empeñaban en organizarnos partidos de fútbol o de balonmano. "¡Los hermanos Romero, a la portería!" A mí aquellos deportes de obligación no me gustaban; yo era —y sigo siendo— deportista por libre: la bicicleta, la natación, el andar o correr kilómetros por mi cuenta. Ya entonces prefería observar. Quizá ahí empezaba, sin saberlo, el oficio de mirar a la gente que tanto me serviría después.

Lo mejor venía al caer la tarde. Duchados y peinados, salíamos a pasear: Concepción Arenal abajo, La Caleta, el paseo del lado del mar con sus grandes piedras protegiendo el muro, la zona del parador, y así hasta el puerto, donde nos gustaba ver los barcos y hablar con los marineros, preguntándoles si se podía subir. Nunca subimos a ninguno, pero soñar era gratis.

Después, la plaza del Ayuntamiento y la parada obligada en Simago, donde con unas monedas comprábamos un paquete de galletas de coco y nos daban la bolsa de plástico, que exhibíamos como un privilegio de persona mayor. Volvíamos por la explanada de la catedral, hablando de nuestras cosas, con esa luz vespertina de Cádiz que no se parece a ninguna otra, entre el oro y la plata, mientras la ciudad murmuraba a nuestro alrededor.

No todo fue idilio. Una noche en que el reglamento prohibía salir del dormitorio, me sorprendieron camino del baño y el castigo fue limpiar las letrinas varias mañanas. Otras noches, la urgencia se resolvía por la ventana trasera, en una escena que años después me recordaría a "La ciudad y los perros" de Vargas Llosa o a aquella película, "¡Arriba Hazaña!", sobre internados de la época.

Y hubo también una primera lección de derecho penal: cuando mis padres vinieron a vernos desde Torremolinos —qué alegría verlos llegar, qué banquete aquel almuerzo en el paseo marítimo— nos dejaron una docena de pasteles que guardamos en la taquilla. Fueron desapareciendo uno a uno hasta quedarnos con uno solo. Recuerdo mi indignación de niño: "¿Por qué no me lo pides? ¿Por qué me lo quitas, si es mío?" Medio siglo defendiendo causas ajenas y todavía no he encontrado mejor formulación del concepto de propiedad.

El último día hubo fiesta de despedida, y algunos de los mayores se atrevieron a contar chistes imitando la voz temblorosa de Franco en su último discurso. Era el verano de 1975: la dictadura agonizaba sin saberlo, y nosotros, niños a la orilla del Atlántico, nos reíamos ya con la risa de otro tiempo que llegaba.

He vuelto a Cádiz muchísimas veces desde entonces, procuro no faltar ningún año. Y cada vez que paso junto a aquella fachada blanca, cada vez que me alcanza el olor a mar tan característico de la ciudad, o esa claridad de la tarde cuando uno va por la playa, vuelvo a tener once años, la toalla al hombro y una bolsa de Simago en la mano.

Séneca escribió que viajamos en vano si nos llevamos a nosotros mismos a todas partes. Yo lo digo al revés y como elogio: uno vuelve a Cádiz precisamente para eso, para comprobar que, cincuenta veranos después, sigue siendo el mismo. Porque a las ciudades queridas no se vuelve: se vuelve a quien uno fue en ellas.

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