Sevilla despierta este domingo con esa calma particular de las mañanas festivas, cuando la ciudad parece desperezarse más despacio, mientras en el aire se comienza a sentir ya la cercanía del Rocío.

Pero este pasado domingo trajo consigo un pulso diferente, porque Andalucía acudió a las urnas para decidir quiénes ocuparán los 109 escaños del Parlamento autonómico y qué rumbo político tomará la comunidad en los próximos cuatro años.

Si uno prestó atención al llegar al colegio electoral, pudo comprobar cómo votar sigue siendo algo más que cumplir con un mero trámite. Basta con observar a la gente que se acerca a las urnas.

A primera hora llegan los mayores, muchos de ellos con esa puntualidad de quien aprendió hace tiempo a no dar por descontado lo que tanto costó conquistar. Algunos han perdido ya la cuenta de las elecciones en las que han participado.

Otros recuerdan aquellos años en los que las urnas permanecían cerradas y la voluntad de un pueblo no tenía dónde expresarse. Después aparecen padres y madres acompañados de sus hijos, probablemente para enseñarles una pequeña lección de ciudadanía.

Y llegan, por supuesto, los jóvenes que votan por primera vez. Unos lo hacen con la emoción de estrenar un derecho recién adquirido, mientras que otros se acercan a la urna sin entusiasmo, empujados más por la conciencia del deber que por la confianza en aquello que tienen delante.

Durante años se habló de las elecciones como la fiesta de la democracia. La expresión, un tanto manida de tanto usarse, suena hoy a fórmula viejuna, a frase de otro tiempo. Quizá porque hubo una época en la que cada jornada electoral parecía conservar el recuerdo de una de las grandes conquistas de la España reciente: la democracia.

Puede que ahora, acostumbrados a votar, hayamos dejado de percibir la hondura de esa sencilla acción. Introducir una papeleta en una urna dura apenas unos segundos. Sin embargo, dentro de ese sobre cabe una historia larguísima de luchas por los derechos, reivindicaciones sociales y una tremenda ansia de libertad.

Cabe la memoria de quienes no pudieron hacerlo y la responsabilidad de quienes sí podemos. Mi compañero Daniel Marín lo expresó hace unos días en sus redes con mucho acierto: "Votar es el principal acto político de la democracia, porque nos convierte en ciudadanos".

Por eso inquieta escuchar a tantos jóvenes —y algunos no tan jóvenes— afirmar que no piensan votar, que todos son iguales y que nada cambia. No porque su hartazgo sea incomprensible. Todo lo contrario. La desafección política no nace de la nada.

Se alimenta de promesas incumplidas, de debates convertidos en una bronca constante, de líderes que repiten consignas como papagayos para hacer después, demasiadas veces, lo contrario de lo que proclamaron.

Se alimenta de una política empobrecida, más pendiente del titular mediático que de la vida concreta de la gente. De discursos vacíos, de insultos como estrategia política y de populismos que reducen los problemas complejos a eslóganes fáciles.

Y luego, cuando una parte de la ciudadanía se abstiene o busca refugio en opciones extremas de uno u otro signo, algunos se sorprenden como si nada tuvieran que ver con el clima que han contribuido a crear.

La jornada electoral de este domingo no debería servir solo para elegir un gobierno en Andalucía. Debería obligarnos también a mirar de frente el estado de nuestra vida pública.

A preguntarnos qué clase política ocupa las instituciones, cómo administra el dinero de todos, con qué altura habla a los ciudadanos y hasta qué punto está cuidando, o deteriorando, la confianza en el sistema democrático.

Ante esa política hueca, agresiva y cada vez más teatralizada, quizá la respuesta no sea apartarse, sino implicarse más en el debate público. Porque la abstención puede presentarse a veces como gesto de protesta, pero rara vez incomoda a los que ya ocupan el poder.

En cambio, una ciudadanía informada y exigente sí obliga a rendir cuentas a quienes ocupan las instituciones. Por eso, frente al descrédito de quienes han empobrecido la política, conviene no entregarles también nuestra indiferencia.

Porque una democracia no se pierde solo cuando se impide votar. También se debilita cuando dejamos de creer que merece la pena hacerlo.