José María Domínguez Roldán.
En la Semana Santa de Sevilla hay una forma de presencia que no figura en los programas ni en los itinerarios oficiales y que, sin embargo, resulta esencial. No lleva cirio, antifaz ni túnica. Tampoco busca visibilidad.
Es desconocida para la mayoría de quienes presencian una procesión. Es una presencia discreta, casi invisible, pero profundamente significativa: la de los equipos médicos que acompañan a las hermandades durante su estación de penitencia.
En Semana Santa, la ciudad se transforma en un escenario de fe, tradición y emoción colectiva; miles de personas recorren durante horas calles abarrotadas. Nazarenos que caminan largos trayectos, costaleros sometidos a esfuerzos intensos, niños, ancianos y un público que, en ocasiones, soporta temperaturas elevadas y multitudinarias aglomeraciones.
En ese marco, las incidencias sanitarias son altamente previsibles. Aquí emerge la figura de los equipos sanitarios de las hermandades, formados habitualmente por médicos y enfermeros que, además, comparten un vínculo más profundo: son hermanos de la propia corporación.
No están allí como un servicio externo contratado, ni como una cobertura institucional ajena al rito. Están allí por sentimiento de pertenencia, porque creen en el propio sentido de la estación de penitencia.
La escena es reconocible para cualquiera que haya vivido una noche de Semana Santa en Sevilla. Una calle estrecha, abarrotada. El paso avanza con dificultad. El silencio se impone. De pronto, alguien en el público se desvanece. No hay sirenas, no hay aspavientos, no hay interrupción del rito. Apenas un leve murmullo.
El diputado de tramo llama a un miembro de la hermandad que procesiona de paisano, que se identifica como médico de la hermandad; este se aproxima, se arrodilla, evalúa y decide. En segundos, la situación está controlada.
El paso continúa. La multitud, casi sin advertirlo, vuelve a prestar atención al paso. Así lo he vivido en múltiples ocasiones como hermano y médico en los equipos sanitarios de las Hermandades de La Paz, San Bernardo y Pasión.
En una época en la que la medicina se percibe con frecuencia como una actividad cada vez más tecnificada, protocolizada y, a veces, distante, la imagen de estos médicos resulta casi disruptiva. No hay bata blanca ni aparataje sofisticado ni entorno hospitalario.
Hay conocimiento clínico, sí, pero también algo menos visible y más decisivo: disponibilidad, prudencia y sentido de responsabilidad.
La indumentaria es, en este sentido, profundamente significativa. Lejos de recurrir a uniformes llamativos o a dispositivos visibles, se opta por el traje oscuro y la sobriedad. No se trata de una cuestión estética, sino de una elección deliberada: integrarse en el ambiente, respetar el carácter devocional del acto, no alterar la atmósfera de recogimiento.
La intervención debe ser eficaz, pero también respetuosa con el significado profundo de lo que acontece.
Se atiende a quien lo necesita, sin distinción: nazarenos agotados, costaleros lesionados o público afectado por una lipotimia.
Se realiza en condiciones complejas, sin los recursos de un entorno hospitalario, apoyándose en la competencia clínica, la experiencia y en una toma de decisiones ágil y prudente. Es medicina en estado esencial.
Hay, en esta figura del médico de las hermandades de Sevilla, una lección que trasciende lo local. En un momento en el que el debate sobre la medicina oscila entre la hiperespecialización tecnológica y la presión asistencial, estas experiencias recuerdan algo elemental: que la esencia de la práctica médica no se agota en la técnica, sino que se realiza plenamente en la asistencia básica, silenciosa, útil.
Tal vez por eso su presencia es tan poco visible. Porque no busca serlo. Porque forma parte de esa arquitectura silenciosa que sostiene lo que sí se ve: las imágenes, los pasos, la música, el fervor popular. Sin ellos, sin su vigilancia discreta, sin su capacidad de respuesta inmediata, el equilibrio de todo ese sistema sería más frágil.
En las noches largas de la Semana Santa de Sevilla, entre el sonido de los pasos y el silencio contenido de la multitud, hay médicos que caminan sin ser vistos. No llevan insignias, pero sostienen algo esencial: la seguridad y el cuidado de todos.
Quizá ahí, en esa invisibilidad deliberada, se encuentre una de las expresiones más genuinas y necesarias de la medicina.