El pasado sábado se celebró el Día de Andalucía y como cada 28 de febrero se volvió a sacar pecho por nuestros símbolos regionales.

La bandera verdiblanca, el himno y el estatuto de autonomía nos recuerdan una vez más que compartimos un marco común de derechos, unas instituciones y unos emblemas identitarios.

Quizás por esto, el 90 % de los andaluces se siente orgulloso de pertenecer a esta tierra. Pero no conviene confundir este sentimiento común con una identidad homogénea. Andalucía no es un molde único en su forma de hablar, sentir o vivir.

Es un territorio plural, en el que se dan cabida una variedad de acentos, historias y una idiosincrasia de lo más diversa que enriquece el relato común.

Cuando conmemoramos el Día de Andalucía, a veces caemos en la tentación de celebrarla como una estampa uniforme. Y ese es un error doble.

Por un lado, porque simplifica hacia dentro el concepto andaluz y empobrece el discurso público. Y, por otro lado, porque hacia fuera proyecta una imagen estanca, una visión estereotipada que no siempre juega a nuestro favor.

Desde Despeñaperros hacia arriba, con frecuencia se compra una idea única de “lo andaluz” que se consume como si fuese un producto cerrado. De esta forma, Andalucía termina reducida a unos rasgos, a veces caricaturescos, que no la representan como en realidad es.

Por esta razón, con motivo del Día de Andalucía, reivindico la pluralidad de sus territorios, con sus singularidades y sus matices.

A veces se comete el error de homogeneizar una comunidad tremendamente heterogénea, que durante siglos se articuló en dos grandes ámbitos históricos (Sevilla y Granada), y cuya dualidad reaparece una y otra vez en demarcaciones y miradas sobre el sur.

No es un detalle menor. Esa pluralidad no es un invento de ahora. Está en la geografía, en el habla, en las formas de relacionarse, en el modo de vivir sus tradiciones y de recordar su pasado. Está en lo cotidiano.

Por eso, todos los andaluces no somos iguales en el sentido identitario de la palabra. Compartimos símbolos comunes, sí, pero la idiosincrasia es plural.

Y quizá uno de los errores de fondo sea pretender que esa pluralidad debe disolverse para que exista una Andalucía estándar. Pero esa idea de “igualarnos” a todos no funciona porque es imposible y porque tampoco sería deseable.

Si prestamos atención, percibiremos esas diferencias. Comprobaremos cómo es evidente que el carácter más extrovertido del occidente choca en ocasiones con un sentimiento oriental más introvertido.

Y qué decir de la gastronomía, tan diversa en sus formas, sus ingredientes y sus sabores de un extremo a otro de Andalucía. Al igual que la manera de celebrar sus tradiciones y sus fiestas.

Así como de hablar con un acento diferente que proporciona una gran riqueza léxica y sonora. Hasta la propia geografía marca las diferencias, pues no se vive igual en la campiña que en la sierra, ni desde un puerto abierto al Atlántico que desde una ciudad interior que mira a la Vega y a la Alhambra.

Pero no nos equivoquemos, esto no va de abrir una competición absurda de quién es mejor ni de levantar fronteras internas. No es una cuestión de imponer o dominar el relato identitario. Es una cuestión de respeto y de espacio para las diferentes realidades que habitan en Andalucía.

La homogeneización, aunque se presente como un abrazo, puede terminar siendo una forma sutil de negar al otro. Y cuando se niega el matiz, se empobrece el discurso común.

A lo mejor, un siglo después de los postulados de Blas Infante, hace falta revisar el andalucismo tal y como lo conocemos. No para renunciar a él, sino para actualizar su mirada. Para pasar de una Andalucía contada en singular a una Andalucía reconocida en plural.

Nuestra región no pierde cohesión por aceptar su diversidad. Al contrario, la gana. Porque lo común no exige que seamos idénticos. Exige que nos entendamos.

Andalucía es como un mosaico. Pequeñas piezas que, juntas, conforman la obra final. No hay una tesela que baste por sí sola ni una que sobre.

Y ahí está la clave del 28 de febrero. Andalucía será más fuerte cuanto menos miedo tenga a su propia diversidad.