José María Domínguez.

José María Domínguez.

Opinión EL DISCÍPULO DE GALENO

¿Qué somos? El médico, el alma y el software del cosmos

Publicada

Hay conferencias que, tras escucharlas, pronto se olvidan y otras que quedan resonando en la mente como una pregunta que no quiere cerrarse. Así me ocurrió cuando, hace unos días, escuché en la Real Academia de Medicina de Sevilla a José Luis Manzanares Japón hablar de su libro “¿Qué somos? El secreto de la realidad". No salí con menos preguntas, sino con mejores: ¿qué es la realidad? ¿Qué quiere decir hablar de alma en un mundo de algoritmos, partículas y física cuántica?

Manzanares, ingeniero y profesor, no es teólogo ni filósofo de profesión. Tal vez por eso su planteamiento incomode tanto como refresque a quienes venimos del mundo sanitario, habituados a observar el cuerpo humano bajo la fría luz de la evidencia científica.

El autor parte de una constatación compartida por gran parte de la filosofía actual: la ciencia ha llegado a describir con exactitud creciente el cómo de las cosas, pero no logra rozar el qué ni el para qué. Sabemos que la vida está sometida a ecuaciones que se cumplen sin excepción, pero desconocemos por qué se someten a ellas o en qué se basa su validez.

La idea de «¿Qué somos?» es tan elemental de expresar como difícil de aceptar: la realidad no se debe reducir a materia e interacciones físicas, sino a un gigantesco “software” que controla una base de datos cósmica.

Las partículas elementales, los átomos, las moléculas y, en último término, los seres vivos serían entidades “abstractas” provistas de propiedades numéricas, ordenadas por algoritmos que denominamos “leyes de la naturaleza”. En tal caso, mente y espíritu no serían meros epifenómenos confusos de la química cerebral, sino partes tan reales del juego como la materia.

Como médico, me interesa este razonamiento por dos motivos. Primero, porque desafía el reduccionismo que a veces invade nuestra práctica clínica: esa idea de que, si logramos describir con precisión los neurotransmisores y las conexiones neuronales, habremos agotado lo que un paciente "es".

En segundo lugar, porque reabre la legitimidad intelectual a dimensiones de la vida cotidiana (el amor, la esperanza, la libertad, la culpa) que demasiado a menudo se relegan a una psicología "blanda", como complemento prescindible del núcleo biológico.

Este planteamiento existencial establece una fuerte conexión con la mejor tradición filosófica. De Parménides recoge la intuición de que el ser (la realidad) es uno, inmutable, más allá del cambio. De Heráclito, la constatación de que todo fluye, de que estamos sumergidos en un río de cambios gobernado por una lógica interna que no controlamos.

Demócrito sale a relucir cuando se piensa que todo lo que se ve está compuesto por muy pocas partículas (protones, neutrones y electrones) y mucho vacío. Aparece Platón cuando se evoca el “mundo de las ideas”: un tercer mundo de entidades inmateriales (matemáticas, leyes, justicia, ciencia) que se guardan en una especie de nube metafísica que organiza el mundo físico. Y Aristóteles surge cuando se habla del hombre como una unidad de cuerpo y alma, con facultades como la inteligencia, la memoria, la escala de valores y la libertad.

Este marco suena familiar a cualquier creyente: no estamos en una justificación confesional, sino en un terreno donde la fe se reconoce. Si el cosmos es un código, un programa que crea y mantiene realidades materiales y espirituales, la noción cristiana del Logos que ordena el mundo deja de ser una metáfora poética para rozar la estructura misma de lo real. El alma aquí no es un extraño alojado en un cuerpo, sino la manera singular de una vida, el principio unificador de una historia, una identidad, una red de relaciones, una voluntad, unos afectos.

Como médico, he visto demasiadas veces lo vulnerable que es esa unidad como para considerarla un mero epifenómeno. Cuando alguien con demencia avanzada aún tiene un destello de ternura, un reconocimiento, algo en nosotros se niega a reducirlo a impulsos sinápticos. Cuando acompañamos a un paciente al final de su vida, sabemos que la persona que se va no se agota en los parámetros hemodinámicos que controlamos. No se trata de negar la explicación biológica, sino de reconocer que esa descripción no es suficiente.

En una época en la que la técnica sanitaria avanza mucho más rápido que nuestra ética, plantear de nuevo la pregunta de "qué somos" no es un lujo intelectual, sino una necesidad ética. De esta respuesta depende cómo tratemos a los embriones, a los enfermos incurables, a los ancianos dementes, a los moribundos.

Si no somos más que un conjunto complejo de reacciones químicas, la tentación de manipular vidas y desecharlas crece. Si somos, por el contrario, una unidad enigmática de cuerpo y alma, un haz de relaciones y de sentido, entonces todo enfermo es, en algún punto, sagrado.

Las reflexiones sobre ¿Qué somos? no se cierran con facilidad, pero tienen la virtud de incomodarnos y sacarnos de la anestesia de lo simple. Para un médico, ese es quizá el mayor placer intelectual: descubrir que la pregunta por el alma sigue viva, que la unidad inexplicable de cada persona resiste todas nuestras tentativas de reducirla.