Camino por la ciudad en uno de mis tradicionales paseos vespertinos. Tras días de lluvia y mal tiempo, el cielo parece conceder una tregua. El sol vuelve a abrirse paso y deja al descubierto un azul intenso, salpicado por la blancura esponjosa de algunas nubes.
Camino por la vera del río y, al atardecer, llego al embarcadero bajo el puente de Triana. En el trayecto, el cielo ha ido mutando hacia un naranja encendido que anuncia la transición entre el día que se apaga y la noche que se acerca de puntillas.
Aprovecho ese instante para sentarme en uno de los bordillos y observar a la gente que me rodea. Turistas que toman fotografías aprovechando las últimas horas de sol, corredores que se cruzan entre los viandantes, gente paseando todo tipo de perros o jóvenes improvisando un picnic.
Y, entre todo ese paisanaje, mi atención se detiene en una pareja de adolescentes sentada en un rincón más discreto. No superarían, probablemente, los dieciséis años.
Estaban acaramelados, tan juntos como formando una crisálida con sus cuerpos. Se besaban, diría que con torpeza, entre esas sonrisas que solo despierta el primer amor.
En sus ojos brillaba la ilusión intacta de quien prueba las mieles de sentirse amado por primera vez. Yo miraba de reojo, para no resultar indiscreto, aunque no quería perder detalle de aquella estampa que me parecía, al mismo tiempo, enternecedora y nostálgica.
La escena me llevó, de forma inevitable, a pensar en aquellas primeras incursiones en el amor. A cómo ese sentimiento tan universal, tan presente en la historia de la humanidad desde que el ser humano tiene conciencia de sí, va mutando con los años y adquiere otros matices, otras formas, conforme vamos sumando primaveras al calendario.
Está el amor adolescente, pueril y visceral, en el que descubrimos, casi a tientas, lo que significa amar a otra persona. Aprendemos en ese juego caprichoso, cometemos errores y celebramos algún acierto.
Esos primeros pasos, a veces inseguros, nos van moldeando poco a poco en la persona que seremos cuando la madurez nos alcance.
Después, en algunos casos, llegan los desengaños. Aprendemos también el dolor de la pérdida, la marcha de quien creíamos imprescindible.
Otras veces, la vida nos regala los momentos dulces. El primer beso, la primera unión de los cuerpos, los primeros viajes, los primeros proyectos compartidos.
Con el paso del tiempo, dejamos atrás los planes sencillos de cine y refresco y nos adentramos en decisiones más complejas. Ya con cierta madurez, el amor se convierte en un proyecto mayor, como compartir una casa, formar una familia o entrelazar definitivamente los dos caminos vitales.
Crece la implicación emocional y también la responsabilidad afectiva. Y cuando la vejez asoma, el amor se transforma en el hábito de la ternura y del cuidado. Es el momento en el que ya no hace falta prometer nada porque casi todo se ha cumplido.
Una vieja amiga me dijo una vez que la capacidad de amar del ser humano es infinita, que uno puede amar a los ochenta con la misma intensidad que a los quince. Quizá tenga razón.
Cada nueva persona que se cruza en nuestra vida trae consigo la sensación de estreno, de esa primera vez. Y, sin embargo, siempre quedará en la memoria aquel primer beso que abrió la puerta de todo lo demás.
Mientras contemplaba a aquellos dos adolescentes en el embarcadero, confieso que sentí una cierta envidia sana. No sé si ese amor les durará semanas, años o toda una vida.
Lo que sí sé es que, pase lo que pase, siempre recordarán aquel primer beso junto al río. Y, de algún modo, ese recuerdo les acompañará para siempre.