Volviendo en el tren para Sevilla presencié una escena que dice mucho del tiempo que vivimos. En la fila de al lado del vagón viajaba una chica que no superaría la veintena de años.

Sobre sus piernas apoyaba un pequeño transportín en el que se encontraba un perro diminuto, de esos peludos que parecen un peluche comprado en una tómbola de feria.

El animal se movía, asomaba la cabeza mientras la dueña le daba algo de comer, gruñía de vez en cuando y soltaba algún ladrido puntual.

Cuando miré a mi alrededor, observé a buena parte de los viajeros sonreír y compartir miradas cómplices ante una escena que, sin duda, les parecía de lo más enternecedora.

Pero la historia no termina aquí. Un par de filas más atrás viajaba una familia. Padre, madre y abuela que sostenía a una niña de poco más de un año.

La pequeña estaba enferma. Tenía la cara enrojecida y, de vez en cuando, emitía ese gemido propio de los niños con fiebre, que parecen no entender qué es lo que les pasa a sus pequeños cuerpos. Lloraba a ratos. Lo normal en un bebé con gripe.

Entonces ocurrió lo verdaderamente asombroso. Las mismas personas que sonreían ante el gruñido del perro torcieron el gesto cuando la niña lloró. Me asombró ver las expresiones de fastidio y los suspiros exagerados.

Los padres, nerviosos e incómodos, acabaron cogiéndola en brazos y salieron del vagón, a la fría zona de intercirculación, como si tuvieran que pedir disculpas por la gripe de su hija. Ahí fue cuando me pregunté en qué momento decidimos deshumanizarnos como sociedad.

En qué circunstancia un animal resulta entrañable cuando molesta y un niño nos parece insoportable cuando gimotea por el malestar de una enfermedad. Desde hace unos años, el número de mascotas se ha incrementado exponencialmente.

De hecho, datos recientes evidencian que el número de animales de compañía es muy superior al de niños menores de 5 años en nuestro país.

En Sevilla cada vez me fijo más en eso. Gente que pasea a sus perros en cochecitos de bebé o en carritos cuando, por edad, ya no pueden caminar. Animales con peluquería, manicura, cumpleaños, regalos de Reyes y comidas gourmet.

Nada que objetar al cuidado ni al cariño. Sin embargo, el problema empieza cuando esa misma dedicación no aparece para acompañar a un padre al médico, para sentarse un rato con una abuela que vive sola o para ir al parque a que los niños jueguen.

No seré yo quien vaya en contra del bienestar animal, pero es evidente que humanizarlos no siempre es respetarlos. Muchas veces es negarle su propia naturaleza. Un perro no es un bebé ni el sustituto de una persona, por mucho cariño que nos dé.

Es un animal con necesidades propias y no debería copiar las humanas. Pero, al mismo tiempo, deshumanizar a las personas es una renuncia moral mucho más grave. Porque cuidar a un niño o a un anciano exige mucho más.

No es una crítica a quien no quiere tener hijos ni una enmienda al amor por los animales. Es algo más profundo. Una reflexión sobre la jerarquía de afectos que estamos construyendo. De cómo dedicamos tiempo y dinero a los animales mientras la infancia y la vejez empiezan a estorbar.

Es la constatación de un desequilibrio. Amar a un perro resulta cómodo. No discute, no tiene un envejecimiento largo, no reclama explicaciones ni genera conflictos familiares. Además, un animal no recuerda reproches ni devuelve miradas de decepción. Las personas sí.

Por eso molesta la infancia e incomoda la vejez. Porque nos recuerdan lo que fuimos y lo que seremos. Porque obligan a mirar de frente la fragilidad y la dependencia propia del ser humano.
Todos hemos sido niños.

Todos, si tenemos suerte, llegaremos a ser mayores. Y quizá entonces, cuando alguien aparte la mirada porque nuestra presencia resulta incómoda, recordaremos aquel tren y aquel perrito en su transportín.

Y nos preguntemos, ya tarde, cuándo empezamos a deshumanizar una sociedad que presume de responsabilidad emocional con nuestros semejantes.