Llevaba ya varios días sin pasar por allí, así que esta mañana, al terminar mi caminata habitual por los Jardines de Murillo, decidí acercarme una vez más a la Fábrica de Tabacos.
La puerta que durante casi veinte años estuvo cerrada a cal y canto sigue abierta, y cada vez que la veo así, algo se mueve en mi interior como si el tiempo volviera a depositarme en aquellos años en que yo construía mi futuro entre estos muros.
Entré despacio, sin prisa. Dejé a mi izquierda la gran escalera de mármol rojo -siempre me detengo un instante a contemplarla, pues hay pocas cosas en Sevilla que para mi transmitan con tanta solemnidad el paso de los años- y seguí recto hacia el patio interior.
La luz de la mañana caía limpia y la fuente guardaba ese silencio suyo de siempre, ese silencio que en otro tiempo rompíamos nosotros con nuestras conversaciones de estudiantes, convencidos de que el mundo entero esperaba a que terminásemos de hablar para ponerse en marcha.
Me detuve frente a lo que fue el aula IX. Ahora es una cafetería y ya no quedan ni las bancas de madera maciza ni la tarima del profesor ni la pizarra verde. Pero uno cierra los ojos y las ve. Imagino al profesor de romano explicando la Lex Aquilia mientras algún compañero del fondo aprovechaba para repasar apuntes de civil.
Veo las tardes de lluvia en las que el fiscal que nos daba penal en segundo en el aula magna nos ilustraba sobre atenuantes y eximentes con esa pedagogía particular que tienen quienes han vivido de verdad lo que enseñan.
Subí a la primera planta. Los pasillos siguen teniendo esa amplitud generosa, esa luz que entra oblicua por los ventanales y que en otro tiempo me acompañaba mientras caminaba entre clase y clase pensando en lo divino y lo humano, que era la gran ocupación intelectual de los veinte años.
Las puertas de madera oscura de los departamentos parecen las mismas de siempre, con sus placas de bronce. Fue entonces cuando escuché mi nombre.
Me giré y vi a Macarena, una antigua compañera de carrera a quien no veía desde hacía años y que ejercía ahora como notaria en la provincia.
Nos dimos dos besos y nos quedamos allí, de pie en el pasillo, como si el tiempo no hubiese pasado, hablando de aquellos años con esa mezcla de nostalgia y gratitud.
-Paso por aquí casi todas las semanas- le confesé.
-Y yo hoy por primera vez desde que trasladaron la facultad-me dijo ella, mirando a su alrededor con esa expresión de quien busca en las paredes una imagen que ya no está-. Vine a un acto en el Rectorado y no pude resistirlo.
Le conté que últimamente visitaba con frecuencia nuestra antigua facultad y que a cada visita le sacaba algo distinto, porque hay lugares que no terminan de contarte todo lo que saben de uno.
Ella asintió y me dijo que de estudiante siempre le había impresionado la biblioteca, ese silencio cargado de páginas subrayadas y de futuros juristas que aún no sabían que lo eran.
-Yo me sentaba siempre al fondo a la izquierda- me dijo.
-Yo en cualquier sitio que tuviese buena luz y vista a la sala- le respondí.
Nos reímos y bajamos juntos las escaleras de mármol rojo, recreándonos como se hace cuando uno sabe que ese paseo vale la pena.
En la calle, el sol de mayo caía ya con convicción sobre la ciudad y la terraza del bar de San Fernando estaba llena de gente joven que no sabe todavía lo que tiene delante.
Pedimos un café y hablamos de la profesión, de lo mucho que ha cambiado el ejercicio del derecho en estos años y de lo poco que ha cambiado la justicia en sus fundamentos.
Le hablé de las clases que imparto en la Clínica Legal Penal y de la satisfacción que produce ver a los alumnos de cuarto enfrentarse por primera vez a la realidad de los tribunales, con todo su entusiasmo y toda su ignorancia, que es la misma que teníamos nosotros y que es, también, uno de los grandes privilegios de ser joven.
Cuando nos despedimos prometimos no dejar pasar tanto tiempo. Lo decimos siempre y no siempre lo cumplimos. Pero la promesa también forma parte del ritual.
Mientras volvía a casa por la calle San Fernando pensé que hay edificios que son más que edificios, que hay pasillos que guardan versiones de nosotros mismos que siguen allí, esperando que volvamos a reconocernos. Y que vale la pena volver. Que siempre vale la pena volver.