Esta mañana estaba en la Plaza del Duque cerca de unos grandes almacenes y recibí un mensaje de un amigo diplomático que me confirmó que podría visitar un importante edificio en Washington durante mi próximo viaje a Estados Unidos.

Por un lado, pensé en aquel primer viaje a Nueva York con mi familia cuando miraba con mis hijos las imágenes del hotel que habíamos elegido en Manhattan.

Por otra parte, recordaba el último viaje de hace dos años a Nueva York y justo vinieron a mi memoria aquellos transbordos del tren al metro con los estudiantes de Iuris y mi hija cargando una pesada maleta para terminar caminando una buena distancia desde la última estación del metro hasta nuestro hotel en la calle 48.

Llamé a Ángel, el presidente de la asociación de estudiantes que organiza el viaje, para informarle de la confirmación de nuestra visita en la capital federal y sugerirle que quizá sería mejor hacer el trayecto desde Manhattan hasta Washington en tren, pero tal como me esperaba Ángel prefería viajar en coche porque así podríamos parar cuando quisiéramos.

Aún tendría que hacer algunas compras para el viaje como camisetas térmicas, guantes y un sombrero para combatir las gélidas temperaturas que nos esperan en la ciudad de los rascacielos donde con suerte habrá casi remitido una de las peores nevascas de la historia.

Aunque en nuestro último viaje no tuvimos una temperatura primaveral y llovió algunos días, recuerdo cómo pude correr todos los días en paralelo al río Hudson encontrándome con otros corredores por el camino, sorprendiéndome de que podía correr casi una hora, lo cual me servía para estar fresco todo el día.

No dormía más de unas cuatro o cinco horas y conseguía conectar con mi bufete cuando en España eran las nueve o las diez de la mañana para hablar sobre clientes, casos y notificaciones, incluso conversar directamente con algunos clientes.

Esta vez el programa es mucho más ambicioso con visitas a la Universidad de Columbia y a varios bufetes españoles con sede en Nueva York, además de que podremos asistir a juicios en dos tribunales y como la última vez, visitar Naciones Unidas.

Tras nuestra visita al DC el sábado, nos trasladaremos a New Jersey el domingo para adentrarnos en los bosques inmensos del estado.

Le he dado muchas vueltas a mi última decisión para realizar este viaje dejándolo todo bien atado en Sevilla pero desde luego merece la pena como cualquier viaje en el que siempre tenemos vivencias inesperadas que nos enseñan, con las que disfrutamos y con las que nos encontramos a nosotros mismos.

Sólo conozco a unos cuantos estudiantes de los que van a realizar el viaje y sé que haré amistad con muchos de ellos al igual que con muchas de las personas que conoceremos en la ciudad.

Ahora recuerdo aquella cena en el Mandarín Oriental con vistas al Central Park y las famosas fachadas de los edificios del lado sur de ese bonito lugar.

Y aquel camarero mexicano que me servía los martinis tras la cena sin meternos prisa cuando nuestra mesa era ya la última en el salón.

Igualmente recordaba el Yale Club que también visitaremos en esta ocasión, sobre todo el restaurante y la biblioteca iluminada por los grandes ventanales, los paseos por Park Avenue lloviznando y con el Waldorf Astoria en obras impidiendo que pudiésemos tomar una copa escuchando al pianista y disfrutando del ambiente cosmopolita de su bar con moquetas, una luz tenue y unas camareras muy simpáticas.

Y el bar Palmeras del Hotel Plaza reunidos unos siete de nosotros alrededor de aquella mesita decidiendo nuestra próxima parada en el Midtown.

Pinacotecas y museos históricos que me recordarán otros viajes a la capital del mundo con mi familia cuando mis hijos eran pequeños y se asomaban a un nuevo mundo.