El periodista y escritor Daniel Ramírez.

El periodista y escritor Daniel Ramírez. Espasa

Sevilla

Daniel Ramírez recala en Sevilla con su primera novela: "La desmemoria con fines partidistas es muy peligrosa"

El periodista y escritor presenta 'Los días que no existieron', una novela de ficción que enfrenta dos violencias del siglo XX.

Ramírez: "La polarización parece hacer incompatible el sufrimiento causado por el franquismo y por ETA"

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El periodista y escritor Daniel Ramírez García-Mina (Pamplona, 1992) se refugia en la ficción para componer Los días que no existieron, una novela que nace de la intersección entre la investigación histórica y la necesidad de comprender la memoria y la violencia en la historia de España.

El autor combina su mirada periodística con el universo narrativo para construir personajes que se mueven en escenarios rigurosamente documentados.

La obra parte de un trabajo de archivo sobre refugiados nazis en España y de experiencias personales que terminaron influyendo en la creación de la protagonista.

A través de la ficción, Ramírez explora el peso del pasado, el olvido y los debates sobre la memoria histórica, temas que atraviesan su trayectoria profesional y literaria.

¿Este libro, Los días que no existieron, nace más desde el periodista que investiga o desde el hombre que necesita entender?

Diría que de las dos cosas. Al final, un periodista es un ser humano que necesita entender. La novela nace de una circunstancia muy concreta: en un momento llegaron a mis manos unos papeles sobre la ubicación de nazis refugiados en España tras la Guerra Civil y la Segunda Guerra Mundial.

Pensé que era la oportunidad de escribir una novela y de crear una protagonista que encontrara con vida a uno de esos nazis refugiados en España, alguien con un pasado misterioso y con cuentas pendientes.

Empecé a escribir esa historia y, cuando ya tenía un borrador bastante avanzado, mi abuelo me contó que había sido extorsionado por ETA. Esa revelación me hizo revisar mis recuerdos e intentar entender cómo era posible que ese hombre que jugaba feliz con sus nietos fuera también alguien que salía de casa cada día a una hora distinta por miedo.

Ese contraste me llevó a darle a Julia, la protagonista, la condición de nieta de un hombre asesinado. Así, la novela juega con dos violencias que resuenan entre sí: Julia persigue a ese viejo nazi y, al mismo tiempo, intenta resolver el asesinato de su abuelo, que está a punto de prescribir.

¿La ficción le permite decir lo que el periodismo no le deja? ¿Es una forma de refugio?

Sí. La ficción permite sobre todo llenar los huecos. Llevaba tiempo intentando construir un perfil como el de Gustav Hafner, un alemán refugiado en España con identidad falsa, para poder plantear las grandes preguntas sobre la banalización del mal.

Pero no encontraba la historia y los personajes. La ficción te permite completar los vacíos, llevar el relato al máximo de su ritmo, intensidad y vertiginosidad. Todo es posible dentro de ella.

Ha entrevistado a personas de casi 100 años, ¿qué le aportó ese trabajo?

Sí, fue una sección que me encargaron y que se llamaba Centenarios. Consistía en entrevistar a un personaje anónimo de alrededor de 100 años y, a partir de su vida, relatar la historia de España.

Como estaba escribiendo la novela, muchas de esas conversaciones me sirvieron para tomar notas y construir personajes.

Por ejemplo, entrevisté a un arquitecto polaco que sobrevivió a la ocupación nazi y me explicó cómo eran los nazis en la distancia corta. También entrevisté a soldados españoles de la División Azul que contaron su experiencia en el frente, y a víctimas del bombardeo de Guernica, que me relataron con mucho detalle cómo se vivió aquello. Todo eso me permitió reconstruir ese suceso con cierta originalidad.

Para mí ha sido uno de los mayores privilegios poder sentarme a conversar con personas que han vivido tanto y escuchar sus recuerdos.

¿Cómo gestiona la libertad de la ficción cuando trabaja con hechos históricos?

Para mí, todos los hechos históricos son absolutamente ciertos y están revisados. Lo que es ficción son los personajes que se mueven dentro de ese ambiente histórico recreado.

Esto exige mucha documentación: libros, archivos y entrevistas. Con esa documentación se logra la fidelidad histórica, mientras que las conversaciones y las experiencias ayudan a construir personajes de carne y hueso. Ese es, más o menos, mi método de trabajo.

¿El olvido es una forma de violencia?

El olvido es una forma de prolongar la violencia. Creo que hoy vivimos un momento delicado en la gestión de la memoria en España, porque la polarización parece hacer incompatible en el debate político el reconocimiento del sufrimiento causado por el franquismo y el causado por ETA.

Si uno lo analiza con frialdad, hay un consenso social muy grande sobre estos temas, pero el uso utilitario de la política genera división.

En ese sentido, la cultura juega un papel fundamental, porque permite abordar estas cuestiones con más ecuanimidad que la política.

¿Hay heridas que es mejor no reabrir?

Es una pregunta que atraviesa la novela y también a los seres humanos en general: cuánta verdad necesitamos para vivir en plenitud o para alcanzar algo que ingenuamente podríamos llamar felicidad.

Los personajes conviven con esa duda constantemente: avanzan, retroceden y cambian su percepción de la verdad. Es uno de los juegos misteriosos de la novela.

¿Y usted, cuánta verdad cree que necesitamos?

Después de escribir la novela, tengo más dudas que certezas. Sumergirme en la historia de estos personajes, dándoles a cada uno su propio código moral y su concepción de la ética y de la verdad, no me llevó a conclusiones, sino a tener aún más preguntas.

Trabaja en todos los formatos del periodismo. ¿Dónde se siente más libre: prensa escrita, radio o televisión?

Tengo la suerte de sentirme muy cómodo y muy libre en los tres medios. En el periódico, la radio o la televisión nunca me dicen lo que tengo que decir o escribir, y eso es un privilegio que llevo con naturalidad.

Cada medio aporta algo distinto. La prensa escrita permite profundidad, la radio es inmediatez, ironía y compañía y la televisión tiene una mayor capacidad de llegar transversalmente a todas las clases sociales e ideologías.

¿Hay algo que le indigne como periodista hoy?

Hay muchas cosas, especialmente relacionadas con la memoria histórica.

Lo que más me indigna es el componente utilitario de algunos debates, cuando se utilizan cuestiones que en el fondo generan un gran consenso social para dividir a la gente.

La desmemoria con fines partidistas me parece muy peligrosa.

¿El mundo cultural es más complaciente que el periodístico?

No sabría decir si es más complaciente. Lo cierto es que el periodismo tiene un efecto inmediato sobre quien lo recibe, mientras que la novela es un universo más pausado: el lector entra en él, pasa tiempo dentro de la historia y la obra permanece en barbecho dentro de quien la lee.

Son caminos muy distintos y ambos requieren responsabilidad.

¿Cómo gestionas la responsabilidad de tener un altavoz tan grande al estar tan presente en el sector periodístico?

Nunca me he planteado si tengo mucha o poca voz. Lo que intento es ejercer mi oficio con responsabilidad, escribiendo y hablando donde me ha tocado, igual que cuando trabajaba en medios con menor alcance.

No creo que haya una evolución en el sentido de hablar con más o menos responsabilidad según el medio. Siempre intento hacerlo con la misma conciencia.

¿España es un país que perdona o que tapa?

No creo mucho en los tópicos sobre los españoles. No creo que los españoles sean más cainitas, violentos o diferentes a otros pueblos; son ideas que no nos ayudan a entendernos mejor como nación.

España ha tenido etapas muy distintas: un siglo XIX muy inestable, con golpes de Estado y represión política, y también momentos luminosos como la Transición.

Me siento mucho más hijo de la Transición que nieto de la Guerra Civil, una idea que comparto con quien dijo que se identificaba con esa frase.

Si mañana dejaras el periodismo, ¿qué historia te quedaría pendiente?

Si dejara el periodismo, mis hijos tendrían un problema —ríe—. No sé qué historia me quedaría pendiente porque nunca me lo he planteado. No concibo mi vida sin el periodismo, pero tampoco creo en un periodismo ejercido de forma absoluta, porque me impediría escribir literatura, poesía o estar con mi familia y mis amigos.

El periodismo es una parte fundamental de mi vida, pero no de manera radical o excluyente.