Pepe Barahona Fernando Ruso

Cinco y media de la mañana. Con un café en el estómago, José Manuel Vera (29 años) se planta justo delante de la entrada de los astilleros de Navantia en Puerto Real (Cádiz). En la mano lleva un taco de currículums. Quizás hoy se cumpla su deseo. A escasos metros, un tipo bien entrado en años vende bocadillos para quienes inician su jornada laboral. A su alrededor empiezan a congregarse decenas de hombres, también alguna mujer, con papeles en las manos. Nadie hace girar el torno que permite el acceso a la factoría.

Todos han madrugado, y mucho, para llevar sus currículums a los trabajadores que sí tienen tajo en el interior. A pocos minutos de las seis de la mañana, el acceso a Navantia se convierte en un trajinar nervioso de quienes aprovechan cada oportunidad para refrescar el contacto con encargados, contratistas o jefes de producción. 

Desempleados Cádiz

Allí, sin querer acercarse a las vallas que delimitan el acceso a los astilleros, José Manuel, a sus 29 años, parece ajeno a quienes le rodean. Es uno de los pocos jóvenes que campean su desesperación entre una amalgama de parados de larga duración, algunos vienen de contratas, otros de industrias auxiliares, aunque también los hay que son herederos del estigma de Delphi. 

Desempleados en el acceso para subcontratas de Navantia. Fernando Ruso

José Manuel sigue quieto. Inmovilizado por el frío, la intermitente lluvia y el viento. No habla con nadie. En su carpetilla, que llega a abrir, se ven los currículums. Hoy no trabajará. 

—¿Se consigue trabajo así?

—No mucho, porque tienes que conocer a la gente y si no los conoces, no sabes quién es el encargado, el contratista, no sabes a quién darle el currículum y muchas veces estás desde las cinco de la mañana en la puerta y te vuelves a casa sin dárselo a nadie. No, no es fácil buscar trabajo aquí, tienes que venir muchos días, tener dinero para la gasolina… y si estás parado, ¿cómo te lo permites?

Parece dormido, quizás lo esté. Hastiado sin duda. En su voz se notan las madrugadas de espera, las mañanas a la intemperie, los sueños rotos. José Manuel vive con su hijo, su novia y la hija de este. Cuatro bocas que se alimentan gracias a una media jornada de apenas doscientos euros y la ayuda de sus padres. Viven en una casa de prestado y no es por falta de ganas de conseguir un jornal. 

100 CVS AL MES Y NADA

Cada mes echa una media de cien currículums. Los reparte entre los astilleros de Puerto Real, San Fernando y Cádiz, pero también en talleres, bares o centros comerciales de la zona. Así consiguió hacerse con un mes de trabajo para una de las contratas que abastecen a Navantia. 

En el interior de los astilleros llevan meses cortando chapa y ahora, según los rumores que corren entre los aspirantes en el lado exterior de la valla, toca ensamblar, un proceso que lleva aparejado muchas contrataciones. A lo lejos, desde el río San Pedro, se ve cómo toma altura una de las estructuras. 

Lo ve desde dentro Antonio Muñoz, presidente de la Coordinadora de Trabajadores del Metal, un movimiento que reivindica a la patronal que se extingan las horas extra dentro de los astilleros para poder repartir más trabajo entre las hambrientas bocas de la bahía de Cádiz. Cada día, al cruzar el torno, ve a antiguos compañeros por cientos esperando que el dedo de una contrata se pose sobre ellos. “Es una sensación entre pena y rabia al verlos; les damos ánimos, pero ese apoyo poco consuela a quien lleva años parado”, destaca el soldador, que advierte que la demanda de trabajadores ha subido respecto al año anterior. “Pero todavía se puede dar más”, asegura. “Solo hace falta que se cumpla el convenio, porque no se cumple”, denuncia.

Esta mañana del lunes, la Coordinadora ha recogido unos cien currículums que después entregará el director de Recursos Humanos de la factoría.

CURRÍCULUMS CON EL ESTIGMA DE DELPHI

“Lo que no hay derecho es que alguno cobre tres o cuatro mil euros y otros no tengamos nada”, interrumpe Ana Vega, a sus 58 años suma ya diez sin trabajar. Engrosó las listas del paro cuando echó el cierre Delphi, la multinacional el automóvil que dejó a 1.902 gaditanos. Muchos de ellos estaban hoy a las puertas de los astilleros con currículums que describen miles de horas en formación pagada con dinero público. Para nada.

Ana Vega, 58 años. Desempleada desde hace diez años. Fernando Ruso

A Ana, como a muchos de sus excompañeros se les ha acabado el desempleo, la ayuda social y la Junta hace ya años que dejó de congraciarse con quienes ha estado formando gracias a un convenio que nunca llegó a cumplir. “En mi casa entra cero euros”, confiesa Ana, que retuerce nerviosa el único currículum que le queda en las manos. Su presencia es más simbólica que esperanzada. “Estoy mal, en tratamiento psicológico, hay días que me levanto y no tengo ni para pan”. “Estamos verdaderamente mal”, zanja esta mujer pequeña, que se refugia con su chubasquero de la lluvia que ha restado efectivos a la entrega masiva de currículums en forma de protesta. 

Ana es limpiadora, o eso fue la última vez que estuvo dada de alta en la Seguridad Social y a las puertas de los astilleros puertorrealeños coincide con electricistas, caldereros, tuberos, soldadores o pintores. La mayoría de parados de larga duración y mayores de 45 años. Unos 49.000 gaditanos cumplen esta doble condición que desespera, quiebra matrimonios y separa familias.

MIEDO A LAS REPRESALIAS 

Manuel García esconde su cara. El nombre que da es falso por temor a las represalias que, según denuncia, la empresa podría tomar contra él por organizar la protesta a las puertas de los astilleros. La psicosis llega a tal extremo que evita las cámaras de vigilancia adosadas en los tornos. Se tapa la calva con una capucha para que quienes reparten el trabajo no lo reconozcan.

Manuel García (nombre ficticio), 42 años. Trabajador represaliado. Fernando Ruso

Lo que sí es verdad es que tuvo que distanciarse de su familia para irse a Amberes a trabajar. “Allí a los jefes les falta quitarse el sombrero ante nosotros, están encantados”, explica este gaditano de Puerto Real de 42 años, divorciado y padre de dos hijos.

En su caso, la situación familiar le obligó a dejar su empleo en Bélgica y volver a repartir currículums a las puertas del astillero de Puerto Real. “Para nosotros, esto es más que un trabajo; es una cultura”, confirma Manuel, que empezó en el negocio a los 19 años. “Hemos comido muchas familias de esto desde tiempos inmemoriales. Antes de los barcos de acero ya se hacían los de madera… y hasta con los fenicios ya existían los astilleros. Esto es como el sol de Cádiz. Y el empresario que venga a invertir aquí acertará porque irá sobre seguro: hay calidad, hay infraestructura y hay profesionales de primera categoría”, zanja.

Él es uno de los promotores de la Coordinadora de Trabajadores del Metal de Puerto Real, un movimiento que se fraguó entre la indignación, la desesperanza y los grupos de WhatsApp. También al abrigo de una pujante llegada de pedidos a los astilleros de la Bahía de Cádiz, que no se ha correspondido con un refuerzo en las contrataciones.

MUCHO ENCARGO, POCO TRABAJO 

Al encargo de los cuatro petroleros de Ibaizábal, Navantia suma otro ambicioso proyecto, un complejo eólico que Iberdrola pondrá en funcionamiento en el mar del Reino Unido. A pocos metros de ahí, en el mismo polígono, Dragados Offshore cumple con los pedidos de cuatro plataformas eólicas para Dong Energy y unas cimentaciones tipo jacket, estructuras sobre las que irán los módulos eólicos. En San Fernando, ya están trabajando en las dos corbetas que Arabia Saudí firmó con la factoría española gracias a la intermediación del rey Felipe VI. 

La desbloqueo del contrato de las corbetas fue bien celebrado en la bahía de Cádiz, aunque los sindicatos ya alertaban a EL ESPAÑOL que no se traduciría en mucho trabajo para la zona, enmarcada en las peores cifras de desempleo de todo el país. 

Y así está siendo. Sigue siendo de noche y trajín de coches en las puertas de los astilleros de Puerto Real se enfrenta a sus horas críticas. Los tornos giran y giran. Los trabajadores entran sin apenas detenerse ante las miradas indiscriminadas de los aspirantes. Hay que buscar una cara conocida, un gesto amigo, algo, por pequeño que sea, que se pueda convertir en una conversación, una oportunidad, algo que rompa la macabra rutina.

“Cuando trabajaba, veía a mis compañeros en la puerta y duele. Ellos me daban la enhorabuena: ‘Me alegro por ti, ojalá pueda entrar yo pronto’. Es un mal trago”, confiesa José Manuel Lagarda, desempleado de 54 años currículum en mano. Ni siquiera remontarse a su época de trabajador le saca la sonrisa. La razón en este contexto parece evidente. “La precariedad la estoy viviendo en mis carnes”, detalla este trabajador polivalente, experto en soldadura y calderería, divorciado y padre de dos hijos de 11 y 19 años.

José Manuel Lagarda, desempleado de 54 años y miembro de la coordinadora de trabajadores del metal. Fernando Ruso

Confía en que volverá a cruzar el torno que le devuelva la estabilidad económica perdida. Sobre todo después de su divorcio y teniendo en cuenta que paga la vivienda en la que reside su exmujer y sus hijos. Él vive con su madre. Y achaca parte del problema del desempleo de la Bahía a las horas extra. “El trabajo repartido es mejor para todos”, apunta.

MÁS HORAS EXTRA, MENOS TRABAJO A REPARTIR 

Pero evitar las horas extra no es fácil entre los trabajadores en nómina de las contratas. Raúl Toro, miembro de la Coordinadora de Trabajadores del Metal de Puerto Real admite tajante que pocas, o ninguna, cumple con el convenio del sector. “Las horas extra destruyen puestos de trabajo”, afirma expedito. “Nuestro convenio dice que se pueden echar hasta 80 horas extra al año y solo en momentos puntuales. Aquí hay operarios que echan 60 y 70 horas extra en un mes. Y se pagan a 12 euros o menos, cuando el convenio las fija de 18 a 21 euros dependiendo e la categoría. Y no son voluntarias. Si cumples el horario, te despiden”, remacha.

Raúl Toro, 38 años y con una incapacidad permanente total por accidente de trabajo en Navantia. Fernando Ruso

Los primeros rayos de luz se cuelan filtrados por densas nubes de agua. Pasan varios minutos de las siete de la mañana. Solo los rezagados quedan por atravesar los tornos. Y los currículums empiezan a desaparecer de la explanada de acceso a los astilleros. Muchos han madrugado para nada. Y la vuelta a casa se hace más pesada. 

“Mañana volveré otra vez”, asegura Pedro Córcoles, parado de larga duración y de 52 años de edad. “Y eso que soy pesimista”, concreta este padre de familia, con dos hijos a su cargo. La mayor está a las puertas de una carrera universitaria que no sabe si podrá pagar. “Si no vengo se pueden olvidar de mí y conviene que te vean la cara”. 

En casa le espera su esposa. Siempre dispuesta a darle unas palabras de consuelo. “¿Qué, hay algo?”. “Nada, pero me han cogido un currículum en…, me ha dicho fulanito que…”. Y vuelta a empezar. A echar como se pueda el día para volver a madrugar para ir a entregar currículums. Quién sabe si mañana…