Estuvo a punto de crear un conflicto diplomático entre los gobiernos de Franco y Salazar. El hallazgo casual de los cuerpos asesinados del general Humberto Delgado y su secretaria cerca de la linde con Portugal en 1965 alcanzó resonancia internacional. Mientras, aquí se hacían esfuerzos denodados para ocultarlo a la opinión pública.

Aunque la policía y la justicia española actuaron con presteza, chocaron con la barrera impuesta desde Portugal. Desde Lisboa decían que era un problema interno de nuestro país.

UN ANILLO DELATOR

Dos niños buscaban nidos entre las ramas de los árboles en Villanueva del Fresno (Badajoz). Provistos de hondas, caminaban por un yerbazal, cerca de una espesa alameda. Uno de ellos, Felipe Porras, observó en el suelo una cabeza semienterrada y descompuesta por mordiscos de perros.

—¡Mira, un burro muerto! —le dijo a su acompañante.

Éste avanzó unos pasos más y, al ver un amasijo de huesos y carne putrefacta, creyó haber encontrado otro jumento.

—Eso no es un asno. Los burros no tienen muelas de oro —tuvo que reconocer Felipe al observar la segunda testa con melena y una pieza dental reluciente.  

Decidió ir en busca de su padre, que era guarda jurado. Corrieron hacia el pueblo.

—¡Papá! ¡Papá! Hemos encontrado un muerto.

Acudió al lugar de los hechos acompañado de una pareja de la Benemérita. Observaron los restos con detenimiento. No había duda. Se trataba de dos cuerpos humanos en avanzado estado de descomposición. Un hombre, de mediana edad, y una mujer más joven.

—Será un arreglo de cuentas entre contrabandistas —comentó uno de los agentes.

—¡Quién sabe! Quizá sean emigrantes clandestinos y los han matado para robarles —apuntó su compañero.

Multitudinarias manifestaciones apoyando la candidatura presidencial de Humberto Delgado.

Estaban a un kilómetro justo de la línea de separación con Portugal. En un camino denominado Malos Pasos, junto al arroyo La Tranca. Zona poco transitada, excepto por los traficantes de personas y contrabandistas de artículos de estraperlo.

Personado el juez de Olivenza se procedió al levantamiento de los cadáveres. Al separar la manta observó que había gran cantidad de yeso recubriendo casi en su totalidad la cabeza y, sobre todo, la cara del hombre, así como parte del cuerpo. Le sugirió al médico forense la posibilidad de mostrarlos públicamente para su identificación.

—No, señoría, tal como se encuentran —respondió el doctor— son irreconocibles por una simple inspección ocular. Llevan más de un par de meses enterrados.  

—¡Qué raro! Es la primera vez que veo que se tomen tanto trabajo para ocultar a un emigrante —comentó uno de los guardias civiles.

Entonces fue cuando descubrieron en la mano derecha del difunto, en el dedo anular, un anillo de oro con las iniciales H.D. y un emblema compuesto por un escudo y dos alas laterales. Aquello no parecía un par de homicidios vulgares.

Un caso que venía grande a las autoridades de la provincia. El ministro de la Gobernación, Camilo Alonso Vega, ordenó que se desplazara ex profeso desde Madrid un equipo de la BIC a cuyo frente se encontraba el inspector Antonio Viqueira. La presencia de este gran criminólogo, al que ya nos hemos referido con anterioridad en esta serie por servicios tan brillantes como cuando detuvo a Jarabo, era garantía de éxito en las investigaciones.

Su intuición dio su fruto al identificar a los occisos. Se trataba de Humberto Delgado, de 59 años, y su secretaria brasileña, Arajaryr Moreira de Campos, de 40. Las sospechas de que los habían ejecutado por encargo tomaron forma cuando halló restos de un resguardo de Totobola, la quiniela portuguesa. Todo apuntaba a que habían sido ocultados allí por gente venida del otro lado de la divisoria.

El Caso anunciaba en portada tres páginas de información sobre el suceso. La censura las rebajó a menos de dos folios.

Un grave suceso que se intentó que pasara desapercibido. Desde el principio ofrecía unos matices un tanto extraños y complicados políticamente, tanto por la identidad de las víctimas como por el lugar en el que aparecieron los cadáveres. Las autoridades lusitanas de inmediato levantaron un valladar fronterizo de silencio.

En Madrid, el ministro de Información y Turismo, Fraga Iribarne, contribuyó a mantenerlo. Desde la agencia Efe, que controlaba férreamente, evitó que se divulgasen acusaciones por parte de los abogados españoles de la familia del difunto. Tan sólo el semanario El Caso se atrevió a publicar una pequeña información. En portada anunciaba tres páginas sobre el suceso que, una vez pasada la censura, quedaron reducidas a menos de dos columnas de texto y ninguna fotografía.

El fiscal del Tribunal Supremo, Antonio Casado, investigó in situ. Su versión apoyaba los intereses del Gobierno de Lisboa: "El suceso ha causado una gran impresión en todo el mundo. La mayor parte de la prensa de París, Roma y Rabat cree que se trata de un ajuste de cuentas de la oposición portuguesa".     

Intento de echar balones fuera cargando la autoría a una pugna entre disidentes. Pero la situación se agravó cuando el ministro lusitano de Asuntos Exteriores, Franco Nogueira, al salir de una reunión en Londres de la OTAN cargó contra nuestro país: "El asunto de la muerte de Delgado es íntegramente de la competencia de las autoridades españolas".

Declaración que molestó aquí, por lo que se decidió que al juez de Badajoz encargado del caso, José María Crespo Márquez, se le otorgara jurisdicción en toda nuestra geografía para la instrucción del sumario. Actuó con gran presteza y eficacia. Había que descubrir la verdad. Pero con discreción.

OPERACIÓN OTOÑO, OPERACIÓN ASESINATO

Humberto Delgado, el general más joven de la Fuerza Aérea de Portugal, había pasado de ser amigo personal del presidente Salazar a convertirse en el líder de la disidencia. Estuvo cinco años destinado en Washington, donde se impregnó del concepto de democracia, y vio la necesidad de cambiar la situación dictatorial.

Mario Soares, presidente de Portugal y abogado de la víctima, depositando flores en su tumba.

A su regreso emprendió carrera política como candidato progresista. Sus discursos impactaron en la población. La prensa se vio obligada a censurarlos en parte y la policía le seguía los pasos. Medio millón de personas se manifestaron en Lisboa en su apoyo, 200.000 en Oporto, multitudes ingentes en otras capitales... 

El 8 de junio de 1958 se celebraron elecciones presidenciales. La oposición, por vez primera en décadas, acudió a las urnas. El partido en el poder, al resultar derrotado, falsificó los resultados. No estaba dispuesto a abandonar el poder.

El Gobierno apartó a Delgado de todas sus funciones y le retiró el grado militar. Ya no formaba parte del ejército. Se vio forzado a pedir asilo en la embajada de Brasil. A los tres meses se trasladaba bajo protección diplomática al país de la samba.

A finales de 1960 llegó a dicha antigua colonia portuguesa un grupo de 12 hombres encabezado por José Manuel Salgado, jefe de los servicios secretos. Le acompañan agentes de la PIDE, la temida Policía Internacional de la Defensa del Estado. Objetivo: eliminar a Delgado.

Éste se dio cuenta de que le estaban siguiendo los pasos y denunció la situación. En la oficina que habían montado los enviados de Salazar, bajo la tapadera de que era la sede de un negocio de export/import, no había ni un solo papel. Pero sí rifles de mira telescópica, bombas y plástico explosivo, así como informes en los que se describía minuciosamente los pasos que daba el exiliado. El jefe del comando fue expulsado de Brasil y el resto de sus acompañantes desapareció misteriosamente.

El exgeneral decidió contraatacar. Un par de años después, tras pasar por Algeciras, montaba en Sevilla en un autobús con dirección a Beja, en la región del Alentejo. En unión de otros insurrectos asaltó un cuartel en el Alentejo con el fin de provocar una sublevación, la Revolta. Golpe frustrado. No le acompañó el éxito aquel primero de enero de 1962.

Tuvo que regresar precipitadamente a Extremadura para volver a Argelia. Muchos rebeldes también cruzaron la frontera con intención de pasar a Marruecos. Policías portugueses les persiguieron por nuestra geografía y apresaron a varios.

Los gobernantes, para evitar otro intento de asonada, pusieron en marcha la Operación Otoño. En unos pocos meses El general sin miedo, como lo denominaban sus compatriotas, tenía que desaparecer.

Barbieri Cardoso, máximo responsable de la PIDE, decidió colocarle un topo. Mantenía relación con nombres destacados de la extrema derecha en Roma. Entre ellos el médico Ernesto Bisogno, a través del cual contactó con Mario de Carvalho, un profesor exiliado en Roma. El primero, un fascista y medio gánster, muy próximo a Jean-Jacques Susini, que dirigía un grupo de sicarios de la OAS.

El segundo, un turbio personaje fácil de comprar. Mantenían buena relación con María Pía de Braganza, heredera del trono portugués, (era hija y hermana respectivamente de los dos últimos reyes), y consumada opositora del régimen.  

CITA MORTAL

El comando Susini recibió el encargo de secuestrar a Delgado en cuanto llegara a Roma. Pero éste, pese a la insistencia de Carvalho para que acudiera a una cumbre de miembros de la oposición, decidió evitar su paso por la capital italiana volando directamente de Argel a París. Lo consideró un lugar más seguro para celebrar una reunión, sobre todo porque los sicarios de la OAS no se atrevían a volver a Francia.  

En dicha cita Carvalho, apoyado por algún asistente más, le hizo saber que varios militares contrarios a Salazar deseaban entrevistarse con él. Escenario: la frontera de España y Portugal, a la altura de Badajoz. Fecha: 13 de febrero de 1965. Objetivo: la revolución.

Algunos le previnieron de una posible encerrona, en especial el profesor Emilio Guerreiro. Estrecho colaborador suyo, con anterioridad preso político en su tierra y combatiente en las filas republicanas durante la Guerra Civil española. Hombre muy baqueteado y experto, desconfiaba.

—Tenga cuidado. Puede tratarse de una emboscada.

—En la guerra nadie está seguro. Pero la misión de un soldado es acudir a todas las batallas —respondió el exgeneral de modo contundente.

No le importaba correr riesgos. Sabía que la PIDE andaba tras sus pasos echándole el aliento casi encima. Incluso desde Madrid, la Dirección General de Seguridad (DGS) alertaba a la policía sobre su posible entrada en nuestro territorio, detallando los dos posibles pasaportes falsos que podría utilizar.

Voló desde Argel hasta Rabat, donde se reunió con su delegado en Marruecos, el ingeniero Henrique Cerqueira. Éste también le aconsejó que no prosiguiera viaje hacia Extremadura, por las dudas creadas en torno a los supuestos opositores con los que iba a reunirse.

Insistió en correr el riesgo y, antes de despedirse, le confió toda la documentación que llevaba por si no volvía. Se negó a que le acompañara su secretaria, pero la fiel acompañante le respondió que con él hasta la muerte en la lucha anti Salazar.   

Entró sin problemas en territorio español. Una vez en Badajoz acudió a una cita que tenía con Carvalho a las 11 de la mañana. En la catedral no había nadie esperándole. Abandonó rápido el monumento gótico medieval para dirigirse a Correos, que era el segundo punto acordado por si surgían dificultades. Tampoco estaba allí. De inmediato marchó a la estación de ferrocarril, que era el tercer y último lugar del encuentro. Nuevo y definitivo plantón.

Una vez en el hotel Simancas recibió la visita de un grupo de cuatro personas: un antiguo sargento de la Legión Extranjera Francesa y tres miembros de la OAS residentes en nuestro litoral. Le comunicaron que Carvalho había sido detenido pero que, al día siguiente, otro miembro de la oposición acudiría para trasladarlo al lugar de la reunión.  

Mientras, otros cuatro individuos, en dos automóviles con matrículas, documentación y pasaportes falsos, cruzaban la frontera en dirección a la capital extremeña. Se trataba de gente de la PIDE: el inspector Antonio Rosa, el subinspector Ernesto Lopes y los jefes de brigada Agostinho Tienza y Casimiro Monteiro. Este último, un voluminoso y reconocido matón, autor de varios crímenes violentos en las colonias portuguesas.

Un falso teniente del ejército, en realidad el citado Lopes, recogió a Delgado con su coche. Le fue comentando lo del arresto de Carvalho y que el grupo de opositores de Lisboa le estaba esperando no en Olivenza, como creía el militar, sino en la finca Los Almerines, un sitio más discreto.  

El paraje estaba ubicado junto a un cerro de escasa altura. Una hondonada tapada por la pequeña colina, ajena a miradas indiscretas. Punto idóneo para una reunión secreta o para una trampa mortal.

Cuando llegaron al punto de destino le extrañó la presencia de un turismo con sólo una persona en su interior. Su acompañante le informó de que el resto del grupo y otro vehículo se encontraban ocultos entre los árboles. El que les estaba aguardando saludó marcialmente al visitante, rogándole que le acompañara hacia el bosquecillo. Los otros dos miembros del comando salieron del escondite pistola en mano.

El general se dio cuenta de que se trataba de una celada. Con su arrojo característico se lanzó sobre uno de los asaltantes. Se entabló una pelea en la que fue derribado por un golpe con la culata de una pistola en la zona occipital. Tres disparos en el pecho acabaron con su vida. Monteiro, con el arma humeante, le pegó el tiro de gracia junto a la oreja. Después envolvieron el cadáver en una manta y lo escondieron en el automóvil, dejando un gran reguero de sangre en el suelo.    

El abogado Mariano Robles-Romero reunió en este libro todo el desarrollo de tan apasionante historia.

 

Lopes regresó de nuevo al hotel en busca de Arajaryr para rematar el caso. Le comunicó que el exgeneral requería sus servicios. Una vez que llegaron al lugar del crimen fue sometida a un duro interrogatorio y tortura para sacarle información. Finalmente Tienza la estranguló. Después también la depositaron en el portamaletas.

De inmediato los dos coches se pusieron en marcha. Al rato los asaltantes encontraron una especie de fosas naturales junto a un arroyo seco. Depositaron los occisos en el suelo, donde los rociaron con ácido sulfúrico, y les echaron abundante cal. Tras cubrirlos con una manta los metieron en ambas cavidades. Finalmente arrojaron encima de ellos numerosas piedras junto con ramas y raíces.

La ropa, objetos y documentos personales de las víctimas fueron quemados más tarde a cierta distancia. Misión cumplida.

El comando de la muerte huyó rápido. Pensaron que jamás serían encontrados los cuerpos. No habían dejado pistas. Al menos era lo que creían. Mientras, sus compañeros de la OAS registraban las habitaciones de los fallecidos buscando documentación. No encontraron nada interesante.  

DOBLE CRIMEN MAL REMATADO

El pastor Marcelino Hernández, de 16 años, observó extrañado que su rebaño se detenía. El perro también, olisqueando el terreno. Al acercarse, para comprobar la causa del parón, vio grandes manchas de sangre. Su sorpresa fue cuando descubrió una bala.  

Decidió contárselo a un amigo, el hijo del guardés de Los Almerines, que era mayor que él. Fueron al lugar de los hechos. Hallaron, junto al proyectil, dos casquillos y un botón de camisa. Los llevaron a la comisaría de Badajoz. Al inspector de guardia le extrañó que fueran de fabricación gala. Concretamente Gevelot, del calibre 7’65. "¡Vaya, que raro! Este tipo de munición no se suele usar aquí", comentó.

Poco después se recibía la denuncia del dueño del hotel sobre la desaparición de un par de clientes extranjeros. No habían pagado la factura ni retirado los equipajes. La policía examinó la documentación y enseres que portaban. Ante la sospecha de que se tratara de Humberto Delgado y su acompañante, con pasaportes falsos, solicitó el concurso de la PIDE. Rosa acudió con algunos agentes a Badajoz y, tras un simulacro de inspección, confirmó el hecho, insistiendo en que no sabían nada más.  

El asunto quedó pendiente algo más de dos meses. Hasta que el 24 de abril Felipe Porras y su amigo protagonizaron el macabro hallazgo.

—Encontramos los cuerpos porque fue un año seco. Si hubiera llovido, yo le digo que el agua se los hubiera llevado corriente abajo y nadie habría sabido nada de esos muertos —recuerda ahora.

El cadáver del exgeneral no pudo ser trasladado al panteón familiar para su descanso definitivo. Tuvo que ser enterrado en Villanueva del Fresno.  

El Gobierno salazarista le tuvo miedo en vida y lo seguía teniendo después de muerto. Trató de evitar manifestaciones de adhesión al político rebelde. Informó de que el asesinato había sido obra de comunistas o de miembros del Frente Patriótico de Liberación Nacional, rivales del fallecido.

La familia había contratado a dos letrados españoles, Mariano Robles-Romero Robledo y Jaime Cortezo Velázquez Duro, así como a Mario Soares, fundador del Partido Socialista Portugués y futuro presidente de la República, para que hicieran valer sus derechos en ambas estados respectivamente. Trescientos abogados enviaron una carta a la Comisión de Derechos Humanos de la ONU exponiendo la coyuntura.

Mientras, Crespo Márquez solicitó la detención de los cuatro policías y el jefe aduanero que les permitió el paso, así como la de Carvalho y Bisogno. Las autoridades de la nación vecina impidieron al juez español cruzar la frontera. Había sido declarada persona non grata.  

El sumario quedó archivado durante un tiempo ante la falta de presencia física de los acusados en el banquillo. Las autoridades portuguesas, amén de ocultar información, se negaron a extraditar a los inculpados. Para celebrarse un juicio, con arreglo a la legislación española, era necesario que estuvieran presentes los procesados, excepto en los casos del Tribunal de Orden Público.

LA ORDEN ERA EJECUCIÓN

Al final en Lisboa se arrogaron la competencia del caso y decidieron juzgar a los argüidos. Los policías echaron toda la culpa a Monteiro, que había huido al continente africano. Declararon que tan sólo pretendían secuestrar al militar. Acusaron a su compañero de ser el autor y responsable único de tan sangrienta acción.

Los magistrados dieron por buena la versión y exculparon a los procesados, menos al huido. Tampoco hubo demasiado interés en su captura: murió de viejo en Richards Bay, un pueblo de Sudáfrica.

Rosa huyó al día siguiente de la Revolución de los Claveles, 25 de abril de 1974, que puso fin a 40 años de régimen dictatorial. Se asentó en Madrid.

En enero de 1993 fue entrevistado por el semanario lisboeta Expresso. Según su versión, la trampa orquestada tenía como objetivo el secuestro. Le iban a aplicar cloroformo para llevárselo oculto en el maletero del coche. De pronto Monteiro disparó contra el militar.

—Manifesté mi firme repulsa por tan miserable acto y también por haber sido engañado por mis superiores. Tanto el asesino como Tienza estaban preparados para tal infamia, ya que ambos llevaban pistolas con silenciadores. El primero me dijo: “Señor inspector, no interfiera en este asunto”. Al tiempo que se mostró amenazante hacia mí con el arma en la mano.

Tenía claro que la orden era ejecución. Aseguró que habían ocultado los preparativos del secuestro o asesinato a sus amigos y contactos en España, entre los que se encontraban el teniente coronel Eduardo Blanco Rodríguez, director general de la DGS, y Vicente Reguengo González, comisario jefe de la Brigada Político Social. Incluso, cuando le llamaron personalmente y después vino para entrevistarse con ellos, tuvo que negar que la policía portuguesa tuviera nada que ver con el suceso.

—En Madrid fui sometido a un interrogatorio implacable durante varias horas. Me las arreglé para convencer a los presentes que llevaría a cabo investigaciones exhaustivas.

Sabía, de todos modos, que no le iban a creer.

—Tuve dificultades para convencerles de que había sido acción de terceros, es decir ajustes de cuentas entre los grupos rivales de la oposición. Pasé un tiempo difícil por tener que mentir descaradamente en esa reunión, algunos de los presentes amigos míos.

Tras el cambio de régimen político en Portugal los restos del héroe fueron trasladados con gran solemnidad desde Extremadura a la capital lusitana. No se ha vuelto a saber nada más de este crimen. El proceso permanece bajo secreto.

Un caso bien resuelto en su momento por la justicia y la policía de España, pero ocultado por motivos políticos. Existían demasiados lazos e intereses comunes entre ambas dictaduras.   

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