Siempre hay un insecto que coloniza un cadáver. Suelen ser los califóridos —las moscas que se cuelan en nuestras cocinas en verano— los primeros en alimentarse de la materia orgánica en descomposición. Pueden oler el cuerpo a kilómetros. Permanecen en él hasta que ya no pueden obtener más nutrientes. Aparece otra especie, de los piofílidos, que necesita un cadáver más seco, con menos agua. "Los insectos te dicen cuánto tiempo lleva muerta una persona", apunta Concepción Magaña Loarte, bióloga y entomóloga en el Instituto Anatómico Forense de Madrid.

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Ella es una pieza más en el procedimiento que se lleva a cabo cada vez que llega un cadáver sin identificar. La mayoría son personas sin hogar, que viven y mueren en la calle.

Fue el caso de Salva, un 'sintecho' que llevaba 8 años viviendo en la calle. Falleció la noche del 2 de enero a causa del frío, en un rincón de las Torres de Colón que habitaba desde el primer día que durmió a la intemperie. Su cuerpo llegó al Instituto Anatómico Forense al día siguiente, después de que alguien avisase a las autoridades.

Tenía 57 años y era conocido en la zona, un rostro familiar entre quienes frecuentaban Recoletos y Génova. A veces pedía algo de comida, dinero o un cigarro. María Dáneo, de 26 años, le conoció hace dos años, cuando comenzó a trabajar como voluntaria en la Asociación Bokatas, una ONG que provee de comida a las personas sin hogar y hace de puente entre ellas y los servicios sociales. "Él intentaba salir de esa situación. La última vez que hablé con él, unos días antes de que muriese, me decía que iba a dejar la calle pero que seguiría visitándonos y que iría a vernos [a los voluntarios]", explica María. "El bocadillo es una excusa para acercarnos a personas como Salva. Al final se trata de establecer una relación con ellos. Salva hablaba poco de sí mismo, de lo que le había ocurrido, pero cuando te acostumbras a verle cada semana se convierte en una especie de familiar para ti. Te preguntaba que qué tal con tu novio o aquella entrevista de trabajo que tuviste. Él te contaba cosas de su día a día", añade.

Salva, en una imagen de Google Maps en su rincón de las Torres de Colón (Madrid), donde vivió sus últimos ocho años.

Así acabó viviendo en la calle

Salva trabajaba en una famosa marca de refrescos [desde la Asociación Bokatas rechazan decir el nombre de la empresa], estaba casado y tenía una hija. Esta falleció cuando era pequeña y la pareja no pudo superar el golpe. A la depresión por la pérdida de la cría se sumó un divorcio. Desde la Asociación Bokatas desconocen si poco después dejó el trabajo al verse incapaz de desempeñar su tarea o fue despedido. Divorciado y sin empleo, Salva comenzó a romper vínculos con su entorno.

Según el antropólogo e investigador Santiago Bachiller, esta ruptura con familiares y amigos es un patrón entre quienes acaban viviendo en la calle: "La exclusión sería consecuencia de una ruptura que distancia a determinados sujetos del mercado de trabajo y de los lazos sociales". El cordón umbilical creado con diferentes personas desaparece poco a poco. La sensación de aislamiento, explica Bachiller, "equivale a un desarraigo territorial".

Tras el divorcio, Salva alquiló un piso que consiguió pagar hasta que se quedó sin paro ni ahorros. Incapaz de hacer frente al pago del alquiler, fue desalojado. Según cuentan desde la Asociación, "se echó a andar por la calle, estaba cansado y le entró sueño; vio a otro 'sintecho' dormido junto a las Torres de Colón, así que hizo lo mismo pero enfrente. Y ahí se quedó hasta que murió".

María Dáneo explica que "Salva había tenido un buen nivel de vida, bastante dinero". "Con esto quiero decir que igual que le pasó a él, le puede pasar a cualquiera. A veces creemos que las personas que viven en la calle han nacido en la pobreza o siempre han sufrido exclusión. Ese es un perfil. Pero muchos tenían un hogar, una familia".

La voluntaria afirma que en estos casos el individuo vive pequeñas catástrofes encadenadas que provocan que la persona pierda su red de apoyo, social y económica. "Lo habitual es que una persona sufra entre tres y cuatro sucesos traumáticos a lo largo de su vida. El perfil de muchos 'sintecho' es el de alguien que ha vivido entre siete y ocho sucesos traumáticos en un periodo muy corto de tiempo, unos tres o cuatro años", matiza Esperanza Vera, directora estatal de la Asociación Bokatas.

"La noche del 2 de enero los voluntarios hicimos la ruta habitual. Vimos que Salva estaba dormido y no quisimos despertarle. Sabemos que les cuesta mucho conciliar el sueño cuando viven en la calle, así que tenemos como norma no molestarles. Por la mañana nos dijeron que había fallecido", recuerda María.

Según explica María Dáneo, "la familia no quiere que se den más detalles de su vida ni que se publiquen fotografías donde se le reconozca, y nosotros respetamos eso". Sus parientes serán ahora los que se hagan cargo de su entierro después de recibir la noticia de su muerte.

Este es uno de los momentos más duros del proceso desde que el finado de una persona sin hogar llega al Instituto Anatómico Forense para ser identificado. "A menudo estas personas han roto por completo la relación con sus seres queridos. Se dan muchos casos de familiares que ni siquiera sabían que su tío, su padre o su hijo estaba viviendo en la calle".

Los servicios sociales o la Policía son las autoridades encargadas de notificar la muerte a los familiares (si aún queda alguno vivo). En la mayoría de los casos han pasado años desde la última vez que contactaron con él. Verlo en una mesa del tanatorio, antes de que lo maquillen, lo peinen y lo vistan, puede suponer un shock. "A veces por la barba, por el paso de los años, los familiares no le reconocen", apunta Gabino Abánades, director de Funespaña, la empresa mixta de servicios funerarios de Madrid.

Los especialistas del Instituto Anatómico Forense ayudan a identificar mediante pruebas la identidad de la persona sin hogar fallecida. Dani Pozo

Tumbas con números pero sin lápidas

Por dentro, el Instituto Antómico Forense se asemeja más a una oficina anodina donde nunca ocurre nada que el primer lugar que visita un muerto. Es solo un escaparate. "Las zonas de las cámaras frigoríficas no las enseñamos nunca. Tampoco las fotografías de las autopsias. Hay que respetar la identidas de las personas", explican desde prensa.

Eduardo Andreu, director de la institución, apunta que "el 90% de cuerpos que llegan y de los que no sabemos nada son identificados al día siguiente, la mayoría a través de la necrodactilar". "Hay algunos que son más difícil de identificar porque no tienen un registro de su huella dactilar, seguramente porque son extranjeros", añade Andreu.

Según un estudio realizado por el Ayuntamiento de Madrid (diciembre de 2014, el último disponible para consultar), el 55% de personas sin hogar en la capital son extranjeras. "Hay un perfil muy claro que es el de inmigrante que se viene con lo justo para probar suerte y cuando se queda sin recursos económicos, se echa a la calle. Aquí no suelen tener redes de ningún tipo, no manejan bien el idioma por lo que el acceso a ayudas es inexistente, no saben cómo funciona el sistema", señala Guillermo Martín, psicólogo especializado en tratar con personas en riesgo de exclusión social. El informe del consistorio madrileño apunta que el mayor porcentaje (63%) de los extranjeros que viven en la calle proceden de Europa del Este; el 14%, del Magreb.

Los forenses estudian el cráneo del cadáver para averiguar datos sobre la persona fallecida como la raza. Dani Pozo

Mientras se realizan las pesquisas necesarias, el cuerpo se mantiene en una cámara de conservación temporal (a 4º de temperatura). "Después se procede al entierro o incineración, según lo que prefiera la familia. Algunos incluso deciden que el cuerpo se done a la ciencia. Si no tiene familia viva, o la tiene pero no puede hacerse cargo de los costes económicos del sepelio o no quiere, la ley obliga a los ayuntamientos a que se practique un entierro de beneficencia [costeado por el consistorio]", señala Gabino Abánades.

También los cadáveres sin identificar acaban en una tumba. Primero pasan unos meses en cámaras de conservación de larga duración (a -18º de temperatura), pero, como apunta Eduardo Andreu, "no pueden estar ocupando espacio eternamente". No hay lápidas con frases póstumas ni flores para el recuerdo. La solución es asignarles el mismo número al cadáver y al nicho que ocupará. Se les entierra junto a otros cuerpos sin identificar, en espacios que los ayuntamientos reservan en los cementerios, pero no en fosas. "No puedes incinerar el cadáver de alguien sin identificar porque suele ocurrir que años más tarde un familiar lo reclame", explica el director del Instituto Anatómico Forense.

Esperanza Vera, de la Asociación Bokatas, reconoce que salir de la calle es difícil: "Suena fuerte, pero cuando te acostumbras a sobrevivir así, volver a los hábitos normales... no lo llevas bien". Las personas sin hogar forman parte de un paisaje urbano tan "estratégico" como lleno de "conflictos y contradicciones", tal y como afirmaba la socióloga y economista Saskia Sassen. Las grandes ciudades son los espacios donde se mezclan importantes sectores económicos y los grupos más vulnerables: o las Torres de Colón y Salva.

La dentadura también aporta detalles relevantes, como ortodoncias con materiales específicas de una zona determinada, que ayudan a identificar la identidad. Dani Pozo