Cuando la doctora Victòria Bertran fue asesinada a tiros por su marido, casi nadie se enteró. Sólo un vecino de su bloque, en el número 27 de la calle Fígols (Barcelona), que llamó a la Guardia Urbana porque había escuchado “como una explosión en el edificio”. Era la una de la noche y la policía le anticipó que no iban a acudir porque seguro que eran petardos; el Barça acababa de ganarle 4-1 al Espanyol, el Camp Nou está en el mismo barrio (Les Corts), y los aficionados blaugranas andaban festejando el derbi. Los petardazos se repitieron a las 3 de la madrugada. Fueron los Mossos d’Esquadra los que descubrieron, al día siguiente, que las detonaciones procedían del 3º 1ª. Eran disparos de escopeta. El periodista Alfons Quintà había asesinado a su esposa, la doctora Victòria Bertran. Le pegó un tiro mientras ella dormía. Luego se sentó en el comedor y se voló la cabeza.

La doctora Bertran se convertía así en una ‘doble última víctima’. Por un lado, es (por ahora) la última víctima mortal de la violencia machista en 2016. En lo que llevamos de año, 44 mujeres han sido asesinadas por sus parejas o exparejas en España. Por otro lado, Victòria Bertran es la última víctima de Alfons Quintà, un personaje siniestro que ha ido dejando un reguero de víctimas a lo largo de su vida personal y profesional.

El periodista Alfons Quintà.

“ESTABA LOCO”

Dicen que una vez muerto todo el mundo es bueno. Todo el mundo salvo Alfons Quintà, a tenor de las reacciones que ha suscitado su fallecimiento. A la pregunta “¿Conociste a Alfons Quintà?”, las dos respuestas más recurridas entre sus conocidos son: “Sí, por desgracia” y “No lo conocí; lo sufrí”. La opinión negativa hacia el periodista es casi unánime: “Quintà estaba loco y disfrutaba haciendo daño”, resume Joan, un periodista de Barcelona que coincidió con él en TV3 y no quiere facilitar su apellido.

Alfons Quintà es un nombre maldito en el periodismo catalán y nadie quiere tener relación con él. Muchos han sido los testimonios consultados durante la elaboración de esta pieza; muy pocos han querido hablar y muchos menos los que han consentido que trasciendan sus identidades. Un exdirector de TV3 se justifica: “No me apetece que mi nombre aparezca en un artículo vinculado a su nombre. Tampoco me gusta salir hablando mal de un muerto, pero es que sólo podría contarte cosas malas de él”.

A Quintà se le temía. Y este miedo parece que sigue vigente después de muerto. “En mi caso no es miedo, sino vergüenza” cuenta Joan, que estuvo bajo su dirección durante la fundación de TV3. “Siento vergüenza porque sé que si eso pasase hoy no le iba a consentir aquellos abusos. El tío llenó la redacción de gente de entre 25 y 30 años para poder humillarnos. Éramos muy jóvenes, los tiempos eran otros y el proyecto de TV3 era ilusionante. Por eso tragábamos y tragábamos. Pero a mí me da vergüenza cuando pienso las barrabasadas que hemos aguantado”.

INSULTOS Y HUMILLACIONES

Insultos diarios, gritos sistemáticos, acoso laboral, graves faltas de respeto (en especial contra las mujeres), coacciones o despidos aleatorios por motivos estéticos eran parte de su proceder habitual. Se convirtieron en su seña de identidad. A Quintà le evitaban hasta por los pasillos; hasta en el comedor de la televisión pública catalana: “Estaba trastornado. Una mala mirada ya podía ser motivo de despido. Te ridiculizaba en público por tu aspecto físico o por la ropa que llevabas” cuenta Joan.

Tirano, déspota, psicópata, paranoico y mala persona son los calificativos reproducibles que más se repiten para definir al primer director de la historia de TV3. “Yo coincidí con él en la redacción del diario Avui. Cuando se largaba, con aquellos zapatos náuticos azules roñosos que llevaba siempre, los de Internacional desinfectaban con alcohol el teclado y la mesa en la que se había sentado. Nadie lo soportaba. Una vez colgamos por la redacción unos carteles con su cara en los que ponía “Wanted, dead or alive”. Se puso hecho un basilisco”, cuenta Cristina Palomar, periodista de El Triangle.

Alfons Quintà da entrada a los informativos durante su etapa como director de TV3

Esa actitud era, al parecer, especialmente frecuente contra las mujeres. Las acosaba. Albert Sáez, adjunto al director en El Periódico, lo recuerda de este modo: "Se paseaba por la redacción como si fuera su cortijo antes de lanzarse sobre la presa a la que, bajo la coacción de sus galones, intentaba llevarse a comer en su barco atracado en el puerto del Garraf Joan". Por su parte, Joan, el exredactor de TV3, define así a Quintà: "Un misógino que disfrutaba humillando a las chicas. Sus comentarios sexistas eran vomitivos. Te va a parecer fuerte lo que te digo, pero a mí no me sorprende que haya matado a su mujer”.

A mí lo que me parece fuerte es que a nadie le haya sorprendido, pero que nadie le haya podido parar los pies en vida.

VICTÒRIA ERA EL EQUILIBRIO

¿Y ella? ¿Quién era Victòria Bertran? Una doctora de 57 años que llevaba casi 30 poniendo el equilibrio de la relación. Quintà, 16 años mayor, se había casado con ella después de haberse separado de una ciudadana japonesa. Para ella era su primer matrimonio. No tuvieron hijos.

Bertran ejercía desde 2002 como médico de familia en el CAP Montnegre. El ambulatorio está situado a cuatro calles de su casa en Les Corts, uno de los barrios más caros y envejecidos de Barcelona. Los que la conocieron coinciden en señalar su humanidad, profesionalidad e interés por sus pacientes. Carme, una anciana de 83 años, cuenta que “ella para mí fue un ángel. Y él ha sido su botxí (verdugo). La doctora Bertran era mi médico de cabecera pero me ayudaba con mi problema de tiroides como si fuese un endocrino. Me llamaba fuera de horas de trabajo para preocuparse por mí”.

Los testimonios coinciden en este aspecto. El exdirector de un periódico digital catalán explica que “me sometieron a una operación quirúrgica y me la presentaron, porque yo conocía a su marido. Con él nunca tuve una buena relación, pero a ella le pregunté y me informó muy bien. Me tranquilizó y luego me llamaba dos o tres veces al día para ver cómo estaba. Casi sin conocerla”.

“ESTABA AMARGADA POR ALGO”

Victòria Bertran también fue la doctora de cabecera de la periodista y presentadora catalana Miranda Durán. “La recuerdo como una excelente profesional, siempre muy preocupada por sus pacientes. De primeras tenía un carácter seco que le hacía parecer borde, pero cuando empezabas a hablar con ella te caía bien. Daba la sensación de ser una buena persona que estaba amargada por algo”. Ese algo que la atormentaba jamás se supo en su entorno. Victòria era una persona extremadamente discreta y no daba detalles de su vida personal, por lo que nadie imaginaba un desenlace tan trágico.

¿Nadie? Una madre detecta antes que nadie los problemas. Y la de Victòria ya dio la voz de alarma hace diez años. El escritor Quim Monzó ha publicado esta semana en Twitter que la madre de Victòria le abordó una noche en Barcelona para pedirle ayuda. Le dijo que Quintà estaba loco y que temía por la vida de su hija. Monzó le recomendó ir a la policía. Sin embargo, no hay denuncias interpuestas contra Quintà por malos tratos.

EL CHANTAJE DEL CORAZÓN

¿Cómo aguantó Victòria tantos años al lado de un potencial asesino? Desde su entorno afirman que eso se estaba acabando. No estaban separados, pero ya no mantenían relación de pareja. Ella ya se había marchado en alguna ocasión y él repetía a sus (pocos) allegados su urgencia por rehacer su vida.

Pero entonces llegó la operación de corazón. Quintà fue sometido a una grave intervención coronaria el pasado mes de febrero. El periodista aprovechó su dolencia para ablandar a Victòria. La convenció para que permaneciese a su lado y le ayudase a pasar el trance. A ella le pudo su sentido del deber y la responsabilidad. Cedió y se quedó cuidándolo, aunque cuentan desde su entorno que iba a poner fin a la relación de forma definitiva después de Navidades. Él no soportaba la idea de quedarse solo. Lo explicó en una nota escrita antes de suicidarse. La chantajeó con el corazón, literalmente.

Minuto de silencio convocado en el CAP Montnegre como repulsa al asesinato de Victòria Bertran. D.L.F.

¿Por qué Victòria no denunció, si hasta su madre temía por su vida? La gente que trató a Quintà tiene una teoría: “A poco que en su vida privada actuase como en su vida laboral, está claro que la coaccionaba. A saber con qué. Era su arma favorita. Amenazar. Meter miedo. A Quintà, más que levantar escándalos, lo que le gustaba era atemorizar a la gente. Coger uno de sus famosos dossiers con información privilegiada y agitarlo en la cara de la persona a la que comprometía. Le encantaba sentirse temido porque así se veía más poderoso”, cuenta Joan, de TV3, que recupera para la ocasión la vieja leyenda urbana que circula desde hace años entre los circuitos periodísticos catalanes: “¿Tú nunca habías escuchado que Alfons Quintà trabajaba para la CIA? Pues yo creo que algo debió de haber, porque sus formas y sus métodos eran típicos de los servicios de inteligencia de las películas”.

LA CULTURA DEL TERROR

Miedo. Es la palabra que más repiten los que conocieron a Quintà en todas las facetas de su vida. Cuenta el periodista Narcís Genís que, desde su más tierna infancia en el colegio La Salle de Figueres, destacó como un niño “cuyas travesuras fuera de lo común estremecerían a cualquiera”. Fue un economista frustrado. Él mismo reconocía que esa fue su vocación, antes incluso de la de periodista, pero “no acabé la carrera, burro de mí”.

Trasladó esa frustración a su vida laboral cuando empezó a ejercer como periodista, profesión en la que tuvo un ascenso fulgurante. Fue un pionero que dirigió los primeros programas en catalán de Radio Barcelona, la primera delegación de El País en la Ciudad Condal y la cadena pública TV3 en sus inicios. Enseguida se caracterizó por ser una mente brillante en lo laboral, pero un déspota para sus subordinados. Era muy hábil moviéndose entre los círculos de poder. Sus dossiers atemorizaban y los usaba para su propio beneficio personal. Por eso pasó de ser el periodista que más atizó a Jordi Pujol con el escándalo de Banca Catalana… a trabajar para él poco después.

JUEZ SIN ESTUDIAR JUDICATURA

Además de periodista, fue marino mercante. También abogado. Tiene el número 11.796 del Colegio de Abogados de Barcelona y consta como residente no ejerciente. Es decir, estaba retirado. Se colegió como letrado el 29 de septiembre de 1981 y a través del cuarto turno llegó a juez. “Eso pasa cuando eres brillante o tienes una trayectoria impecable. Llegas a juez siendo abogado, sin estudiar judicatura. Pero su caso me parece extraño. No tiene bibliografía jurídica registrada; no tiene trabajos relevantes y promocionó en muy poco tiempo”, cuenta un letrado catalán que le ha investigado.

Quintà ejerció como juez de distrito durante tres años, tiempo suficiente como para dejar allí también su huella, tal y como explica Crónica Global: se le recuerdan abusos tales como mandar al calabozo a un matrimonio al que casó; le quisieron dar 5.000 pesetas de propina después de la ceremonia y él los arrestó por intento de soborno.

CONFLICTOS Y DELIRIOS

Tras su efímera carrera como jurista, volvió a centrarse en el periodismo. En 1990 fue elegido por Lluís Prenafeta (mano derecha de Pujol) para liderar El Observador, el proyecto fallido de periódico catalán que tenía que rivalizar con La Vanguardia. Su paso por el diario fue fugaz: lo destituyeron tras la publicación del primer número.

Megalómano delirante, sus exclusivas a menudo resultaban turbias y mezclaban sin mesura información con opinión. Citaba siempre a fuentes anónimas, como ‘un alto cargo de la Generalitat’, hecho que provocó burlas en la profesión, según cuenta el periodista Jordi Bernal, al que ya le sorprendió su controvertido carácter cuando lo conoció: “Yo coincidí con él en una cena y sus delirios me llevaron a fijarme en su copa de vino, para ver si es que estaba borracho. Empezaba hilando un discurso normal, se venía arriba y acababa gritando que Mitterrand era un desgraciado”, explica.

Su carrera profesional estuvo plagada de conflictos y enfrentamientos. Eso, unido a una deriva cada vez más sensacionalista e ininteligible en sus trabajos, lo llevaron al ostracismo. Colaboró con el periódico Crónica Global hasta que Xavier Salvador se hizo cargo de la publicación: “Cuando se enteró que yo asumía el control del periódico dejo de venir. Ni siquiera se despidió de los trabajadores”, cuenta el director.

VICTÒRIA, SIEMPRE A SU LADO

En sus últimos tiempos viró su orientación política, acercándose a posturas críticas con los partidos soberanistas. Pero, sobre todo, inició una cruzada contra el sistema catalán de salud. Durante mucho tiempo, Victòria Bertran, trabajadora del sector sanitario, le apoyó en esta lucha. La principal actividad de Victòria en las redes sociales consistía en compartir los artículos que escribía Quintà sobre la corrupción en el sistema sanitario catalán.

Los compañeros de Victòria han colocado lazos negros por todo el edificio D.L.F.

Más allá del episodio de su madre pidiendo ayuda, en el entorno de Victòria no sospechaban que Quintà acabaría quitándole la vida. En el barrio los tenían por una pareja bien avenida y ella hacía labores más propias de una cuidadora de un enfermo. Los que los trataron la recuerdan como la parte cabal de la pareja. Xavi Molina, dueño de una papelería cercana al domicilio de la pareja, recuerda que “él venía a menudo a hacer fotocopias de recortes de prensa extranjera. Siempre enfadado con todo el mundo y tenía un carácter muy raro. Conmigo nunca fue muy maleducado, la verdad… pero sí que era el único cliente que pasaba del mostrador y se metía conmigo hasta la fotocopiadora para revisar lo que yo hacía. De vez en cuando venía con su mujer y el trato con ella era distinto. Victòria era una persona más amable y le ayudaba siempre: le decía qué fotocopias tenía que hacer, le explicaba cuánto tenía que pagar o le pedía que se calmase cuando se calentaba. Daba la sensación de que ella ponía la cordura en aquella relación” recuerda el librero.

TURBIOS PRESAGIOS

La semana pasada, Quintà fue a hacer fotocopias de un boletín de cardiología del Clínic de Barcelona. “Vino solo y parecía más despistado de lo normal. Hubo un detalle al darle el cambio que no recuerdo con exactitud, pero que me hizo pensar que aquel hombre no estaba bien”. Algo pasaba. Por la cabeza del periodista ya rondaba una idea macabra, tal y como había dejado explicado de forma críptica en el Diari de Girona. En el artículo hablaba de la felicidad de morir cogiendo la mano de la persona amada.

La mañana después del asesinato, la hermana de Victòria llamó a los Mossos porque no le cogía el teléfono ni había acudido a trabajar al CAP. A la una y media de la tarde, la policía catalana identificaba los cuerpos sin vida de Alfons Quintà y Victòria Bertran en su domicilio de la calle Fígols. Los cuerpos del verdugo y de la víctima. Victòria Bertran fue la última víctima del siniestro Alfons Quintà pero, por desgracia, no será la última de la violencia machista.