Estamos en Roma: ese magma de belleza y desastre del que habló Pasolini. Es fácil comprobarlo este viernes cualquiera. Llueve, las carreteras se inundan. Apenas funciona la recogida de basuras. Pero ahí enfrente, ¡sí, ahí, a cinco o diez metros!, se levantan el Teatro Marcelo y el templo de las vestales. Todo es del color de la piedra esta mañana. Las columnas, el asfalto, el cielo, los charcos.

Sí, los charcos también son grises. Porque el gris se refleja en ellos y es como si la ciudad se hubiera puesto en blanco y negro. El lugar de la cita fue construido en los primeros años de la dictadura fascista y apenas se ha tocado desde entonces. Los despachos, las puertas, las escaleras. Todo es muy grande, todo es simétrico. Ordenado. Rígido.

Benito Mussolini”, pone en un letrero de piedra. Este lugar se ha reciclado en sede de los grupos municipales. Italia, igual que España, tiene conflictos a través de la memoria, pero la fiebre de las grúas es menos grave. Los monumentos y vestigios totalitarios, en lugar de echarse abajo, se contextualizan.

Muro de pago

Rachele Mussolini, la nieta del dictador italiano, responde a las preguntas de El Español Vídeo: Annamaria Bruni | Vitalii Moro

Subimos en el ascensor. Nos llevan a un despacho. Otra vez “Mussolini”, pero en una pegatina. En una puerta. Dentro del logo de Fratelli d’Italia, la formación que dirige Giorgia Meloni y que gobierna el país desde hace un par de meses.

Pone “Mussolini”, pero no “Benito”. Pone exactamente “Rachele Mussolini”. Rachele es una mujer de 48 años que lleva un vestido gris y un abrigo negro. La primera vez que salió en los periódicos tenía apenas 20 años, cuando fue candidata a Miss Italia. Se sorprende ante la presencia de tanta gente a las puertas de su despacho. El pasillo está vacío. Hemos venido un periodista, dos cámaras y una traductora. Quiere hablar en italiano durante la entrevista.

Raquele Mussolini, nieta de Benito Mussolini Annamaria Bruni EL ESPAÑOL

Es una conversación concertada por varias razones. La primera: el año pasado, en las municipales, Mussolini, hoy concejal por el partido de Meloni, fue la candidata preferida de los electores, pero está en la oposición. Gobierna la izquierda. ¿Se imaginan que un nieto de Franco fuera el candidato más querido en Madrid? ¿O que un Goebbels lograra lo mismo en Berlín?

La segunda: este 2022 se cumplen cien años de la Marcha sobre Roma, la operación que llevó a su abuelo al poder. Y, ahora, en diciembre, Fratelli d’Italia celebra su décimo cumpleaños.

Hemos venido a hablar del presente en relación al pasado. De cómo es crecer con el apellido de un hombre que ha deportado a 9.000 judíos de origen italiano a campos de concentración. De cómo es ir al colegio o al gimnasio cuando tu abuelo fundó el fascismo y sumió al país en la peor de las guerras.

Resulta tentador sacar una conclusión rápida: se apellida Mussolini, es la líder de Meloni en Roma. Por tanto… Pero, conforme va desplegando su ideología, Rachele, que lleva el nombre de su abuela, se describe como la facción más heterodoxa de Fratelli. Al revés que su partido, está a favor del aborto, la eutanasia o la adopción por parte de los homosexuales.

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Cuando triunfó electoralmente, el año pasado, su partido le pidió que no fuera a las televisiones. Todos los medios querían contar su historia. Ella obedeció y no lo hizo. Hoy, se arrepiente: “Los italianos habrían visto cómo soy. Se habrían decepcionado los extremistas. Se habrían dado cuenta de que soy la garantía de que Fratelli proteja esos derechos civiles”. Admira a Meloni, pero relata con una honestidad pasmosa sus discrepancias con ella.

Hoy es el día de su desquite. Ha elegido a un medio extranjero, que le insistió mucho, para contar su historia entera. Quizá esperanzada de que los prejuicios se diluyan al cruzar la frontera. Se sienta, se quita el abrigo.

Mientras los compañeros montan el plató, conviene trazar una especie de árbol genealógico mussoliniano. Benito se llamó así porque su padre, de izquierdas, admiraba al revolucionario Benito Juárez. El joven Benito fue, también, muy de izquierdas. Profesor, luego periodista. Siempre revolucionario. Lenin dijo que era su mayor esperanza para extender el rojo por Europa.

Raquele Mussolini en su despacho Annamaria Bruni EL ESPAÑOL

Hasta que la Primera Guerra Mundial lo cambió. Aupado por el descontento de los soldados, fundó los fascios de combate. Mediante la violencia, la seducción, la propaganda y el terror, conquistó a millones de italianos. Convenció al rey para que lo nombrara primer ministro. Ostentó ese cargo desde 1922 hasta que los partisanos lo ejecutaron en una plaza. Hubo un paréntesis en medio, cuando lo traicionaron y encarcelaron sus compañeros de gobierno, pero Hitler lo liberó y lo devolvió al poder.

Hoy, con la perspectiva que da el tiempo, todo nos parece demasiado evidente, pero tanto Europa como Estados Unidos fueron hipnotizados por el carisma del dictador. Prácticamente, no se le enfrentó hasta que la guerra estuvo a punto de estallar. Se le consideraba el remedio menos malo para "frenar al comunismo". Churchill lo llamó "genio romano" y el Papa lo describió como "un hombre enviado por la providencia".

Benito Mussolini era de todo menos un tipo convencional. Su primera hija, Edda, la tuvo con Rachele, la abuela de nuestra entrevistada Rachele. Le dijo que no hacía falta casarse, que eso era cosa de burgueses.

Por el camino, tuvo un hijo con una amante, Ida Dalser. A ella y a su primer hijo varón los encerró en manicomios. No quería que se supiera de su existencia. Después llegaron, en este orden, Vittorio (productor de cine), Bruno (militar que bombardeó España y luego murió en accidente de avión), Romano (gran músico de jazz y padre de Rachele) y Anna María (directora de orquesta).

Cuando Mussolini fue asesinado y colgado boca abajo en Piazza Loreto, no estaba con su mujer, Rachele, sino con una amante, Clara Petacchi. Rachele sobrevivió y su nieta pudo conocerla. Por eso esta entrevista nos permite acercarnos de veras al llamado “Duce de Italia”.

La historia de los Mussolini es una tragedia al estilo griego. Edda, la mayor, se casó con Galeazzo Ciano, que se convertiría en ministro de Exteriores del dictador y hombre de su máxima confianza. Pero Ciano, decepcionado por las políticas antisemitas del Duce, lo traicionó e impulsó un pacto con los Aliados. Al recuperar el poder, Mussolini fusiló a su yerno y lo grabó en vídeo para que la población escarmentara.

La sangre Mussolini está llena de política. Rachele no es la única descendiente que se ha presentado a unas elecciones. Su hermanastra Alessandra colaboró con Berlusconi y un sobrino suyo, con Meloni.

Ahora sí, todo está preparado. Empezamos.

PREGUNTA.– Esta de aquí, la granate, es la bandera de Roma, ¿verdad?

RESPUESTA.– Sí.

P.– El mismo color que el del equipo de fútbol, A.S. Roma.

R.– Exacto.

P.– Pero esta ciudad tiene dos grandes equipos. ¿Usted apoya a la A.S Roma o a La Lazio?

R.– ¡A ninguno de los dos! Soy de la Juve, pero no demasiado tifoso. Mis hijas, en cambio, son súper futboleras.

P.– Bueno, de cara a las elecciones municipales aquí en Roma mejor no ser de ninguno de los dos equipos. Neutral.

R.– ¿Sabe? Este asunto es muy delicado. Incluso más que mi pasado familiar, del que imagino que vamos a hablar ahora.

Raquele Mussolini durante la entrevista con El Español Annamaria Bruni EL ESPAÑOL

P.– En las últimas elecciones de la ciudad de Roma, usted, Rachele Mussolini, fue la candidata preferida de los electores. En España, sería impensable que ocurriera lo mismo con un “Franco”.

R.– Es mi segunda legislatura como concejal. En 2016, también fui elegida, pero con muy pocos votos. Cinco años después, en 2021, fui la candidata más votada. Creo que la cuestión de mi apellido todavía no se ha superado en Italia, pero hicimos una campaña muy centrada en mi labor de oposición. Creo que se me apoyó por eso.

P.– ¿En qué nota que Italia no ha superado el apellido Mussolini?

R.– Se dice que nuestro partido, Fratelli d’Italia, supone la vuelta del fascismo. Son fantasmas inútiles. Es obvio que no existe un riesgo real de una vuelta del fascismo. Porque el fascismo es un fenómeno histórico que ocurrió en un momento determinado. Imagino que pasa lo mismo en España. Si alguien dice que una opción política supone la vuelta de Franco, no será cierto. Porque el franquismo no va a volver. En Italia, pese a que falta mucho por hacer, dimos un paso adelante en las últimas municipales. Porque a mí se me apoyó a pesar de mi apellido y gracias a mi trabajo en la oposición.

P.– Es un sistema electoral curioso el romano: porque la candidata más votada, que fue usted, no tuvo siquiera posibilidad de gobernar.

R.– Porque en nuestras municipales es posible lo que llamamos el “voto separado”. Por ejemplo, mis amigos de izquierdas quieren que gobierne la izquierda, pero pueden especificar en la papeleta que su candidata preferida soy yo. Es decir: puedes votar que gobierne un partido, pero especificar que tu preferido es un concejal en concreto. Y puede ser de ese mismo partido o no. Yo fui la preferida de entre los candidatos de todas las coaliciones.

P.– El Ayuntamiento de Roma lo gobierna la izquierda, usted está en la oposición. En las próximas elecciones, ¿su objetivo es ser alcaldesa? ¿Cree que lo conseguirá?

R.– El próximo reto son las regionales y estamos trabajando para arrebatar ese gobierno al centro-izquierda y así iniciar una etapa de centro-derecha. Creo que es demasiado pronto para que yo, de apellido Mussolini, me presente como alcaldable. Y eso que soy una persona muy abierta, mucho más que mis colegas de partido, sobre todo en lo que se refiere a los derechos civiles.

Tengo una visión más open-minded que mis colegas de Fratelli d’Italia. Crecí en una familia de artistas. Mi padre era un gran músico de jazz y mi madre era actriz. Me educaron en la tolerancia y en el rechazo de cualquier tipo de prejuicio. Sé lo que son los prejuicios precisamente por el apellido que llevo. Sé lo que es sentirse discriminada. Pero es pronto para mí, el prejuicio permanece. Mi país no está listo para que yo sea alcaldesa de Roma.

P.– Pero, aunque ese prejuicio exista, usted fue la candidata preferida de los romanos en las anteriores elecciones. No sería descabellado pensar que la podrían elegir alcaldesa.

Cuando logré ese resultado, la gran mayoría de medios nacionales me pidió entrevistas. Televisiones, periódicos, radios… Al fin y al cabo, era una noticia. Pero digamos que mi partido me tuteló para evitar que me “instrumentalizaran” y me aconsejaron que no fuera a la televisión, que rechazara las entrevistas. Creo, personalmente, que se equivocaron.

P.– ¿Por qué?

R.– Porque me habría dejado ver, los italianos me habrían conocido mejor. Mis declaraciones habrían contribuido a combatir el prejuicio. Habrían visto que soy una persona abierta. Me habrían percibido incluso como una garantía dentro de Fratelli d’Italia para defender los derechos civiles que le he comentado.

P.– Se le ve en los ojos, se asoman en su discurso… las ganas de gobernar Roma.

R.– Gobernar Roma sería un honor, pero también una carga horrible. Porque Roma es una ciudad imposible. Dejando a un lado su actuación política, miro a Virginia Raggi, la exalcaldesa de la izquierda, y la veo hoy, en la oposición, diez años más joven que cuando estaba en el gobierno. Es más fácil ser primer ministro de Italia que alcalde de Roma.

Benito Mussolini, nieta de Benito Mussolini Annamaria Bruni EL ESPAÑOL

P.– Giorgia Meloni la fichó a usted como candidata en 2016. ¿Cómo se conocieron? ¿Por qué la incluyó en las listas de Fratelli d’Italia? ¿Cree que pudo hacerlo como una provocación a la izquierda?

R.– Ya tenía contacto con Giorgia antes de la fundación de Fratelli d’Italia, que se produjo hace diez años. Yo estuve en los círculos de Alianza Nacional (partido conservador fruto de la refundación del postfascista Movimiento Social Italiano). También participé en la fusión que dio lugar a Forza Italia (la formación de Berlusconi).

En 2013, cuando Meloni decidió escindirse y crear Fratelli, hacía mucho que todo ese espectro político había abjurado del fascismo. Fue en 1995, con la declaración de Fiuggi. Meloni sabía muy bien que yo soy una moderada, que no le iba a crear problemas. Conocía mi gusto por la política y sabía que podía ser de utilidad en la creación de una campaña.

P.– 'Il Corriere della Sera', antes de las elecciones, publicó un artículo que decía: “Si un partido nomina a una Mussolini es para atraer los votos de quienes añoran a Mussolini. Punto”. Usted me está dibujando un planteamiento radicalmente contrario a ese.

R.– Mire, le voy a contar algo: los que esperaban de mí una posición extremista o fundamentalista se han llevado una decepción. En 2016, abrí una página en Facebook para relatar mi actividad pública. Me siguieron muchos extremistas, pero terminaron abandonándome porque comprobaron que no compartía su xenofobia ni su homofobia. De hecho, me gusta hacer política sobre cuestiones cotidianas, no sobre esos asuntos polémicos que tanto gustan a mi partido. Supongo que tiene que ver con mi experiencia familiar y lo que he vivido.

P.– Usted da todo el rato por hecho que su partido nada tiene que ver con el fascismo. Sin embargo, hemos visto imágenes de dirigentes importantes del partido, como La Russa, haciendo el saludo a la romana. También hemos visto al actual ministro de Infraestructuras disfrazado de nazi.

R.– Me remito a las declaraciones de Giorgia Meloni en el Parlamento declarando su rechazo al fascismo. También al estatuto de Fratelli d’Italia, donde se repudia toda forma de totalitarismo, ya sea de derechas o de izquierdas. Giorgia amonestó las actitudes que usted menciona y los llamó a un comportamiento recto. Yo no puedo hablar por las dos personas que usted ha puesto como ejemplo. El ministro explicó que fue un disfraz de Carnaval en el pasado.

Yo nunca haría el saludo a la romana. Mi padre lo llevaba fatal. Y yo también. Cuando íbamos por la calle, alguno que lo reconocía como hijo de Mussolini lo saludaba de esa manera. Lo llevaba muy mal. Yo lo vivo de esa misma manera. Mi apellido podría ser un problema para mi partido, pero sucede al revés: soy una garantía. Le contaré algo.

P.– Diga.

R.– Al día siguiente de las elecciones, además de la gran alegría que me llevé por la victoria de Giorgia, tuve otra satisfacción personal. Muchos amigos me escribieron para decirme que habían votado a la izquierda debido al tema de los derechos civiles, pero que si yo hubiese sido candidata a diputada, habrían votado a Fratelli d’Italia.

P.– Pero una vez fue usted misma el centro de la polémica. Un 25 de abril, cuando se conmemoraba la liberación de Italia tras el yugo del fascismo, usted escribió este mensaje: “Yo sólo celebro la fiesta de San Marco”.

R.– Ese post lo colgué hace un par de años, pero lo borré. Sí, fue un acto superficial y equivocado. Pero es que el día de San Marco empezó mi relación con el padre de mis hijas. Lo dije por eso. Ahora, ese hombre ya no es mi marido, pero mantenemos una buena amistad. Fue un error, me equivoqué al colgar ese post. Quien visite mi página de Facebook puede ver cuáles son mis ideas. Creo que es la única cosa, sobre esto de lo que estamos hablando, en la que me equivoqué.

Soy una demócrata. El 25 de abril no hago ni digo nada. No lo celebro. Y creo que se me puede perdonar. Porque recuerdo a mi padre viendo en la tele a mi abuelo colgado con la cabeza boca abajo en la Plaza Loreto. Leía en sus ojos el sufrimiento cuando, inmediatamente, cambiaba de canal. Eso ocurrió el 28 de abril, pero todo empezó el 25. Forma parte de mi historia, no puedo olvidar el rostro de mi padre. Para bien y para mal, es mi familia.

P.– En una ocasión, aseguró: “Con Giorgia, la derecha italiana podrá sacudirse el fantasma de mi abuelo”. ¿Está segura?

R.– Sí, eso dije. Era una forma de dar ánimos a mi partido. En un mes y medio, el Gobierno de Italia ha aprobado los Presupuestos. Ha sido en un momento muy difícil nacional e internacionalmente. Pese a eso, se ha dado al país un mensaje claro: por primera vez después de diez años, hay un gobierno político, y no técnico.

Creo que, conforme vaya gobernando, se percibirá a Giorgia Meloni como la representante moderna de un partido conservador, ya dejando de lado cualquier fantasma del pasado. Los dos bloques enfrentados serán juzgados por sus programas. Estoy en contra de la cultura de la cancelación. Creo que es muy importante que estudiemos nuestro pasado para no volver a repetir aquellos errores. Se van a ir disipando esos temores porque Giorgia está demostrando mucha perspicacia política con su seriedad, su trabajo y su visión. Está velando por los intereses de todos los italianos, no sólo por los de aquellos que la votaron.

Giorgia Meloni y Rachele Mussolini Facebook

P.– Usted se ha definido como la mujer más progresista de Fratelli d’Italia. Ha mencionado en varias ocasiones que su posición sobre los “derechos civiles” es distinta a la de su partido. Ahondemos en eso. Dígame qué piensa de la eutanasia, el aborto o el matrimonio homosexual.

R.– Sobre el aborto, Giorgia Meloni ha sido clara. No tiene intención de abolir el derecho al aborto, que fue una gran conquista. Pero queremos que la mujer sea verdaderamente libre al tomar esa decisión. Que no lo haga por no tener familia o dinero. Pretendemos dar ayudas en esa dirección. Nadie puede ni debe juzgar a la mujer que interrumpe su embarazo.

P.– La eutanasia.

R.– Creo que el electorado del centro derecha en Italia es más progresista que los partidos que lo representan. He hecho pública mi opinión sobre la eutanasia. Sé que es un tema delicado y me gustaría que lo debatiéramos entre nosotros. ¿Quién soy yo para negarle a una persona que sufre sin remedio el derecho a poner fin a su vida? No me siento capaz de eso. Cuando me expresé en esta línea por primera vez, mi partido me lo reprochó. Pero creo que muchos de nuestros votantes piensan igual que yo. Me encantaría que este debate estuviera rodeado de ciencia e investigación. Discutamos sin prejuicios.

P.– El matrimonio homosexual.

R.– Nuestro gobierno no tiene intención de acabar con las uniones civiles. Mi partido es contrario al matrimonio homosexual, yo estoy a favor. También estoy abierta a las adopciones en parejas homosexuales. Pero sí estoy de acuerdo con mi partido en la maternidad subrogada: totalmente en contra. Sobre la adopción por parte de homosexuales, que tanta polémica ha causado, le digo: creo que lo ideal es que un niño adoptado tenga una madre y un padre. Pero, ¿por qué no van a adoptar ellos también?

P.– Pero, ¿por qué dice que “lo ideal” sería que un niño tuviera un padre y una madre? ¿Cree que dos personas del mismo sexo, por la razón de su sexo, van a ser peores padres?

R.– No, no, absolutamente no. Hay malos padres y malas madres indistintamente. Quiero decir, entre comillas, que si pienso en la situación ideal, pienso en una madre y en un padre. Sin embargo, dos mujeres y dos hombres pueden dar el mismo amor, claro. Pueden educar en el amor y en los principios sólidos igual que el resto. Pero repito: no estoy en contra del derecho a la adopción de los homosexuales. Tampoco estoy en contra del derecho a la adopción de los solteros. Mi partido sí lo está.

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P.– Quiero mostrarle el vídeo del discurso con que se dio a conocer Giorgia Meloni en España. Habla, precisamente, de los derechos civiles.

R.– ¡Ya lo he visto, ya lo he visto!

P.– Ella habla de la “familia natural”, pero me resulta hipócrita. Ella misma no forma parte de lo que podríamos entender como “una familia natural”. Me recordó a su abuela Rachele, que fue obligada por el fascismo a parecer una mujer “tradicional” y “ejemplar”. Aquello, en realidad, no fue nada de eso. Su abuelo tuvo muchas amantes e hijos con otras mujeres.

R.– Seguramente, el tono de una campaña electoral es distinto al tono de una primera ministra. La propia Meloni dijo que no le gustó cuando se vio en el vídeo. Fue un tono demasiado fuerte.

P.– Pero no fue sólo el tono, sino el contenido.

[Guarda silencio].

P.– Aquel discurso lo dio en campaña electoral, en un acto organizado por Vox. ¿Ha oído hablar de Santiago Abascal? ¿Qué le parece este partido?

R.– Cuando no quiero responder a preguntas así, digo: “Sólo soy una humilde concejal, entenderá que no me pronuncie sobre asuntos internacionales”. Esta contestación le hace mucha gracia a un compañero mío. Creo que, en relación a lo internacional o los derechos civiles, tengo unas posturas mucho más abiertas que las de mi partido, así que supongo que no encajaría en un partido como Vox. La democracia es la sal de cualquier país. Serán los españoles quienes decidan cómo quieren que sea su fiesta.

Pero creo que si Vox llegara al gobierno de España, se disiparían muchos temores de que ocurra el apocalipsis, igual que se están disipando ahora que Giorgia Meloni está gobernando Italia. Giorgia está demostrando ser una gran primera ministra: perspicaz, meticulosa, con olfato.

P.– Las políticas de inmigración son uno de los grandes desafíos de nuestro tiempo. Este asunto ha sido uno de los vectores en las campañas de su partido. Explíqueme su punto de vista.

R. – Queremos y exigimos una regulación de la inmigración masiva porque no podemos aceptar a todo el mundo indiscriminadamente. Debe diferenciarse entre el inmigrante económico y el que huye de una guerra. Para los refugiados, nuestras puertas siempre estarán abiertas.

Por lo que respecta a la inmigración ilegal, queremos acabar con el tráfico de seres humanos. Las muertes en el mar son causadas por traficantes sin escrúpulos, que cobran una pasta gansa gracias a la desesperación.

P.– Pero hábleme de sus políticas.

R.– Queremos crear una sólida cooperación con los países que atraviesan dificultades económicas. Fratelli quiere poner en práctica cosas concretas con un impacto real. 

P.– ¿Fratelli d’Italia es un partido nacionalista? Hablan continuamente del “orgullo italiano”, lo han colocado en el centro de la campaña. A veces, la línea que separa patriotismo de nacionalismo es muy delgada. Y, ya lo sabe, las guerras empiezan con el nacionalismo.

R.– No somos nacionalistas, somos un partido de patriotas. Simplemente, situamos el interés nacional en el centro de nuestra agenda política, pero en cooperación con Europa y con el resto del mundo. No queremos encerrarnos. Dicho esto: entre nuestras prioridades sí está aumentar la presencia de los productos ‘made in Italy’ en todo el mundo.

P.– ¿Cree en Europa?

R.– Creemos en la Europa de los pueblos y las naciones. No coqueteamos con el nacionalismo porque sabemos que ha tenido consecuencias desastrosas y debemos aprender de los errores del pasado.

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Una historia familiar

P.– ¿Cómo era la vida en casa? Su padre, Romano Mussolini, era un gran músico de jazz. Un personaje heterodoxo que, durante su carrera, se mantuvo alejado de la política. Sin embargo, antes de morir, publicó un par de libros sobre el dictador. ¿Qué le solía contar?

R.– Mi padre, cuando hablaba de su familia, lo hacía siempre sobre la vida dentro de casa. Nunca se refería a los asuntos, digamos, “históricos”. No conoció demasiado a su padre. Murió cuando él tenía 17 años. Me contaba que mi abuela Rachele era muy estricta. Crió sola a cinco hijos porque mi abuelo nunca estaba. Se refería a ella como la “verdadera Duce” de la casa.

A mi padre le daba miedo el suyo cuando sacaba una mala nota en el colegio. Si tenía un mal resultado, dejaba a su hermano mayor que entrara antes a ver al padre. Luego, cuando empezó a dedicarse al jazz, lo hizo en contra de su padre y de la familia, o por lo menos del tipo de música que se escuchaba en casa. Hablaba de su padre como de alguien tranquilo y servicial de puertas hacia dentro.

P.– Usted lleva el nombre de su abuela Rachele, que fue la madre de la primera hija de Mussolini. Él le pidió a ella que no se casaran porque era una “cosa burguesa”. Después, Rachele se enteró de que Mussolini había tenido un hijo con Ida Dalser y le exigió el matrimonio. Se casaron. Tuvieron otros cuatro hijos juntos. A partir de ahí, pese a todas las amantes de su marido, se mantuvo fiel hasta el final. Hábleme de ella, ¿la conoció?

R.– Fue una mujer que experimentó muchísimo dolor. Primero, perdió un hijo muy joven. Bruno, con 23 años, murió en un accidente de avión [Mussolini le dedicó un libro, Hablo con Bruno]. Después, vio a su marido asesinado de esa manera. Anna María, otra de sus hijas, también falleció relativamente joven. Y luego está todo el asunto de su yerno, Galeazzo Ciano

Raquele Mussolini sostiene una bandera de Italia Annamaria Bruni EL ESPAÑOL

P.– Su asesinato.

R.– Sí. Digamos que mi abuela era una mujer llena de dolor. Pero, a pesar de eso, fue una figura de gran referencia para sus hijos. Mi padre y mis tíos se quisieron mucho entre todos. Siempre.

P.– La tragedia familiar en torno al fusilamiento de Ciano es tremenda.

R.– Mi tía Edda [hija mayor de Mussolini y mujer de Ciano] tenía una personalidad muy fuerte. La conocí bastante. Era toda una dama. Apreciaba en ella ese humor británico, tan inglés. La ironía es la sal de la vida, es lo que nos salva. Para mí, la ironía también es muy importante. No debemos tomarnos demasiado en serio a nosotros mismos. Ella era muy amante de los animales, y yo también.

P.– De toda esta historia, me llama mucho la atención que su abuela se mantuviera fiel a Mussolini hasta el final. Después de todas las traiciones, sus líos con otras mujeres, después de todas las cosas que supo acerca de él: la violencia, el maltrato del diferente, la aplicación de las leyes raciales. Siempre me ha intrigado.

R.– No soy capaz de explicar por qué mi abuela siguió enamorada de mi abuelo hasta el final. Yo también me he hecho esa pregunta. En casa contaban que ella nunca sintió simpatía por Hitler. Lo debió de avisar. Era como si intuyese que la alianza de Italia con Alemania fuera a llevar al país al desastre. En cuanto a las infidelidades de mi abuelo... Ya lo creo que sufrió mucho. Mi padre decía que, pese a haber otras mujeres, mi abuelo estaba enamorado de mi abuela. Y que siempre volvía a casa por las noches.

Mi abuela debía de sufrir un gran conflicto interior, pero era una mujer de otra época. Era otro tiempo. Yo, personalmente, nunca podría estar con un hombre que me engañara repetida y descaradamente. Aquellas mujeres aceptaban determinadas circunstancias con tal de mantener unida a la familia. La entrada en la guerra con Hitler y las leyes raciales lo cambiaron todo.

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P.– ¿A qué se refiere exactamente?

R.– Algunas veces he pensado: ¿y si mi abuelo hubiera muerto en 1935 o 1936? Antes de que decretara las leyes raciales y entrara en la guerra de la mano de Hitler. Todo eso hay que condenarlo sin peros. Si hubiese fallecido antes de aquello, creo que sería recordado de una manera diferente. Es verdad que fue un dictador, pero las consecuencias habrían sido distintas.

P.– Ahora que menciona las leyes raciales: según he visto en su Facebook, usted admira a Primo Levi, el gran escritor judío cuya familia y él mismo fueron víctimas del Holocausto. Fue detenido por los hombres de su abuelo y entregado a los nazis. Otro conflicto interior, esta vez para usted, supongo.

R.– Creo que lo mencioné al hilo del recuerdo contra las leyes raciales. Siempre he denunciado lo que se hizo. Siempre me he mostrado muy abierta con la comunidad judía aquí en Roma. Los pecados de los padres jamás deberían recaer sobre los hijos, ni los de los abuelos sobre los nietos. De todos modos, no me gusta reducir los veinte años de gobierno de mi abuelo a esa cuestión. En mi opinión, hay que analizarlos con un prisma 360 grados y saber discernir lo bueno de lo malo. Es verdad que fue una dictadura, pero es que esos fueron los años de los totalitarismos y las dictaduras.

P.– Hombre, pero…

R.– No quiero entrar a analizar esto en detalle porque despachar temas tan importantes como el fascismo o el comunismo en dos palabras… Ojalá este país lograra cierta pacificación para hablar de estos temas de manera más serena.

P.– ¿Qué lecciones extrae de la biografía de su abuelo para hacer política?

R.– La Historia nos enseña a no repetir ciertos errores. Con este capítulo ocurre lo mismo que con el de los crímenes del comunismo. Debemos aceptar y estudiar ambos pasados dramáticos. Ojalá hayamos aprendido que no podemos volver a cometer esos errores. Mi historia familiar es verdaderamente dramática.

P.– En el sentido más puro de la palabra también.

R.– Sí. Incluso se ha llevado varias veces al cine.

P.– ¿Cuál diría que es hoy la opinión mayoritaria de los italianos sobre Mussolini?

R.– Francamente, no lo sé.