En teoría no debería poder ser que Francisco Rico, Paco Rico (Barcelona, 1942), se acuerde de las vacaciones de verano del mismo año en que nació, o así sea de las inmediatamente subsiguientes. Pues vaya si se acuerda... En esta entrevista tendremos ocasión de retorcer el delicado cuello de cisne de la memoria, verdadera, falsa o ni lo uno ni lo otro. Esmerado filólogo exigente, petrarquista socarrón, cervantino cargado de amarguras a veces desternillantes, Rico no da puntada ni recuerdo sin hilo. Hasta sobre el alzheimer hace ¿bromas? Lean y juzguen.

Castellano viejo, castellano viejo, pero nacido en Barcelona y ya lleva cincuenta años viviendo en Sant Cugat... ¿Me ha citado aquí para enseñarme los mojones en memoria de los paseados y fusilados en la Rabassada en el verano del 36? Pero vamos, usted ni siquiera existía entonces…

No, pero tengo muy vivo todo lo que le oí contar a mi abuelo. Quiero decir, a mi abuelo de derechas y de Barcelona.

Porque el otro abuelo era más rojo...

Es verdad que tuve otro abuelo de izquierdas. Yo entonces no lo sabía, pero pasó un tiempo detenido en un campo de concentración por haber sido alcalde en la época republicana. Al acabar la guerra, mi padre, que había combatido en artillería con los nacionales, de uniforme, más un amigo suyo falangista, también de uniforme, fueron juntos al campo y lo sacaron. Y nunca más volvió a tener problemas mi abuelo de izquierdas. Pero el de derechas había vivido en Barcelona aquellos primeros once meses de la guerra, tan rojos, y contaba algunas cosas que...

(Ya está. Llegado este punto se nos va la pinza, y cómo. A Paco Rico se le ocurre comparar el relato bruscamente sobrevenido de aquellos Once Meses Rojos por su abuelo el de derechas con el relato del Holocausto judío bruscamente creado en 1966, según él, y que según él no existía antes. Ojo, que Rico no niega la tragedia judía. Lo que se pregunta es por qué esa tragedia se mantuvo silente, bajo el radar de la Historia, para estallar con afamada virulencia casi veinte años después. A mí me pilla con la guardia baja porque el tema me apasiona. Cuando me quiero dar cuenta llevo veinte minutos de excursión por la cuestión judía con Paco Rico, quien me asegura que llegó a pedirle cuentas a Chomsky, quien, en lugar de respuestas, le dio bibliografía...)

Foto: Inés Baucells

Ya. Supongo que dar bibliografía es el equivalente intelectual de crear una comisión parlamentaria de investigación en el mundo político. Pero señor Rico, por favor, ciñámonos al tema de la entrevista. A los veranos de su infancia, inmediatamente después de la guerra.

Ya veo. Perdone, es que como yo leo mucha Historia... Y como hay tantos paralelismos entre aquel primer silencio inicial de los judíos, insisto, y el que aquí guardaron durante muchos años los represaliados... Había un tal Vallcorba, el padre de Santiago, sabe, estuvo varios meses preso y nunca había dicho nada a nadie. Lo mismo que los judíos, ¿ve? No querían significarse como distintos, como perseguidos, como perdedores que tenían que lamentar su Historia.

Y cuando de repente todos los recuerdos prorrumpen...

Puede ocurrir entonces que los relatos de lo recordado, lo vivido y lo contado tengan poco o nada que ver. La memoria es muy engañosa. Aunque sólo sea porque trata de dotar de sentido todo aquello que no necesariamente lo tiene... o no tanto como parece cuando lees Historia y Literatura. ¿Hace un boquerón?

Hace, sí... (es que resulta que estamos comiendo, concretamente en un restaurante de Sant Cugat que tiene subsede en San Francisco, no al revés, se jacta Rico todo ufano)

De todos modos, sí está claro (retoma tras el boquerón) que a posteriori las cosas se ven mucho mejor. Aun así se reconstruye tanto, incluso de la mayor buena fe. Hay un cuento de Graham Greene que me fascina, él recuerda que de muy jovencito estaba enamoradísimo de una chica, un gran amor puro y casto, entonces vuelve a la casa donde estuvo de niño -porque recordaba haber hecho un dibujo de aquella criatura angelical, y haberlo guardado en un árbol-, consigue rescatar el dibujo y resulta ser algo tremendamente pornográfico... Y él recordando una especie de Botticelli. Cosas así a mí me han pasado muchas veces.

Escribí mi célebre artículo contra la ley antitabaco con la objetividad de un no-fumador... Yo es que soy sutil de la hostia, como dice Joaquín Leguina

Bueno, a veces le habrá pasado inconscientemente y otras no tanto, como cuando escribió aquel célebre artículo enfrentándose a la ley antitabaco y pretendiendo ser no-fumador, cosa que, ejem, está en las antípodas de una definición exacta de usted…

Ya. Sí. En todo caso, cuando sobre aquel artículo me preguntó la tonta esa, Milagros Pérez-Oliva, yo le di pocas explicaciones. Cité a Rimbaud, moi est un autre. A ver, yo lo que quería decir, en realidad, es que este artículo está escrito con la objetividad de quien no fuma.

Muy sutil, muy para nota, ¿no?

Yo es que soy sutil de la hostia, como decía Joaquín Leguina. Vamos a pedir un postre que.. que... que ahora no me sale cómo se llama. Esas cosas de Santa Teresa... ¡torrijas! Una de las cosas del alzheimer es que los nombres no acuden nunca.

Foto: Inés Baucells

Esto del alzheimer es coña, ¿no?

¡Qué va a ser coña! Pero estábamos con que la memoria es traicionera, es creativa, es explosiva, vale. Dicho lo cual, ¿qué recordamos? ¿Qué he elegido yo recordar? Lo que contaba mi abuela, por ejemplo. Hubo muchos registros en casa de mi abuela hasta que cesaron, no sé si por sí mismos o porque pasaron aquellos meses rojos.

(No sé si será una nueva broma sobre el alzheimer, pero de repente Paco Rico descubre que se ha dejado el tabaco en el coche. Como para pedirle que se abstenga. Va. Viene. Se le ve muy agobiado por su descuido, ¿será verdad que...? Veo que fuma Nobel, se lo discuto)

A mí cuando fumaba el Nobel me parecía insípido...

Yo no lo noto, es que, sabe, a mí no me gusta fumar.

Vaya. Bueno, sigamos con los registros.

Contaba mi abuelo (el de derechas en Barcelona) dos incidentes de un registro. Ve, tenía esta pitillera, que era una pieza buena, y la pudo salvar porque la tenía escondida en un faldón del frac, pero claro, los rojos no sabían que en el faldón del frac hay bolsillo y no miraron ahí... Así se salvó la pitillera favorita de mi abuelo.

Mi abuelo pudo salvar su pitillera buena en un registro porque los rojos no sabían que en el faldón de un frac hay bolsillos

La pitillera que conserva Rico de su abuelo. / A.G.

Qué gracia, como en esa película, Sabrina, un personaje se mete dos copas de champán en el faldón del frac, se le olvida, se sienta encima y se le rompen… Era una película deliciosa, con Audrey Hepburn...

No soporto a Audrey Hepburn. En ese mismo registro se salvó otro objeto valioso, un crucifijo de mármol, con pila, bizantino, ortodoxo. Les llamó la atención a los milicianos. Preguntaron qué era, y al saber que tenía que ver con “la religión de los rusos”, se quedaron muy impresionados y tampoco lo tocaron... Por cierto, ¿se ha fijado usted en qué piercing más feo lleva esta camarera que nos sirve? Parece que lleve mocos. Detesto esas cosas.

Ya me he dado cuenta. Ha protestado usted porque yo misma llevo las uñas lacadas de azul. ¿Quiere ver un tatuaje que tengo, aquí en el hombro izquierdo? Es una flor de lis.

Vaya. ¿Es un homenaje a algún monárquico francés?

No. ¿Cómo cree que habría cambiado la vida cotidiana, las vacaciones de todo el mundo, de acabar la guerra civil de manera distinta a como acabó?

Pues a lo mejor habría habido más apoyo internacional y en consecuencia mejores provisiones, más petróleo, comida, etc.

¿Usted recuerda privaciones?

Recuerdo la cartilla de racionamiento, manchada de grasa y demás, que te decía el cupo que tenías, lo que podías comprar. Recuerdo los apagones de luz. En el colegio de los Escolapios, en Balmes esquina Travessera, enfrente de mi casa, tenían siempre preparadas unas lámparas de carburo para cuando se iba la luz.

Fotos del álbum familiar de Paco Rico.

¿Recuerda el estraperlo? ¿El hambre?

Hambre, no. Sí recuerdo que en el 48 o en el 49, viajando con mi abuelo, llegamos a un hotel de Logroño y no sé si a la hora de cenar, o para comer al día siguiente, nos dieron garbanzos con chorizo, todos los que quisieras. Lo recuerdo como mi primer gran festín. Repetimos un montón de veces. Y había cosas muy difíciles de encontrar, que eran verdaderas rarezas. El whisky. La mermelada inglesa, de naranja, Triptree (todo lo demás, confituras). Hay un libro muy interesante de Juan Eslava Galán sobre la vida cotidiana durante la guerra civil. Y las últimas novelas de Baroja, aunque como novelas sean malísimas. Bien es verdad que soy un mal lector de novelas, me aburren. Nunca sabes por dónde te van a salir...

Hambre no pasé. Pero nunca olvidaré un viaje con mi abuelo a Logroño en el 48, en el hotel daban garbanzos con chorizo, todos los que quisieras, todos... Fue el primer gran festín de mi vida

Es como conocer a alguien nuevo, sí...

En cambio, un buen libro especializado de no-ficción, son habas contadas... Sólo hay una cosa que me cueste más que leer una novela, y es un cuento.

Sant Cugat, donde usted ha vivido medio siglo, era en origen un pueblo de veraneo...

Sí, los fabricantes de Terrassa veranearon aquí hasta los años 60. A muchos les pilló la guerra así. Y es que aquel era el tiempo en que las familias acomodadas, como su nombre indica, veraneaban indefinidamente, oh, torre del mirador, como decía un verso de Jaime Gil... Por cierto, que un hispanista americano se empeñó en verle un deje militar a este verso, vaya tontería, eso es no saber que aquí en Cataluña siempre se ha llamado torres a los chalets.

La guerra pilló a muchos veraneando, entonces las familias acomodadas veraneaban indefinidamente en sus torres, que es como en Cataluña hemos llamado siempre a los chalets

Si esas torres hablaran...

Sin duda. Mi abuelo, que nunca tuvo hijos... No se extrañe, je, je, le estoy hablando del segundo marido de mi abuela... Bueno, este abuelo mío fue siempre muy golfo, tanto es así que la noche que murió le velaron tres o cuatro señoras distintas que nosotros no habíamos visto por allí nunca.

Caray.

Concretamente me acuerdo de tres hermanas que vivían en la calle Bolívar. Una de ellas, la que fue amante de mi abuelo, había estado muy bien casada con un industrial catalán, tenían una hija de una belleza... En fin. Durante la guerra estas tres hermanas en su chalet de la calle Bolívar tuvieron escondido a un cura. Y un día tuvieron noticia de que iba a haber registro en la calle. '¿Y ahora dónde metemos al cura?', muy angustiadas se preguntaban. Total, que una, que se llamaba María, se fue con el cura a La Casita Blanca, el famosísimo meublé barcelonés.

Una antigua amante de mi abuelo salvó a un cura de los rojos yéndose con él a La Casita Blanca, un conocido meublé de Barcelona: para pasar el rato allí, se confesó con él

¿Y allí?

Eso mismo le pregunté yo, ¿y allí, qué hicisteis? Y ella me dijo, pues yo, como no sabía qué hacer, aproveché para confesarme.

Inefable.

Luego entre las tres lo sacaron de Barcelona y lo llevaron al puerto, vestidas ellas de milicianas y el cura también, bajando por las Ramblas con unas botellas en la mano, dando tumbos como si estuvieran borrachas.

Foto: Inés Baucells

Parece que cuenta usted todo eso con aguda nostalgia de algo.

Es verdad que contra lo que dice antes se vivía de puta madre, sí, mejor que ahora en muchos sentidos. Los bares no cerraban, ahora en la plaza Santa Ana a las doce está todo cerrado. Podías fumar lo que quisieras donde quisieras. El lujo era barato. Ahora tenemos el paladar estragado, entonces los lujos, las vacaciones espirituales o materiales eran mucho más raras, se disfrutaban mucho más las cosas. Yo en el ejército lo pasé muy bien, me monté un tinglado para hacer teatro, en Zamora, en milicias. Soy la persona más anárquica del mundo y en cambio la vida militar me encanta, porque todo el mundo sabe lo que tiene que hacer en cada momento. Por ejemplo, tú estás en el ejército, al cargo del polvorín, y te dicen, si te vas, te fusilan, tú no te lo tomas en serio, te vas de putas, te pillan y te fusilan. Pues claro. ¡No hay sorpresas!

Eso en la mili, porque en la guerra, guerra...

En esos primeros meses malos, en Madrid, los médicos tenían que ir por la calle con un brazalete bien visible que pusiera, médico, para que se les respetara y se supiera que... y claro.

Claro, ¿qué?

Ay, el alzheimer.

Para alzheimer histórico el de Colau y su nueva ola prorrepublicana absurda

Déjese de alzheimer.

Que no es broma, le digo. Félix de Azúa tiene un sistema: ¿qué estaba yo diciendo hace un momento? Leí ayer en... alzheimer... que un individuo llamado... alzheimer... y así todo.

No sé a quién me recuerda...

Puede que a estos de la nueva ola prorrepublicana absurda, la Colau y demás, que de repente se han puesto a hablar del Tribunal de San Elías, en Barcelona, cuando siempre fue una checa, la checa de San Elías. ¡No me jodas, que no és el mateix!

Ya.

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