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Vicente Dalmau Cebrián-Sagarriga (Madrid, 1970) no para. No descansa. El presidente de la bodega Marqués de Murrieta, en su continuo objetivo de seguir desarrollando la marca, ha abierto Casa Murrieta, un flamante espacio que persigue llevar al corazón de la capital "un pedazo de La Rioja".

El conde de Creixell, de hecho, cumple en 2026 exactamente 30 años al frente de Marqués de Murrieta, la bodega riojana que Forbes eligió en 2025 como la mejor de Europa y que The World's Best Vineyards nombró en 2023 la mejor del mundo.

No son palabras huecas. Son tres décadas de trabajo "incansable", como él mismo dice a EL ESPAÑOL, que han llevado a la compañía a facturar "30 millones de euros al año", a posicionarse en 106 países y a convertirse en uno de los imperios vitivinícolas más respetados del planeta.

Pero para entender el presente de Vicente hay que retroceder hasta 1983, cuando su padre compró la bodega "por una cifra nada rimbombante, pues en los 80 las bodegas no estaban tan bien valoradas", recuerda.

Aquel año, Vicente tenía apenas 13 años y estudiaba tranquilo en el Colegio Británico de Madrid, ajeno a que su vida estaba a punto de cambiar para siempre. Aunque, en realidad, el vino ya corría por sus venas desde mucho antes.

Vicente Cebrián-Sagarriga, presidente de la bodega Marqués de Murrieta. Rodrigo Mínguez EL ESPAÑOL

"Con 5 ó 7 añitos ya ayudaba cada septiembre en la vendimia en una finca al lado de La Toja, en el meollo del valle del Salnés (Galicia), que ha pertenecido a la familia de mi padre desde 1511", cuenta Vicente, remontándose a sus veranos en el Pazo de Barrantes.

Allí, en aquel palacio de granito y vigas antiguas, la familia producía entonces "algunas botellas de Albariño para regalar a la familia y los amigos. Sin fines comerciales". Era un hobby, nada más. Pero aquel niño que pisaba la uva en un lagar de piedra y embotellaba manualmente junto a sus primos no sabía que estaba forjando su destino.

La bodega, una empresa familiar

La compra de Marqués de Murrieta lo cambió todo. En 1986, con Vicente rozando los 16 años, la familia al completo —padre, madre, él y sus tres hermanas— se trasladó de Madrid a una finca en Logroño, a cinco kilómetros de los viñedos.

"Ahí empezaron 13 años apasionantes, porque iniciamos una nueva vida en el campo en la que se fortaleció la unidad de la familia. Mis hermanas y yo fuimos conscientes de lo que es una empresa familiar y del esfuerzo diario de mi padre. Yo aprendí de él que el trabajo incansable es la base de los sueños y los valores de la honradez, la seriedad y la responsabilidad. Y yo le he añadido la obsesión por la excelencia", rememora.

Vicente empezó "como una especie de guía" bilingüe, atendiendo visitas extranjeras a la bodega. Pero su padre tenía otros planes. Con apenas 18 años fue nombrado director del Área de Exportación de la bodega. A los 20, ya dirigía el Comercio Internacional.

Todo ello mientras estudiaba Derecho y Economía en la Universidad de Navarra. "Lo recuerdo ahora como un reto en mi vida muy importante", confiesa Vicente, que admite que no lo pasó bien: "Tenía que cumplir con las dos responsabilidades. Además de aprobar todo, debía sacar adelante unas cifras, un equipo que dependía de mí, una cuenta de resultados…".

Vicente Cebrián-Sagarriga, en conversación con el periodista de EL ESPAÑOL. Rodrigo Mínguez EL ESPAÑOL

Aquella formación exprés, aquella mezcla de estudios, trabajo y sacrificio, resultaría providencial porque el 23 de junio de 1996 todo se derrumbó. Vicente Cebrián Sagarriga padre sufrió un infarto mortal. Falleció a los 47 años. Su hijo tenía apenas 25.

"Tenía 25 años, tres hermanas pequeñas y de la noche a la mañana me tocó asumir el liderazgo familiar. Fue muy duro a nivel emocional, por la pérdida, y a nivel laboral, porque tuve que asumir la dirección general de la bodega y de los negocios de mi padre. Pero no quedaba otra", relata.

Aquellos primeros años fueron "horribilis", como él mismo los califica. La soledad fue "terrorífica". Pero Vicente mostró una coraza de seguridad inquebrantable, aunque por dentro la solidez no fuera tanta.

"Yo tenía claro dos cosas. Una cosa es que debía homenajear la figura de mi padre, que tanto nos había transmitido en educación y en valores. Y luego también demostrarme a mí mismo que podía sacar adelante todos aquellos proyectos", explica.

"Un clásico moderno"

Pese a todo y por suerte, al lado de Vicente siempre estuvo Cristina, la mayor de sus hermanas, hoy directora financiera de Marqués de Murrieta. "Ha sido la persona clave para ayudarme a impulsar y llevar adelante toda la estrategia, todos los sueños, todas las ideas que tenía…", reconoce Vicente.

Juntos pusieron en marcha "la actualización de un clásico anticuado en un clásico moderno". No era sencillo. "No sé qué es más difícil: si crear una marca o actualizar una marca. Puedo hablar de la actualización y no te puedes imaginar lo difícil que resulta transformar la visión que la gente tiene de una marca. No es cuestión de días, ni de semanas, ni siquiera de años. Llevamos 30 años haciéndolo", subraya.

Vicente Cebrián-Sagarriga posa con un estuche del vino Castillo Igay en la sede de Casa Murrieta, en Madrid. Rodrigo Mínguez EL ESPAÑOL

Vicente, en este sentido, se describe como "un perfeccionista inhumano", algo que reconoce es "fantástico para las empresas, pero a veces no tan maravilloso a nivel personal". Pero ese perfeccionismo le ha llevado a entender algo fundamental que el vino le enseñó: el largo plazo.

"No existe ningún gran vino importante en el mundo que no se haya hecho desde el largo plazo. Para hacer un gran vino necesitas un viñedo sólido y cuidarlo con sabiduría y tiempo", reflexiona. Y añade: "Soy una persona tremendamente impaciente, pero he logrado ser absolutamente paciente cuando se trataba de temas empresariales. Creo que esa es una de las bases del éxito".

Su relación con el vino, dice, es "de respeto absoluto". "Un respeto profundo por todo lo que representa este producto. Si no hay amistad y buena relación, la respuesta del vino es dramática. Si obligo al vino a salir en un momento en el que no me ha indicado claramente que está listo y el cliente abre esa botella, me pega una lección magistral. Ha sido máximo respeto, máxima adoración", explica con pasión.

Bodegas y vinos dorados

Los resultados le han dado la razón. El Castillo Ygay Gran Reserva 2010 fue elegido en octubre de 2021 como el mejor vino del mundo, según la revista estadounidense Wine Spectator. El Castillo Ygay Blanco Gran Reserva de 1986 ha sido el primer vino blanco de la historia de España en alcanzar los 100 puntos de Robert M. Parker.

Este año, el albariño del Pazo de Barrantes ha sido elegido por tres revistas internacionales "el mejor albariño del mundo". Y Castillo Ygay es ahora la marca con más vinos de 100 puntos en el mundo.

Pero no sólo los vinos son exitosos. Forbes eligió en 2025 a Marqués de Murrieta como la mejor bodega de Europa. The World's Best Vineyards la nombró en 2023 la mejor del mundo. "Todo esto es Marca España, porque en cualquier movimiento que he realizado a lo largo de mi vida —he llegado a viajar hasta 200 días al año fuera de España para construir todo esto— he tenido muy presente la bandera de España, muy presente el producto de España", asegura.

Vicente Cebrián-Sagarriga en la sede madrileña de Marqués de Murrieta. Rodrigo Mínguez EL ESPAÑOL

Hoy, Marqués de Murrieta y Pazo de Barrantes emplean "más de un centenar de trabajadores" repartidos entre Rioja, Galicia y Madrid. La compañía vende "el 35% de la producción en España y el 65% fuera". Y, en cuanto a la facturación, Vicente es claro: "Nos estamos moviendo en torno a los 30 millones de euros de facturación al año".

El imperio de Vicente Cebrián-Sagarriga, por tanto, no se detiene. A sus 55 años, el bodeguero también se permite mirar al futuro. No tiene hijos, pero sí sobrinos: "Son pequeños pero si ellos quieren, me gustaría que fueran eslabones adicionales en la cadena de Marqués de Murrieta, que fueran continuadores de la labor que realizaron su abuelo, su abuela y sus tíos", confiesa. Aun así, explica que desde el principio les dirá que "no es una vida fácil, sino que requiere compromiso total".

Lo que está claro es que tres décadas después de aquel fatídico 1996, Vicente ha demostrado que el sueño de su padre no solo sobrevivió, sino que se multiplicó. "Siempre he estado vinculado al mundo vitivinícola y tengo verdadera adoración por él", dice.

"Si tengo que calificar estos 30 años, los definiría como de máxima asunción de riesgos, máximo trabajo, máxima constancia, máxima seriedad, máxima honradez, pero sobre todo trabajo y constancia. Algo que siempre he creído fundamental es haber creído en mí mismo", resume el conde de Creixell, que no sólo ha actualizado un clásico, sino que ha construido un imperio.