El olor a palomitas, la arena del suelo y el abrigo puesto. Las luces de colores llenaban el espacio, estábamos en el circo. Los más pequeños con una sonrisa de oreja a oreja, expectantes al espectáculo que estaba a punto de comenzar.



Los bailes animaban la velada. Los aplausos te despertaban tras ver ensimismado a los acróbatas. El triple mortal de lado a lado del trapecio de una compañía brasileña y los números de los payasos, que nunca defraudan. Casi al final del espectáculo, las luces se apagaron, el silencio tomó la carpa y por el centro del escenario Kevin, un hombre con atuendo de Capitán América que aseguraba que saldría volando de un enorme cañón.

Podías oír los latidos de tu corazón, la tensión era máxima mientras escalaba el cañón, miraba al frente, se equipaba con sus gafas y el casco para deslizarse hacia adentro del artilugio. Desde que dejaba de verse al acróbata los segundos eran más lentos, 10, 15, 20 segundos era lo que habrían pasado, pero tenso, aguantando la mirada en la salida de ese cañón que apuntaba al cielo el tiempo era eterno. Una explosión daba paso a un individuo que salía hacia el techo y venía directo hacia donde yo estaba, en apenas un segundo y antes de que pudiera darme cuenta el Hombre Bala ya estaba de pie en la red y saludando al público.



Kevin de la Torre es el último Hombre Bala que queda en nuestro país y su número, espectacular para lo que suele verse en un circo, es como dice el mismo "algo que no cambiaría por nada".