Nos habían invitado a Basilea para a celebrar el 100 cumpleaños de Albert Hofman, el descubridor del LSD. Éramos una tropa de más de 1.000 hippies, psicoterapeutas, artistas, ingenieros de Silicon Valley, filósofos, buscadores, agitadores culturales, traficantes. Dragó perdió el avión por irse por los cerros de Úbeda… O a follar, según dijo.

Más allá de los círculos lisérgicos, a Albert Hoffman lo conocíamos en España a través de los programas y cursos de Fernando, el periodista cultural de referencia para nuestra generación.

Para nosotros, entonces, Dragó era el que había metido en la caja boba la disidencia, la literatura, la borrachera del genio Arrabal y el Oriente. Dragó no dejó de consumir LSD hasta poco antes de su muerte. ¿Para qué? Para vencer el miedo contemplando lo absoluto. Solía recostarse en un ataúd que tiene en su casa de Castilfrío a meditar con lo que era inevitable. Su vida fue un baile sobre un alambre con la muerte. Y en ese baile el LSD tuvo mucho que decir. Moldeó su carácter desde la curiosidad hasta la provocación, sin importarle demasiado nada.

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En Basilea vivió el gran alquimista Paracelso hasta que lo echaron por experimentar en la universidad y desde allí dicen que partió la expedición en la que el físico Newton se dejó el dinero de sus descubrimientos científicos para buscar dragones en los Alpes. A nosotros nos sucedió algo más trivial: unos yanquis nos propusieron montar la fábrica de LSD en España. Así de sencillo. Nos emocionamos, pero declinamos la invitación, pues estábamos mucho más interesados en experimentar sobre sus efectos de apertura de conciencia con nuestro psicoanalista Luis Cencillo que en acabar en la cárcel por vender algo tan peligroso como fascinante.

El caso es que nos dieron unas muestras de aquella sustancia, unas porciones de la mecha de la contracultura americana, de la fruta prohibida. Hablar de esto resulta hoy algo casi trivial, sobre todo en Silicon Valley, donde se ha normalizado el uso creativo, médico y ¡hasta laboral! de la dietilamina 25 del ácido lisérgico, pero entonces no salíamos del estado de inquisición prohibicionista. Junto a Fernando Savater, Dragó y Antonio Escohotado eran los defensores de experimentar con la libertad cognitiva.

Cuando le contamos aquello de la fábrica de LSD a Dragó se le abrieron los ojos y propuso montar el laboratorio en Castilfrío, en su corral, como si se tratara de una fábrica de galletas sorianas: Eleusis en Soria. Ese sería su proyecto.

Para tantearnos nos invitó a celebrar el plenilunio en Tiermes, ruina céltibera y luego dominio Romano: España Mágica. Noche de luna grande. Nos daba miedo que Dragó comenzara a hablar y no parara, así que un experto amigo nos dio una dosis de umbral de la sustancia prohibida y comenzamos a sentirnos leves entre bellas formas geométricas, nubes de metales preciosos desconocidos y lumbres que subían hasta los cielos desde nuestro corazón.

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Compartimos esos alardes. Aquel atardecer de lejanos sacrificios numantinos nos impresionó. Pero un rato después se acercaron los muertos de todas las Españas a la mesa. Todos antepasados nuestros, como familiares. La muerte tenía mil caras, mil nombres, mil historias. Todo el campamento estaba cercado de pámpanos de oro bañados en sangre; sucedían cosas trágicas en distintos tempos, como dentro y fuera de nosotros.

Entonces comenzó el silencio. El gran silencio. La introspección. Dragó se calló por fin, se puso serio. En su cara se reflejó el tarteso, el romano, el francés, el pirata, el joven escritor, el buscador hippie, el libertario, el amoral y el de Vox. Fue mutando hasta ser un viejo epicúreo y todo lo demás. Nuestro común amigo, Leopoldo Alas, poeta y activista gay, que compartía el ágape con nosotros… puso nombre al miedo.

Todos lo tuvimos. Hoy sería complicado pasar una noche como aquella. Éramos todos muy distintos pero iguales en el miedo. Hoy se hablaría de política y de la guerra civil, pues ese era el decorado del viaje. Allí paso lo de siempre, murieron cuatro romanos y cinco cartagineses. Como si hubiéramos entrado en un campo mórfico de los que describe Rupert Sheldrake como constitutivos de la realidad. Asistimos atónitos a tanta barbarie. Pero más adentro estaba el miedo de cada uno a morir en cada instante. El miedo se fue insinuando con mil caras. Y cada uno tuvo lo suyo.

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Clareaba, por fin clareaba. Teníamos más ganas de vivir después de tanta tragedia. Nuestro anfitrión sacó el vino de la uva. Nunca con ese sabor. Bailamos en la hoguera, junto a los chicos que excavaban en las ruinas. Volvió el erotismo y Dragó volvió a las andadas con su discurso erótico.

Nos reímos al compartir aquella alucinación. Comenzamos a filosofar con que nadie quería ser romano en el grupo y que habíamos muerto muchas veces esa noche pero que ahora había que hacer el amor. Hablamos de física cuántica y de los campos mórficos por no hablar simplemente de la muerte. Se hizo la luz y nos olvidamos para siempre de aquella lejana fábrica de LSD.



Javier Esteban es periodista y amigo personal de Dragó.