Fernando llegó a Italia a finales de julio con la única intención de pasar sus vacaciones junto a un par de amigos. ¿Su idea? Empezar en Nápoles y subir después a Bolonia pasando por el Cinque Terre. Disfrutar, descansar… en definitiva, lo habitual en cualquier viaje. Sin embargo, su experiencia, lejos de ser idílica, se convirtió en un ‘infierno’: no estaba vacunado y dio positivo por Coronavirus. Pasó 13 días recluido en un convento en Roma, encerrado y sin llave para poder salir de la habitación, alimentándose a base de macarrones con tomate para comer y cenar, con ansiedad y claustrofobia. “Lo más parecido a una cárcel donde he estado”.

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EL ESPAÑOL reproduce su experiencia en primera persona. Algo que ejemplifica los estrictos protocolos italianos para los contagiados por coronavirus y los ‘hoteles’ donde puede ser alojado cualquiera que se atreva a viajar a Italia:

“Mi ‘aventura’ empezó en Roma. Allí me hice un test de antígenos en una farmacia, donde los venden por 20 euros. Éramos tres y asumimos que íbamos a dar todos positivo. Yo lo di y, aunque allí te sueltan como a los lobos y lo único que te piden es que te encierres por ahí, nosotros nos fuimos a una especie de pensión. Al día siguiente, mis compañeros se levantaron malos también. Y, la verdad, estábamos preocupados. Estábamos en un hotel de mala muerte, pagábamos 90 euros la noche y teníamos que salir a por comida porque no te la llevaban a domicilio… Total, que no íbamos a estar entrando y saliendo. No está bien ir por ahí contagiando a la gente. Así que hablamos con la Cruz Roja para poder ir a un hotel Covid o algo así…

Fernando Meyer. Estuvo 13 días confinado en un convento en Italia.

Al final, me llamó una médico italiana que hablaba español. Carla, se llamaba. Me tomaron los datos y yo le comenté mi situación. Le dije que yo estaba en un hotel de mala muerte y que mis amigos habían ido directamente al hospital a hacerse una prueba. Total, que llegó una ambulancia y me llevó a un hotel Covid. Un convento, con sus crucifijos en la habitación y todo. Y, en paralelo, mis amigos dieron positivo y se quedaron en el hospital.

Yo creía que el hotel Covid iba a ser como los habilitados en España, pero al llegar me di cuenta de que era lo más parecido a una cárcel que he visto en mi vida. Primero, por la sensación de que te meten en la habitación y te cierran con llave; porque nadie habla español ni inglés; porque te ponían un café para desayunar y macarrones con tomate para comer y para cenar –aunque no me voy a quejar de la comida, que encima que te la dan gratis–.

Mi pregunta, nada más llegar, era: ‘¿Y de aquí cómo se sale?'. Pero nada. Entran gritándote y no hay médicos. Total, que a los dos días conseguí averiguar que la única forma de salir de allí era con una PCR negativa. Pero, para que te hicieran una PCR, tenías que estar en una lista. Y para estar metido en la lista... aquello era un chanchulleo… Tenías que caerle bien a la de la limpieza…

El problema es que hay gente que puede pasarse meses dando positivo aunque no contagie o esté sin síntomas. Hablé con uno que llevaba 21 días ahí metido, otro que estaba más de un mes… Todos en una habitación donde apenas entra una cama –que yo puse en el centro– con dos baldosas a los lados. Y, mientras, encerrado con llave –imagínate si ha un incendio–, sin que te den información, sin que sepas cuándo vas a salir, sólo con un cargador del móvil y un libro, teniendo que lavar los calzoncillos en el lavabo… Me dieron ataques de claustrofobia, de ansiedad…

Fernando, tomándose un café en la habitación.

Empecé a tener esperanzas de salir de allí cuando llegó una enfermera peruana con la que ya podíamos hablar en español. Y al día 13 dije: ‘Esto no puede ser’. No podía ser por los ataques de ansiedad. Quería ver a un médico o lo que sea y que me diera algún fármaco para paliar un poco esa ansiedad.

Se me ocurrió entonces que ellos pueden obligarte a pasar la cuarentena pero no en el convento. ¿Y qué hice? Hablar con 300 AirBnb para que uno de ellos escribiera diciendo que yo me podía quedar en su apartamento haciendo la cuarentena porque era más amplío y yo estaba sufriendo ataques de pánico y claustrofobia.

Conseguí entonces que viniera un médico a verme y me dejaron salir. Porque al parecer la autorización por parte de Sanidad tardaba entre 7 u 8 días. Pero dije que o me dejaban salir o me escapaba y llegó la autorización. Y, una vez que tú estás fuera, las leyes italianas cambian y con que hayas dado positivo 14 días antes te dejan ser libre.

De todas formas, me hice una prueba de antígenos y di negativo. Pero aquello fue un infierno. Sé de un italiano que lleva allí más de un mes y… no sé. Hasta en la cárcel te dejan salir al patio. Pero allí nada. Menos mal que conseguí salir”.