Ceuta

La nave industrial de El Tarajal donde permanecen alrededor de 800 jóvenes que entraron a Ceuta de forma irregular desde el pasado lunes parece un recinto de alta seguridad. De hecho, lo es. Antes de entrar, una tanqueta militar custodia un lado de la avenida circular del polígono en la que se encuentra y por la cual accede el personal (enfermeros para hacer PCRs, seguridad...). 

EL ESPAÑOL, en una primera intentona, trata de entrar, pero se choca con el "no" de los agentes que custidian, como si fuera una fortaleza, la entrada a la nave de El Tarajal. 

-“¿Identificación?”

-Periodista.

-”No puede pasar”.

La prensa tiene prohibida la entrada y se encarama en una de las barandillas en el otro lado de la avenida del polígono. Allí, una verja permanece abierta porque conecta directamente con la frontera en la playa, desde donde han sido reconducidas miles de personas que han tratado de llegar a España a nado en los días anteriores. En un momento de despiste de la policía, EL ESPAÑOL ha podido acceder al epicentro de la crisis migratoria de Ceuta, que se ha trasladado de la playa a esta nave de El Tarajal.

La entrada está fuertemente custodiada por dos furgonetas de la Policía Nacional, una frente a la otra. Por el hueco que dejan, pasan hileras intermitentes de jóvenes migrantes que la policía recoge en batidas por toda la ciudad. El trajín de furgonetas policiales que descargan a grupos de hasta 10 chicos es constante. Los traen incluso en convoyes de taxis, como ha podido atestiguar este periódico.

Una vez en el interior del recinto, agentes del orden de la Unidad de Intervención Policial (UIP) los sientan en el suelo, en una especie de patio cubierto con redes del Ejército. Ahí esperan, a veces horas, a que los voluntarios de la Cruz Roja les hagan una prueba de antígenos. En la mañana del jueves ya se contaban 780 tests diagnósticos de este tipo en la nave, entre los cuales se detectaron, al menos, nueve positivos. Son los datos oficiales facilitados por la Delegación del Gobierno.

Los menas entran en las naves del Tarajal en Ceuta

La presencia policial es abrumadora. Hay decenas de agentes, entre UIP uniformados de azul, agentes de Extranjería con chalecos reflectantes y otros con trajes bacteriológicos que corretean de un lado para otro. Sacar imágenes es completamente imposible. Los funcionarios se dirigen a los jóvenes y les dan indicaciones con signos.

Ejecutado el test de antígenos, el segundo paso es una prueba oseométrica de densidad y una radiografía panorámica de la boca. Esto permite a los agentes determinar, aunque no con una precisión total, si los inmigrantes son menores o mayores de edad. En el caso de que sean menores, se quedan en el interior de la nave, donde pasarán las noches que haga falta hasta que se les pueda reubicar.

Duermen en el suelo, con mantas que les ha dado la Cruz Roja. También hay mesas y bancos fijados a ellas, donde comen. El alboroto es total, porque los centenares que se amontonan en estas pésimas condiciones, saben que son menores y eso les garantiza un pasaporte para un centro de acogida, e incluso para la península. Los baños y las cañerías en el interior están destrozados desde la llegada masiva de jóvenes a esta precaria infraestructura.

Por su parte, los mayores de edad, son reconducidos a la zona neutra, en la misma frontera a un centenar de metros de la nave, donde se encuentra la oficina de asilo. Allí se decide su futuro, en función de cada caso. La gran mayoría son devueltos a Marruecos sin cumplir con el protocolo de devolución y sin la presencia de un abogado. Desde las 22:00 del miércoles, España pactó con Marruecos la devolución de 40 personas cada dos horas, hecho que se cumple a rajatabla. La verja se abre a las 13:00, a las 15:00, a las 17:00...

Dentro de España

Muchos de los chicos que ya han sido identificados como menores en El Tarajal son enviados al centro de Piniers, en el barrio de El Príncipe, a un par de kilómetros hacia el noreste. Este segundo recinto, que acoge en estos momentos a 200 menores, es un paso más hacia el ansiado sueño de pisar la España peninsular. Aunque no hay presencia policial, el centro se encuentra en el interior de una propiedad privada que alquila la ciudad autónoma y que está fuertemente custodiada por una compañía de seguridad. Tampoco se permite el acceso a la prensa, pero un vigilante de seguridad acompaña a EL ESPAÑOL a una oficina desde donde se aprecia el interior.

Los propietarios del terreno donde se encuentra Piniers han alquilado al Gobierno autonómico 15 sanitarios individuales portátiles y 50 barracones de obra que han sido readaptados para alojar a los menores: en su interior ya hay literas, proporcionadas por el Ejército, y hasta aire acondicionado. Han bastado, sin embargo, unas horas con la presencia de sus nuevos huéspedes, para que el destrozo sea, de nuevo, evidente. En Piniers, los menores cuentan con dos grandes carpas que hacen de comedor y de mezquita. El personal también les organiza juegos; se duchan con agua caliente gracias a barracones con termos y, sobre todo, pueden entrar y salir libremente: no son ilegales.

Menores esperando a la puerta del centro de acogida de La Esperanza. Quieren que les den una plaza. Rafa Martí

Con ese estatus es con el que sueñan Adam, de 17 años, Imad y Zakaria, ambos de 16. Están ante la puerta del centro de menores de La Esperanza, en el barrio de Hadú. Aquí viven en estos momentos 230 menores en una situación de casi hacinamiento. Este es el único lugar permanente en Ceuta para acoger a menores no acompañados y su infraestructura es menos precaria. Los tres chicos no hablan una palabra de español y pueden comunicarse gracias a Mouad, de 24 años, que chapurrea el inglés. Este cruzó a nado el pasado martes con la apertura de la frontera por parte de la policía marroquí, con el fin de visitar a unos amigos. Tiene la intención de regresar a Marruecos este jueves.

Adam, Imad y Zakaria llevan varios días vagando por la ciudad y durmiendo al raso. Están agradecidos porque los ceutíes les han dado de comer. Pero quieren ir al centro. Mientras este periódico los entrevista, se unen en forma de corrillo unos cinco chicos más, de cuya conversación solo se entiende “menor” y “mayor”.

Su principal miedo es ir a la nave de El Tarajal y que la prueba determine que son mayores de edad. No quieren volver a Marruecos bajo ningún concepto. Piensan que es una trampa. Sin embargo, si no pasan el test de antígenos, no se determina su edad y Extranjería no tramita su expediente, no podrán entrar en un centro como La Esperanza. Su verja permanece cerrada y ni un solo trabajador sale a explicar a los jóvenes el proceso que tienen que seguir para ser acogidos. Intercambian información entre ellos y evalúan sus opciones.

Al final, decepcionados, se van, resignados a acudir a El Tarajal y cruzar los dedos para que no los devuelvan o a seguir en la calle. Algunos han escuchado que el Ejército y la policía española han practicado devoluciones de menores, un hecho que no está confirmado.

Los menores esperan en la cola para hacerse una PCR en la nave del Tarajal. EFE

Cruzar el Estrecho

La desconfianza y el pavor que genera en muchos jóvenes un regreso forzado a Marruecos provoca que los parques de la ciudad sigan repletos de ellos. La gran mayoría que se concentra, por ejemplo, en los Jardines de la Argentina, cercanos al puerto. Aquí hay jóvenes de Casablanca, e incluso del Sáhara Occidental, según relatan. Su edad supera en muchos casos los 25 años y, entre ellos, hay muchos veteranos que han cruzado la valla a Europa en otras ocasiones y han vivido en países como Suiza o Alemania. La caducidad de sus papeles les obligó a volver y la apertura de la frontera marroquí les animó a intentarlo de nuevo.

Ellos saben que son mayores de edad y por eso ni se plantean acercarse a El Tarajal. Su estrategia consiste en vagar por la ciudad evitando las batidas de la policía y, en cuanto puedan, dar el salto a la península. Alrededor del puerto de Ceuta son numerosas las concentraciones de estos chicos que esperan su momento para asaltar la fortaleza portuaria ceutí. La infraestructura está completamente vallada, de tal forma que no hay un solo muelle con acceso al mar que no esté controlado por una garita de la Policía Portuaria o verja de seguridad.

A la hora de salida de los ferrys, se montan controles policiales en los accesos. Sin embargo, los irregulares se cuelan en el interior del puerto horas antes de que partan los barcos para eludir la seguridad. Lo hacen subiéndose a postes de farolas pegadas a los muros. Una vez dentro, esperan escondidos en los espigones hasta que llega el momento. Muchos se tiran a las aguas del puerto y nadan sigilosamente debajo de los pantalanes flotantes para evitar ser vistos. De esta forma se acercan a los ferrys, a los que tratan de trepar por las maromas o las cadenas de las anclas, en caso de que estén echadas.

La peligrosa maniobra es solo una dentro del inventario de estos jóvenes inmigrantes. Su desesperación y ganas de llegar al continente europeo son totales: están dispuestos incluso a cruzar el Estrecho con neumáticos o balsas construidas con botellas de plástico con tal de no regresar a Marruecos, su país natal, al que insultan constantemente en presencia de los periodistas.

Noticias relacionadas

Contenido exclusivo para suscriptores
Descubre nuestra mejor oferta
Suscríbete a la explicación Cancela cuando quieras

O gestiona tu suscripción con Google

¿Qué incluye tu suscripción?

  • +Acceso limitado a todo el contenido
  • +Navega sin publicidad intrusiva
  • +La Primera del Domingo
  • +Newsletters informativas
  • +Revistas Spain media
  • +Zona Ñ
  • +La Edición
  • +Eventos
Más información