Carme Font era la jefa de enfermería de nefrología de la Clínica Girona. El pasado 25 de septiembre acabó su turno a las 3 de la tarde. Se dirigió a su casa, donde pasaba consulta como podóloga. Aquella tarde sería tranquila, sólo tenía una cita concertada y recibiría al conocido de su amiga Consuelo, una compañera de trabajo a la que conoció y ayudó hace 20 años. Nada sospechoso a priori. Sin embargo, aquello no era una cita, sino una traición: pretendían robarle y acabarían por matarla.

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Girona. 19 de agosto de 2020. Consuelo, enfermera en la Clínica Girona, le envía un mensaje de Whatsapp a su supervisora de nefrología. “Hola le he dado el móvil a Montserrat que te envía alguno que quiere hacer algo de los pies. Buen día”. La receptora es Carme Font, enfermera de 68 años. Ya debía estar jubilada, sí, pero se resistía a dejar sus quehaceres. El trabajo era su vida.

Las dos empleadas se conocieron dos décadas atrás, eran amigas. Carme ayudó a Consuelo a encontrar trabajo. Desde entonces, tenían también una relación profesional, aunque la situación personal de ambas era bien distinta.

Carme tenía su trabajo en la Clínica de Girona como jefa de enfermería. Hacía varios años que se había quedado viuda. Su marido era un tendero de Girona al que todos recuerdan como un buen hombre. Tenía una hija, pero vivía sola. Su residencia y su clínica de podología se encontraban en el mismo piso y bloque de la carretera de Barcelona, en Girona. Los inmuebles estaban conectados interiormente.

Su situación económica era buena. Sus dos empleos, además de la gestión de propiedades inmobiliaria, le colocaban en una posición de solvencia. La suficiente para guardar, incluso, dinero en cajas fuertes en casa.

Por el contrario, Consuelo tenía algunas deudas. También su marido, Jordi, transportista de profesión. El pasado mes de octubre cumplieron 57 y 64 años respectivamente. El matrimonio, según las investigaciones realizadas por los Mossos d’Esquadra, necesitaba dinero para paliar su insolvencia.

Consuelo y Jordi entablaron un plan para conseguir la liquidez. Sabían que Carme tenía en casa, en sus cajas fuertes, y cómo podían acceder. Buscaron la forma de que estuviera sola, que las alarmas no sonaran. Lo prepararon todo con detalle. Lo único: para este plan necesitaban sumar a dos compinches más.

El 25 de septiembre de 2020, Carme la abrió la puerta a su paciente. Al menos, eso pensó. Con él tenía una cita a las 18.30 horas para tratarle un problema en los pies. Pero el hombre que entró en su domicilio no se llamaba Carlos, como había dicho, ni acudió a tratarse. Ni siquiera iba solo. 12 segundos después de él entró en la casa otro varón, un cómplice. Los dos hombres salieron del lugar poco más tarde de las 19 horas. Carme yacía por entonces sin vida en su domicilio. La habían asesinado.

Un plan muy peliculero

Consuelo, Jordi, Nicolás y Eugenio. Estas cuatro personas fueron detenidas por los Mossos d'Esquadra hace apenas unas semanas por el asesinato de la enfermera Carme Font. Además, se les imputa un delito de robo con violencia en casa habitada. Todos se encuentran ya en prisión provisional a la espera del juicio.

Los Mossos han desarrollado esta operación durante varios meses. El operativo policial no tenía en principio un hilo conductor del que tirar. La casa de la doctora Font estaba revuelta, aunque no faltaban demasiados objetos personales. Todo hacía indicar que el móvil del asesinato era un robo que se había ido de las manos.

Sin embargo, tenía que ser alguien conocido. La puerta de la clínica no estaba forzada y la alarma de la casa no había saltado. ¿A quién le había abierto la puerta Carme aquella tarde?

La última persona que la vio con vida tuvo que ser la cita que tenía concertada para ese viernes. La agenda de la víctima y su móvil, aún con batería cuando fue encontrada muerta en su casa, darían alguna pista más a los investigadores. El móvil del delito continuaba siendo el robo, pero había que localizar a la última persona que entró allí. Parecía fácil, pero aquella persona había dado un nombre falso y había comprado una tarjeta SIM a nombre de una mujer.

Comenzaron los interrogatorios a las personas cercanas a Carme. Se encontraron dos testigos en el bloque. Uno de ellos había visto a un hombre en actitud sospechosa mirar por la ventana de una gestoría aquella tarde. Otro vecino se percató de la presencia de un varón, vestido con gorra, mono azul y portando herramientas en el bloque aquella tarde. Aunque había obras en algún piso, aquella tarde no trabajó allí ningún operario. Eran las únicas pistas, hasta que los interrogatorios y los rastreos de los móviles hicieron encajar las piezas del puzzle.

El plan había sido trazado durante un mes por Consuelo, Jordi y Nicolás. Eugenio, con antecedentes penales, se unió al final como brazo ejecutor. Todo estaba perfectamente ideado, pero había demasiados fallos en un asalto de película. 

Eugenio y Nicolás se desplazaron aquel 25 de septiembre hasta un lugar cercano al peaje de Girona. Allí les recogió Jordi, que haría las veces de chófer. Les trasladó hasta el lugar. 

Una vez atestiguaron que nadie podía verles huir, entraron en el bloque. Eran pasadas las 18 horas, poco antes de la cita concertada. Fue entonces cuando, según las investigaciones, Nicolás llamó a la puerta. Carme le abrió y él accedió al interior. Poco después entró Eugenio. Con alevosía, pegaron a la enfermera en la sala de espera, donde se encontró el mayor charco de sangre.

Tras un primer golpe que la dejó malherida, llevaron a la mujer a los departamentos donde estaban las cajas fuerte. Siguieron con las torturas, pero no conseguirían su objetivo: obtener la combinación de los cofres. Finalmente, acabaron por ahorcarla, aunque no accedieron al botín. Nicolás acusó a Eugenio de ser el causante último de la muerte. Removieron toda la casa, pero sólo se llevaron, que se sepa, tres anillos que la víctima portaba siempre. 

La muerte de la mujer parecía inevitable. La recomendación provocaba que el mero robo hiciera fácilmente identificables a los ladrones en caso de que Carme saliera de aquello con vida. Sea como fuere, tarde o temprano serían descubiertos.

Jordi recogió a sus compinches y los llevó hasta el coche que habían dejado en el peaje de Girona, donde separaron sus caminos. Consuelo, mientras tanto, estaba pendiente del móvil. Llamó a su marido aquella tarde a las 18 y a las 19 horas para cerciorarse de que todo iba según lo estipulado. 

Asesinos con antecedentes

El matrimonio instructor sólo tuvo que señalar: aquí está esto y allí está lo otro. Los Mossos creen que fue Jordi el que lo planeó todo. Nicolás, 66 años, con deudas que ya había dejado de pagar y una pensión de poco más de 400 euros, tenía que ser el cebo y el brazo ejecutor. Eugenio, de 56 años, que aún vive con sus padres y tiene un amplio historial delictivo, le ayudaría.

Los días posteriores al asesinato, los ahora reos estaban nerviosos. Los investigadores recababan pruebas en su contra y les pisaban los talones. El diario El Punt Avui retrataba el pasado delictivo de los presuntos asesinos de la doctora Font.

Nicolás trabajó como piloto de las lanchas del narcotraficante Jacques Antoine Cannavaggio, alias El Corso. Fue detenido en 1988, en el caso de la Cala Morisca, y se le condenó a seis años de cárcel. Sólo cumplió tres en prisión preventiva.

En aquella época también se saltó la ley Jordi. Falsificaba billetes de 10.000 pesetas y los intercambiaba en una gasolinera catalana. Fue condenado, pero recibió el indulto del Consejo de Ministros. Los billetes eran de mala calidad y no se le consideraba un preso peligroso.

Por último, Eugenio es el que mayor historial delictivo acumula. Sin embargo, nada trascendental.