“Muchos ánimos a las personas que no les interesa el fútbol y no se sienten especialmente conmovidos por la muerte de un gran mito. No estáis solos, tened fuerza, esto pasará”, Mikel López “comidista” Iturriaga (53) tuiteó su hartazgo hace unos días bajo el hashtag #Todoirábien. El hashtag se las trae, parece gritar: ¡una carretilla de bicarbonato para el empacho de elogios! Muchos pensamos como Mikel. Maruja Torres no tardó en retuitearlo. Torres, una ametralladora Browning de Twitter, había disparado una ráfaga poco antes: “Lluvia de cursis deportivos tras la muerte de Maradona”.

La muerte de Maradona tuvo una cobertura excesiva que provocó en las redes una catarata de protestas alternativas reivindicando el “basta ya” de halagos, y que acabó generando el efecto colateral de seguir alimentando la conversación. Pero… ¿algún iluso aún piensa que iba de fútbol la cosa? Yo creo que no. La tormenta mediática no se hubiese retroalimentado si Diego Armando -“estamos esperando que vuelvas”- hubiese sido además de un genio del fútbol, buen marido, mejor padre, un jubileta equilibrado… En definitiva, un hombre en sus cabales. Mitomanía y morbo son dos salsas que ligan bien en la red de redes. ¿Alguien se imagina a Messi en semejante catarsis? Por lo tanto, el detonador fue la mala vida del pibe, una vez más, lo que no da morbo es un estorbo.

“¿Por qué se habla tanto de Maradona?”, me preguntó la misma noche de su defunción una periodista casi licenciada. Uno de mis chavales golpeó en el mismo clavo: “Papá, ¿si era un drogadicto, por qué todas las televisiones dicen que era una leyenda?”. La pregunta iba por la escuadra.

Todas las portadas casi iguales.

Esta semana escuché a Felipe González (78 años, los mismos que Joe Biden) recordar, tras la presentación de la biografía de Rubalcaba: Un político de verdad (Antonio Caño. Plaza y Janés), la frase del exministro: “En España enterramos muy bien”. A Dieguito la frase le quedó corta. Hay veces, pocas menos mal, que “el planeta entero decide enterrar a la vez”. Eso le pasó a Diego. El tsunami de halagos provocados por Maradona, quedó muy claro que “no es una personal cualquiera, sino un hombre pegado a una pelota de cuero”; un fenómeno no solo ibérico, fue eso que los disqueros americanos bautizan como un “crossover”, un éxito transversal, intergeneracional, global, multimedia… lo que los castizos llaman “para todo quisqui”.

Entre la avalancha de panegíricos disfruté mucho con el titular de Enric González (61), “Murió el inmortal” para El País; la crónica de John Carlin (64) en La Vanguardia y también el vídeo en el que se ve al pelusa bailando con la bola el Live is Life del quinteto austriaco Opus (1993). Si aún les queda un hueco en su cerebro para la “Maradonamanía” invito a revisarlo. Nunca odié tanto esa canción, el Paquito Chocolatero de bodas, bautizos y comuniones. Nunca me imaginé que volverla a escuchar me pondría los pelos de punta.

Contradicciones en la vida del futbolista hubo miles. ¿Le han visto con los dos Rolex, uno en cada muñeca? ¿Cómo un héroe transnacional se dejó manipular por Castro o Maduro? Maradona fue un juguete para los sin escrúpulos. La política, como tantos otros, le utilizó. Apenas unas hora después de su muerte, Maduro anunciaba en vídeo, en formato vertical de teléfono móvil, haber descubierto la molécula que salvará al pueblo venezolano de la Covid. El testimonio no tiene desperdicio.

El mundo se empapeló de portadas con truco, invitando a la emoción editorial, pero no todas las portadas que rascan en la emoción se sostienen. La técnica, consagrada por Jan Wenner (73) para Rolling Stone en los setenta se parece mucho a algo así: imagina que muere alguien querido y te piden que le hagas un sello. En Europa el diario Libération es uno de los maestros. El Periódico de Cataluña lo supo jugar en los noventa. Hace años que lo que era un truco propiedad de los editores de revistas fue arrebatado por los diarios deportivos que gastaron la fórmula cada vez que había una gesta.

A los diarios deportivos -en España las portadas de Marca causaron sensación en los noventa- se fueron sumando los diarios generalistas. En el siglo del meme, el menos pensado da con la idea que enciende la viralidad. El problema es que en la aldea global de internet aparecen portadas emocionales como churros, casi todos los días, y cuando el que fallece es un leyenda la competición es mundial e instantánea. Es el momento de abandonar. ¿Te acuerdas cuando te sorprendías porque todas las televisiones a la misma hora emitían un concurso de nuevos cantantes? Pues es lo mismo.

Propongo al lector, una tarde de lluvia, elaborar una lista de posibles candidatos a desatar el próximo fenómeno. Yo ya tengo una lista, pero permítanme que no la comparta. De niño me enseñaron que compartir es vivir, pero en la ciberesfera lo que no se comparte ya tiene un valor en sí mismo.