Murcia

El martes 10 de diciembre, José Alberto ingresó en un centro de Lorca y su tutela pasó a manos de la Comunidad Autónoma de Murcia. Un juez le declaró incapacitado. Se consumaba el último capítulo de la durísima vida de este chico, de 20 años, diagnosticado de una discapacidad intelectual. Recientemente logró sobrevivir al ataque de un grupo de jóvenes. Lo cogieron y lo arrojaron al río Segura para vengarse de las denuncias que había interpuesto contra ellos, por lesiones y robo con fuerza. Lo cuenta su madre. “Estoy destrozada porque ahora mismo no puedo ver a mi hijo, pero por otro lado, al saber que está interno en un centro vivo más tranquila porque sé que ya no corre peligro”, explica a EL ESPAÑOL con un nudo en la garganta.

Noticias relacionadas

Se llama Ana. El caso de su hijo motivó la apertura de unas diligencias por tentativa de homicidio en los juzgados de instrucción de Molina de Segura. La mujer ha perdido la custodia del joven. Mientras se adapta al régimen del centro no podrá visitarlo. Su primogénito lleva sufriendo vejaciones desde la infancia, a causa de su discapacidad intelectual. La única solución que ha encontrado su madre para atajar la situación ha sido colaborar con los servicios sociales y las instancias judiciales para lograr que José Alberto fuese declarado incapacitado. “Comencé los trámites hace dos años: tiene el cuerpo muy grande, pero la mentalidad es la de un niño”.

- ¿Cuándo empezaron los problemas?

- En la escuela ya se metían con él: le bajaban los pantalones, le escupían y le hacían zancadillas.

El tortuoso periplo de José Alberto por las aulas de Infantil y Primaria de un colegio de Las Torres de Cotillas solo fue el preludio de lo que le esperaba en el instituto. “En primero de Educación Secundaria Obligatoria empezaron a pegarle y mi hijo comenzó a defenderse”. Las peleas eran casi diarias y pasados dos años esta mujer optó por cambiar de centro al chico: “No acabó sus estudios de ESO porque decidí llevarlo a otro instituto para que estudiara Formación Profesional”.

- ¿El cambio de instituto dio resultado?

- Los recreos los pasaba en un rincón. Me decía que se sentía solo: mi hijo ha pasado por mucho.

Por aquel entonces Ana había rehecho su vida tras perder a su marido por un cáncer y había comenzado una relación sentimental con José, un chófer profesional, que se involucró en el cuidado de sus dos hijos como si fuesen sangre de su sangre. De hecho, su pareja, cuando el trabajo con su camión se lo permitía, se encargaba de llevar a José Alberto a su nuevo instituto porque una vez más estaba sufriendo el acoso de sus compañeros de clase.

“Había un grupo de siete chicos que se metían con él, pero no contaba lo que le ocurría en clase: sabíamos que le seguían pasando cosas malas porque regresaba a casa dando portazos y se pasaba el día sin salir de su habitación”, comenta José a este diario. “A mi hijo le han hecho mucho bullying”, resume Ana, sin paños calientes.

Videojuegos y redes sociales para evadirse

Parque de la Constitución de Las Torres de Cotillas donde los siete jóvenes le maniataron. JGB

La vía de escape de José Alberto eran los videojuegos, la informática, el teléfono móvil y las redes sociales porque cuando salía a la calle no le iban mejor las cosas que en el instituto. Valga como ejemplo una ocasión en la que acudió al Parque de la Constitución y unos adolescentes le raparon la cabeza al cero. “Se pasó un mes encerrado en casa con una gorra”, recuerda Ana viéndose obligada a dejar de hablar para contener las lágrimas.

“Él solo quería hacer amistad con todo el mundo”. Su pareja, José, toma la palabra para narrar indignado más episodios vejatorios contra el hijo de su mujer que padece una discapacidad intelectual: “Una vez estaba con unos chicos y se mearon dentro de un litro de cerveza y le dieron de beber; otra vez le fueron persiguiendo con un coche por la avenida Juan Carlos I; otra vez lo llevaron a Bullas y lo dejaron allí abandonado, también le han obligado a ponerse en mitad de la carretera mientras pasaban los coches; le han robado varias veces el teléfono móvil…”.

A los 16 años José Alberto comenzó a acudir al gimnasio. “Se apuntó para que la gente le respetase”, dice su madre. Y su pareja sentimental justifica la decisión que adoptó el adolescente exponiendo a este diario el panorama con el que lidiaba el chico a diario: “Una vez había una ‘manada’ de quince zagales de su instituto esperándole en la puerta de casa para reírse de él y tuve que salir a echarlos”.

Ni Ana ni José pretenden convertir en un mártir a José Alberto. Reconocen que con el paso de los años la convivencia con este adolescente llegó a ser insostenible: “Todo lo que sufría en la calle lo acabó pagando en casa con agresividad hacia nosotros”. Tanto la madre, de 42 años, como su pareja, de 51 años, llegaron a ser atacados físicamente por José Alberto. Al joven discapacitado intelectual se le impusieron medidas, pero no solo no acudía al centro de menores, sino que empezó a mostrar otras conductas inapropiadas como pasarse las noches en vela y el día durmiendo, insultaba a otros jóvenes por redes sociales como WhatsApp...

Cuando José Alberto cumplió los 18 años, alcanzando la mayoría de edad, la pareja optó por mudarse a otra casa para que sus hijos pequeños no presenciaran esos comportamientos agresivos. “Mi hijo tenía un pensión de orfandad y se quedó viviendo en el dúplex de su padre, pero yo iba todos los días a verlo para saber que estaba bien, le llevaba la comida y la cena, iba limpiarle la casa, también le hacia la compra todas las semanas…”, enumera Ana.

- ¿Qué le empujó a iniciar los trámites de incapacitación de su propio hijo?

- Traté de que acudiera a un centro de día en Molina de Segura para que cumpliera unos horarios y aprendiese un oficio para que tuviera un porvenir el día de mañana, pero no quería ir. Los chicos de su edad le habían hecho muchas cosas feas a lo largo de su vida. José Alberto no sabía convivir en familia y tampoco podía vivir solo.

Fachada del dúplex en el que estuvo viviendo solo José Alberto al hacerse mayor de edad. JGB

Ana no tuvo más alternativa que la incapacitación porque cuando su hijo alcanzó la mayoría de edad ya no podía controlarle y el inmueble situado en la calle Juan Domingo Perón de Las Torres de Cotillas se convirtió en el escenario de todo tipo de situaciones surrealistas. “Venían jóvenes a cualquier hora del día: montaban jaleo, tiraban huevos, piedras, colocaban ramas de árbol en la puerta de la casa…”, tal y como detallan varios residentes de esta calle. La madre del adolescente discapacitado corrobora que la emancipación forzosa de su hijo solo le trajo más quebraderos de cabeza: “En el dúplex entraba todo el mundo, le hicieron quemaduras a un sofá, rompieron un edredón, me robaron 300 euros en joyas, me quitaron una minicadena…”.

Entre los adolescentes que acudían al citado inmueble se encontraban los siete jóvenes que centran las diligencias de los juzgados molinenses por tentativa de homicidio contra José Alberto, entre otros supuestos delitos. “Lo único que sabemos de ellos es que los conoció en el Parque de la Constitución, que son de Las Torres de Cotillas y que tienen entre 17 y 23 años”, sostiene la mujer. “Mi hijo nunca nos los llegó a presentar”.

En noviembre esas ‘amistades’ fueron denunciadas en el puesto de la Benemérita por José Alberto después de que Ana acudiese al dúplex a hacerle una visita. “Fui a ver a mi hijo, como siempre, y José Alberto me pidió que le acompañase a poner una denuncia: me contó que sus ‘amigos’ le habían puesto bridas en las manos y en los tobillos y le habían maniatado en un banco del Parque de la Constitución”. Como no tenían tijeras, le quitaron las bridas con un mechero y le provocaron quemaduras de primer grado en una muñeca al joven discapacitado intelectual. También le explicó a su madre que supuestamente le habían encerrado en los aseos del jardín y le habían tirado orines por la cabeza.

“José Alberto les dijo a esos chicos que les iba a denunciar por todos esos episodios de vejaciones y se presentaron en el dúplex en el que vivía con el objetivo de amedrentarle: a la casa entraron dos chicas que le engañaron porque ellas se encargaron de abrirles la puerta a tres chicos que llegaron después y que destrozaron las puertas de las habitaciones de la primera planta a las que les habíamos puesto cerraduras para no sufrir más robos”. José Alberto, en el mismo fin de semana, acudió en dos ocasiones acompañado de su madre a las dependencias del Instituto Armado para denunciar los supuestos malos tratos que le infligieron, así como los actos vandálicos que protagonizaron en el inmueble en el que residía, el robo de dos relojes, una cafetera de cápsulas y un teléfono móvil.

Vejaciones extremas

Puerta de la casa del joven destrozada presuntamente por los detenidos. JGB

Cuando los jóvenes se enteraron de las denuncias del discapacitado supuestamente volvieron a su encuentro un lunes por la noche. “José Alberto iba caminando por la avenida Juan Carlos I y un turismo se paró a su lado, uno de los ocupantes del coche se bajó para decirle a mi hijo que quería hacer las paces con él por todo lo que había pasado en la casa, pero le pusieron una bolsa en la cabeza y lo metieron en el vehículo”. Estos jóvenes condujeron hasta un paraje de La Loma, una zona que está al oeste de Las Torres de Cotillas, donde confluyen los cauces de los ríos Mula y Segura. “Uno de los chicos se bajó del coche con mi hijo, empezó a hablar mientras se fumaba un cigarrillo, y cuando se lo fumó lo empujó al agua”, tal y como narra esta mujer hastiada de ver sufrir a su retoño.

José Alberto, en plena noche, perdió las gafas al impactar contra el agua desde una altura de cinco metros. “El pobre no veía nada y salió como pudo del río agarrándose a las cañas porque se resbalaba con el fango”. La mujer no exagera ni un ápice en su relato porque la Guardia Civil sostiene en sus diligencias que corrió peligro la vida de este veinteañero y especifica que cuando logró salir del cauce del Segura tuvo que andar completamente mojado, con temperaturas bajas, durante más de tres kilómetros porque los chicos huyeron de La Loma con el turismo.

Ana se enteró de este episodio al día siguiente: “El martes fui a verlo a su casa, empezó a llorar y me pidió que le acompañase para denunciarlos por tercera vez”. La Guardia Civil inició una investigación que se saldó con la detención de siete jóvenes, entre ellos algunos menores de edad, por los supuestos delitos de lesiones, robo con fuerza, detención ilegal, omisión del deber de socorro y homicidio en grado de tentativa.

“Esos chicos fueron los mismos que se lo llevaron este verano a unas fiestas de Molina de Segura. Le dieron de fumar porros, le emborracharon con cervezas y cubatas. En el camino de vuelta a Las Torres de Cotillas, lo abandonaron en medio de la carretera nacional N-344”, denuncia iracundo José. “Una pareja se lo encontró y lo llevó al hospital”. Sin embargo, no hay testigos de tales hechos y no se puede probar que fuesen los mismos chicos que han sido arrestados por la Benemérita por tirar a José Alberto al río. La pareja no quiere ofrecer ningún dato de los siete detenidos porque hace tres semanas, uno de ellos se presentó en su casa. “Tenemos miedo de sufrir represalias”.

Ahora lo único que espera Ana es que los juzgados no dejen impunes las supuestas vejaciones continuadas que ha sufrido este joven, de 20 años, diagnosticado de una discapacidad intelectual: “No le deseo a nadie esta situación horrible de sufrir todos los días pensando qué le harán a tu hijo”.