F. J. se presentó a altas horas de la madrugada en la casa de sus padres, situada en Felanitx, un pueblo del interior de Mallorca, a 50 kilómetros de Palma. El hombre, de 54 años -con un carácter violento y consumidor de cocaína- tenía una orden de alejamiento impuesta por sus progenitores. Este comenzó a golpearles sin control, les apaleó y obligó a su padre a comerse el valor más preciado de su casa: un cuadro de Miró. Ahora, ha sido condenado a 10 años de prisión

Noticias relacionadas

Como publica Última Hora, tendrá que indemnizar a las víctimas con 3.000 euros a cada una por los daños morales y 800 por las lesiones causadas. A su madre le pagará 3.480 euros por las secuelas sufridas. Además, deberá abonar el valor del cuadro de Miró que destrozó y la otra obra de Mayol que también destruyó cuyo precio aún no ha sido calculado.

Tenía problemas con las drogas

Los hechos ocurrieron el pasado 28 de octubre, cuando F. J. tiró abajo la puerta de la casa familiar donde residían sus padres. El hombre, con un fuerte carácter, se dirigió a la planta de arriba donde se encontraba la pareja y ahí empezó la pesadilla. Agarró por el pelo a su padre y lo derribó. Tras esto, le arrastró hasta las escaleras, le inmovilizó y saltó sobre su abdomen. Y cada vez que intentaba decir algo, F.J. le propinaba un fuerte puñetazo en la cara.

El municipio de Felanitx, donde sucedieron los hechos.

El hombre les repetía sin cesar: "he venido a mataros" y esa era su intención. También les aseguró que había pagado 2.000 euros a un sicario para que matase a su hermano Alberto. “Pero a vosotros os mato yo”. La ira de F. J. estaba focalizada en su padre. Tanto es así, que en un momento dado sacó un arma blanca. Le colocó la navaja alrededor del cuello y siguió amenazándolo. Tras esto, le roció con alcohol y quemó parte de su barba. "Hijo de puta, ramera, cabrón, imbécil", eran algunos de los insultos que le profería. 

Destrozó la casa de sus padres

F.J les echaba en cara que, siendo ellos una familias de buena posición y con alto poder adquisitivo, tuviera él que haber dormido en la calle. El hombre se incorporó y logró sentarse en una silla, donde comenzó a vomitar. La lluvia de palos que había recibido le habían destrozado. Le dijo a su hijo que se encontraba muy mal, pero F.J. no le estaba prestando atención: se dirigió a su madre y le exigió que le diese el número PIN de la tarjeta de crédito, porque necesitaba cocaína e iba a ir a pillarla al poblado chabolista de Son Banya, el supermercado de la droga de la isla.

Pero el hombre no paró con la tanda de violencia. Así se cargó el teléfono fijo, el móvil, un televisor LG, los mandos de dicha tele y hasta el router. Estaba dispuesto a provocar el mayor destrozo posible. Por eso se fue a la nevera, la vació y lanzó todos los alimentos por los suelos.

Fue entonces cuando llegó al Miró. El orgullo de aquella casa. El hombre no tenía una gran galería de arte, pero era aficionado a la pintura y dos eran las joyas de su pequeña corona: uno era de un pintor llamado Mayol. El otro, un Miró auténtico. El hombre conoció al pintor catalán en su juventud, en la isla, y Miró le dedicó un cuadro personalmente. Una obra de valor incalculable que significaba todo lo que F.J. odiaba: la fortuna y el orgullo de su padre.

El hombre cogió el cuadro del artista de Joan Miró y comenzó a romperlo. Desgarró el lienzo en pequeños trozos y luego obligó a su padre a que los ingiriese. “Cómetelo. Cómete tu cuadro de Miró”, le decía mientras proseguía con los puñetazos en la cara. “Yo soy el puto amo aquí, ahora sabréis lo que es dormir en la calle”, sentenció. F. J. no huyó de su casa hasta última hora de la madrugada, cuando la Policía ya iba detrás de él. Aunque logró zafarse, finalmente, fue detenido.