"Con una de sus manos consiguió doblar las mías y apretarme con ellas el cuello”, cuenta la mujer mientras repite el gesto del hombre que la violó. “Yo apenas podía gritar y respirar. Tuve que prometerle que no diría nada para que me dejara marchar”.

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María (nombre distinto al real de la víctima para mantenerla en el anonimato) cuenta a EL ESPAÑOL que sufrió una violación la mañana del sábado 29 de junio. Presentó una denuncia esa misma tarde, sobre las 17.15 horas. Desde entonces, asegura que le cuesta conciliar el sueño, que se le entumecen las manos y que padece estrés. Ya no es feliz, dice.

Ante los policías no pudo dar un nombre, pero sí una dirección y un puñado de fotos. Su presunto violador, quien antes de quedar con ella nunca le dijo cómo se llamaba, la llevó a un piso de la calle Ponzano de Madrid y allí, según el relato de la chica, la agredió sexualmente. Si ha dado el paso de ofrecer su testimonio es porque cree que no era la primera vez que ese hombre actuaba así.

“Al principio, yo le pedí que parara, que me dejara, pero él decía que no pasaba nada. Intenté quitármelo de encima, pero no podía moverme ni chillar. Creo que me quedé bloqueada. Estoy segura de que un violador anda libre por Madrid y que yo he podido ser su última víctima”, explica la mujer en un castellano que todavía no domina. “Por cómo lo hizo, creo que lo tenía todo muy bien pensado”.

María no quiere que en este reportaje se revele su verdadera identidad. Su abogada, Emilia Zaballos, está presente mientras la víctima se deja fotografiar. La letrada cuenta que la Policía no descarta que existan más casos en los que este hombre esté relacionado y dice que María es “una valiente”, que ha dado el paso “para que no haya más víctimas de él”.

La denuncia que María presentó en una comisaría de Madrid. Isabel Roso

Una app de citas

La joven asiática y su presunto violador se conocieron a través de Happn, una aplicación de encuentros y citas entre personas que buscan conocer a gente para entablar relaciones personales. El nick del chico -pelo y tez morenos, complexión delgada, mediana altura, rasgos también asiáticos- era Apo. Primero se cruzaron varios mensajes. Luego se intercambiaron sus teléfonos y comenzaron a escribirse por Whatsapp. Él le contó que trabajaba en la logística del aeropuerto de Barajas y que llevaba cuatro meses en España, aunque la chica piensa que le mintió.

A las dos semanas, decidieron quedar. El jueves 27 de junio, él le propuso pasar juntos el sábado siguiente en la piscina del edificio en el que dijo que vivía. Le contó que, probablemente, vendría algún que otro amigo. A ella le sedujo el plan.

Aquel sábado, el último de junio, quedaron sobre las 11.30 en la parada de metro de Madrid de Ríos Rosas. La chica llegó tarde. Sobre las doce del mediodía. Al verla, aquel joven del que ni siquiera sabía su nombre le explicó que todavía no había desayunado y le pidió que le acompañara a su casa unos minutos. Le explicó que después bajarían a la piscina.

El joven con el que la chica quedó conocía aquella casa, aunque a su víctima le pareció que no estaba habitada. “Supo dónde estaba cada cosa en la cocina, pero había mucha ropa revuelta en las sillas del comedor, las persianas bajadas, zapatos por todos sitios… Él había estado antes allí, pero no estoy segura de que esa fuera su verdadera casa”, explica la chica.

En la denuncia que María presentó se lee que, cuando llevaban un rato en aquella casa y el chico ya había desayunado, ella le preguntó cuándo iban a llegar sus amigos. “Le pregunté si volvía más tarde o si íbamos a irnos a la piscina. En ese momento ya no me fiaba de él”.

"Sentí pánico", cuenta la víctima. "Tuve que prometerle que no diría nada para que me dejara marchar". Isabel Roso

Aquel hombre le contestó que tenía que recoger a sus amigos a las seis de la tarde en el aeropuerto. Ella le dijo que prefería irse a su casa, aunque acabó convencida para quedarse un rato, por lo que se sentó en un sofá. En un momento dado, Apo se puso a su lado, se abalanzó sobre ella, la agarró de las muñecas y se tumbó encima.

La chica vestía un pantalón corto y una camiseta de tirantes azules. Contó a los policías que aquel joven primero intentó introducir su mano por debajo de su pantalón, pero que ella se lo impidió. Sin embargo, a través de una pernera logró introducirle varios dedos en su vagina. “Era como si con ellos tirara de mí, como si me estirase para que yo no me moviera. Me dolía bastante”.

Finalmente, según el relato de la joven, aquel hombre consiguió quitarle el pantalón y las bragas, y se llevó las prendas hasta una habitación. Ella, desde el comedor de la vivienda, le pedía que le devolviera la ropa y la dejara marchar. Dice que tenía “mucho miedo”.

A los pocos segundos, el chico salió de aquella estancia. Iba desnudo. Volvió al comedor, agarró a la joven, que estaba sin ropa de cintura hacia abajo, y la arrastró con él. Una vez en la habitación, la tiró sobre una cama. “Se puso encima de mí. Me puso las dos manos por encima de mi cabeza. Con la cadera empujaba para abrirme las piernas, pero yo resistí”, relata la víctima.

"Sentí pánico"

El presunto violador consiguió dar la vuelta al cuerpo de María y ponerla boca abajo. Volvió a colocar las manos de ella por encima de su cabeza. La penetró vaginalmente. “En ese momento sentí pánico. Sólo quería que terminara. En la cocina, que estaba contigua al salón y no tenía puerta, había cuchillos, vasos y cubiertos. Pensé que podría hacerme algo peor”.

Al eyacular, la joven vio que su violador había usado preservativo. El hombre se marchó al cuarto de baño. Ella aprovechó para vestirse lo más rápido posible y marcharse. Pero cuando llegó a la puerta “no podía abrirla”. Él volvió a agarrarla. “Le prometí que no iba a decir nada. Se lo repetí varias veces. Lo convencí y me dejó salir de allí”.

Al llegar a la calle, la chica llamó a un amigo. El chico le dijo que tardaría un rato en recogerla. La joven, mientras esperaba, le escribió a Apo. Le preguntó por qué había actuado así con ella. La reacción de Apo fue negar los hechos, aunque según avanzaba la conversación comenzó a admitirlos, según María.

María enseña una foto del presunto violador. Isabel Roso

Mientras hablaban, la chica hizo capturas de pantalla de los mensajes cruzados con el presunto agresor sexual. Luego, cuando se presentó en comisaría, aportó los pantallazos a los investigadores. Cuando los policías le preguntaron si sufría dolores en su zona vaginal, ella respondió que sí, pero que no había sangrado. “No grité porque nadie podía escucharme y porque temía que me hiciera algo peor si chillaba”, les contó.

32 años, delgado, tez morena...

La joven describió a un varón de unos 32 años, delgado, en torno al metro setenta de altura, ojos grandes, cansados, con ojeras, de pelo liso y corto, tez morena. María también presentó algunas fotos que había obtenido del chico rastreando en redes sociales. En cada una de ellas usaba nombres distintos.

La Policía llevó a la joven al hospital. Allí le atendieron, le tomaron muestras por si había restos de semen en su cuerpo y le administraron medicación para tranquilizarla y ayudarla a dormir. El parte de Urgencias no recoge ninguna señal externa. El lunes siguiente fue al despacho de su abogada. El martes acudió a la consulta de un psicólogo. A mediados de julio vuelve a tener cita con él.

“Según me dijeron los policías, había otras denuncias similares”, cuenta la chica. Su abogada explica que ella también maneja información en ese mismo sentido, pero que todavía es pronto para concluir que el presunto violador sea el protagonista de otras agresiones sexuales similares denunciadas. “Sólo quiero ser la última víctima. Que no haya ninguna más”. Es el deseo de María.