Villafranco del Guadiana (Badajoz)

“Ese niño quería ser torero como fuera”, cuentan este pasado jueves al reportero los cuatro miembros de un corrillo de jubilados de Villafranco del Guadiana, un pueblo de colonos y casas de planta baja a 10 minutos en coche de Badajoz capital.

“Aunque yo creo que quien tenía más ansias era su padre, Antonio el guardia civil. Se llevaba al chiquillo, Antoñito, a la finca del difunto José María Manzanares en Cáceres para que le enseñase a torear. En esa foto que me enseñas- dice Juan, uno de los tertulianos- el niño está con Manzanares. ¡Hasta se parecen y todo! Menos mal que el chico no murió el otro día...”.

Los 1.500 habitantes de Villafranco del Guadiana se despertaron sobresaltados dos días antes de que EL ESPAÑOL visite la localidad. El martes, pasadas las siete de la mañana, su vecino más ilustre, el torero Antonio Ferrera, cayó al río Guadiana desde uno de los cuatro puentes que hay dentro de la ciudad de Badajoz. Fue el de la Autonomía, al que los pacenses también conocen como puente de las Tres Cabezas por una escultura que hay en uno de sus márgenes.

Ferrera, que llevaba dos años codeándose con los grandes nombres del toreo español, se precipitó desde una altura de unos 15 metros. En ningún momento llegó a perder el conocimiento. Sufrió una hipotermia. Varios testigos alertaron a los servicios de emergencias y una dotación de bomberos lo rescató con la ayuda de una lancha. Ahora se recupera en un hospital.

Antonio Ferrera de niño junto al torero José María Manzanares en su finca de Cáceres. EE

Una pregunta quedó latente desde entonces. La respuesta conduce a que fue un acto voluntario. “No fue un accidente”, dice un amigo que prefiere mantenerse en el anonimato y acabar aquí la conversación. “Antoñito no está pasando por su mejor momento anímico. Dejémoslo ahí”, explican fuentes del entorno más cercano al diestro.

El intento de suicidio sobrevuela sobre la figura de un torero que, pese a su “debilidad anímica”, como la describen quienes mantienen contacto constante con él, en los últimos tiempos había firmado la mejor faena de la Feria de Abril de Sevilla de 2017, ganaba por corrida unos 40.000 euros, al año firmaba cerca de 50 faenas y era un ídolo en México, donde se le reconocía aún más que en España. Ferrera acababa de firmar dos tardes en la capital andaluza y le esperaban tres más en Las Ventas por San Isidro (1, 6 y 7 de junio, con toros de Zalduendo, Puerto de San Lorenzo y Alcurrucén).

El misterio de Ferrera

“Ese es el misterio de Ferrera”, explica un prestigioso cronista taurino. “Alcanzar la gloria en la plaza y sentirse desdichado fuera de ella. En el sector se sabe que tiene una cabeza inestable, que es un hombre con sus cosas, pero delante del animal llevaba dos años toreando como nunca lo hizo antes. ¿Es compatible una cosa con otra? Parece que sí”.

Parte de la explicación a ese misterio se encuentra entre Villafranco del Guadiana, donde el torero llegó siendo un niño porque a su padre lo destinaron al cuartel de Badajoz, y las dos fincas que ha comprado en la carretera que conduce hacia Cáceres. Ese es el ecosistema del maestro Ferrera: ganado, soledad -no tiene hijos, está divorciado- y una dehesa inmensa a su alrededor.

Antonio Ferrera, tras cortar una oreja. EFE

Personas próximas a él cuentan que en la última década vivió episodios personales que le han ido marcando, tres ‘cogidas’ emocionales lejos de la atenta mirada del tendido. Antonio Ferrera se divorció de su mujer, María del Mar, la novia del pueblo de toda la vida. Lamentó mucho la muerte de José María Manzanares padre, su mentor cuando era un niño y luego su amigo. Y sufrió una fractura en el brazo derecho que lo alejó de las plazas durante dos años, cuando se preveía que estuviese fuera de ellas sólo unos meses.

“Todo eso, en una mente que no funciona como debe, hace mucha mella”, explica un familiar del matador nacido en las Islas Baleares en 1978. “Lo del río nos sorprende y al mismo tiempo no, la verdad”.

La madre, tras unos visillos

Agripina San Marcos, la madre de Antonio Ferrera, atiende a las 11 de la mañana del pasado jueves a este reportero. Su rostro se hace hueco entre los visillos de una ventana que da al porche de su modesta casa, de una sola altura pero con salida a dos calles.

“Mi hijo se está recuperando bien. Poco a poco va a mejor. Fue un susto muy grande. ¡Imagínese! Pero no puedo decir nada más. Disculpe y gracias”.

La mujer vive en Villafranco junto a su marido, Antonio, guardia civil jubilado, y el pequeño de sus tres hijos, Diego. La mayor, que padece una discapacidad severa, hace años que está ingresada en una residencia especializada. El mediano, torero, se mudó al casarse y ahora va y viene con el coche para visitar a sus padres.

Gina, como la conocen en este pueblo de colonos, prefiere no abrir la puerta a EL ESPAÑOL. Dice que no está con fuerzas y que su marido hace un rato que ha salido. La mujer se disculpa explicando que ninguno de los dos tiene “el suficiente ánimo” para atender a la prensa después de lo ocurrido.

Hay un bar en Villafranco de Guadiana que regenta Marce, el que fuera suegro de Antonio Ferrera. El diestro se casó con la hija de este hombre en 2007. El matador de toros tenía 29 años. En la boda estuvieron presentes 700 invitados, entre ellos el presidente extremeño Fernández Vara.

La pareja llevaba “media vida de novios”, cuentan varios hombres en la puerta del local, por la que aparece otro Marce, hijo del dueño y excuñado de Antonio Ferrera.  “Aquí no queremos saber nada de ese hombre. Lo siento”. Uno de los clientes cuchichea con otro en presencia del periodista: “Tras el divorcio, que fue a los cuatro o cinco años de casarse, las familias no se hablan. Ellos acabaron muy mal”.

Puente desde el que cayó el diestro nacido en las Islas Baleares. AL

La muerte de su ‘padre’ taurino

Antonio Ferrera tomó la alternativa el 2 de marzo de 1997 en Olivenza con toros de Victorino. Aquel día lo apadrinó Enrique Ponce. Cortó cuatro orejas. Tenía 19 años. Con 10, con 12, con 14 años, su padre, un amante de la tauromaquia, lo paseaba por los periódicos extremeños presentándolo como una promesa del toreo patrio.

Por ese tiempo, Antonio hijo ya solía torear en las capeas que José María Manzanares organizaba en su finca de Cáceres para chavalillos que se arrimaban a los pitones de los becerros. Aquellos primeros lances en una plaza forjarían una amistad fraguada con el tiempo. Ahora Ferrera, en gran medida, lleva una vida similar a la de su gran referencia taurina: vive solo, aislado, en mitad del campo, y de vez en cuando cede su finca más pequeña, donde tiene una pequeña plaza y piscina, a futuras promesas del toreo.

Así, también solo, encontraron muerto en su finca cacereña a Manzanares padre. Fue el 28 de octubre de 2014. A Ferrera le dolió en el alma la pérdida de su ‘padre’ taurino. Justo un año después el diestro subía a una red social una foto con un Manzanares ya maduro y un Ferrera todavía imberbe. Ambos empuñan un capote. Ferrera añadía una escueta frase junto a la imagen: “Tu raíz torera y humana eternamente arraigada en mi corazón. Querido Maestro José María Manzanares”.

La lesión del brazo derecho

Antonio Ferrera sufrió una lesión durante una corrida a mediados de 2015 en Muro (Mallorca). Aunque los médicos le dijeron que en un par de meses o tres podría volver a entrenar, la lesión se agravó, las molestias no se terminaban de ir, perdió musculatura y lo que iba a ser un parón se convirtió en una retirada forzosa durante dos años. Desde entonces, el diestro no pone banderillas, un arte del que gustaba en sus faenas.

Una persona de su entorno asegura que fue entonces cuando el maestro comenzó a atravesar un duro bache psicológico. En 2015 rompió con su apoderado, Raúl Gracia El Tato, y firmó con Manuel Tornay, al que también dejó poco después para vincularse con una empresa mexicana de representación. Este periódico se puso en contacto con ambos. Ninguno de los exapoderados de Ferrera quisieron hacer declaraciones tras la caída del torero al Guadiana.

Sólo el toreo ayudó al diestro a salir de la depresión. El día de su reaparición, en la feria de Olivenza, cortó tres orejas. En la Feria de Abril de 2017 fue proclamado triunfador absoluto tras dos inolvidables actuaciones con toros de Victorino Martín y El Pilar. También tuvo grandes faenas en Madrid, México, Málaga…

Tras la reaparición “cambió su tauromaquia”, explica el periodista y cronista taurino de EL ESPAÑOL Juan Diego Madueño. “Antes era más efectista. Toreaba rápido. Ahora torea muy templado, entendiendo los toros, haciendo las cosas poco a poco”.

“Se encontraba en un buen momento ante el toro y pasaba por, quizás, su mejor racha económica”, coincide el también periodista taurino Carlos Crivell. “Ferrera tiene mucho y buen cartel en México. No se entiende qué le ha pasado”.

Finca Las Carboneras, propiedad del matador de toros Antonio Ferrera. AL

Solo en su finca

Hay un restaurante en la carretera que sale de Badajoz en dirección a Cáceres al que Antonio Ferrera suele ir a comer de vez en cuando. El negocio se llama Mayga 'El Cordobés'. El padre del matador pasó por allí a saludar al dueño un par de días antes de que su hijo tuviera que ser rescatado por bomberos.

"Aquí viene bastante. Nos trae a los chavales que se quedan en su casa, a amistades cuando organiza alguna fiesta o alguna capea... También ha salido a correr algún día y ha acabado aquí desayunando. Nunca imaginé que tuviera problemas", cuenta un camarero.

Si se sigue por esa carretera, a unos 8 kilómetros de distancia de ese restaurante está la finca Las Carboneras. Es la más pequeña de las dos que tiene el diestro afincado en Villafranco. En la verja de entrada están las iniciales de su nombre y primer apellido (A y F) forjadas en hierro. Ahí, a caballo del otro terreno que tiene cerca de aquí, donde guarda el ganado, vive el diestro que el martes pasado cayó al Guadiana. Alrededor no hay vecinos, sólo dehesa. "Quizás al torero le haya influido el lugar, que invita a la melancolía", dice un senderista que camina cerca de allí.