Roberto Guglielmi ha estado estafando al Estado italiano durante más de una década. Fingió ser atropellado, ha falsificado informes médicos, ha cobrado 137.000 euros en todo este tiempo y llegó a visitar al Papa Francisco en 2015 en pleno Vaticano. Ha puesto, en definitiva, en jaque a toda la administración. Se ha reído de ellos y, sin embargo, ha seguido viviendo como si nada. Hasta esta semana, cuando ha sido detenido, según informa La Repubblica. Los agentes, que le seguían la pista desde hace tiempo para certificar la veracidad de su enfermedad, lo pillaron andando al bajar de un avión. Inmediatamente, fueron a por él, le pusieron las esposas y se lo llevaron para declarar sin sillas de ruedas. Qué cosas. 

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Su estafa comenzó en 2007. Entonces, Roberto Guglielmi habló con un amigo para fingir un accidente de tráfico. Todos lo compadecieron. Nadie se planteó que fuera mentira. Sin embargo, él, con un certificado médico falso, fue superando pruebas. De hecho, en su calle, iba siempre en silla de ruedas para que los vecinos no sospecharan. Incluso, llegó a inyectarse lidocaína para que su tono muscular fuera más débil. Hizo todo lo posible. Y bien. Durante 10 años, no hubo sospechas. Quién iba a pensar que alguien, motu proprio, fuera a hacer algo así. 

Pero ocurrió. Engañó a todos, incluido al Papa Francisco. El argentino, conmovido por su historia y sus ganas de superación, lo recibió en 2014. Roberto le llegó a besar la mano. Entró en El Vaticano en silla de ruedas y salió de la misma forma. Al llegar a casa, se levantó. Su foto apareció en todos los periódicos. “El cielo ha vuelto a abrirse para mí”, reconoció entonces. “¡Pobre”, pensaron muchos. Él, sin embargo, se reía de todos.  

Roberto, en la recepción al Papa.

Volvía a su casa y se levantaba. Vivía como una persona sin discapacidad. No trabajaba y no le hacía falta. Ha percibido, en todos estos años, 137.000 euros del Estado italiano por su invalidez. En 2018, incluso, recaudó dinero para un perro enfermo. Hasta que han descubierto la mentira. Desde hace tiempo, los agentes lo llevaban persiguiendo, observaban sus movimientos e intentaban corroborar si la persona que iba en silla de ruedas la necesitaba. Y, obviamente, así era: podía prescindir de ella. 

Un vecino de Roberto lo denunció pensando que estaba mintiendo y las autoridades, en ese mismo instante, lo empezaron a seguir. Lo grabaron en su casa, de pie, yendo a cualquier parte sin silla de ruedas. Erguido, sin ningún problema, engañando a todos en la intimidad de su vivienda. Y, aprovechando un viaje que hizo a Togo, los Policías lo esperaron en el aeropuerto. Lo vieron bajar por su propio pie de las escaleras del avión. Inmediatamente, lo detuvieron. Ahora, se enfrenta a una condena que, a sus 55 años, lo puede conducir a estar –al menos– otra década entre rejas.